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dilluns, d’octubre 28, 2019

Mirarse en los espejos...

Tranquilo, como con ganas de escribir lo que voy leyendo por la calle, tengo ganas de mirarme en los espejos de los escaparates de mi pequeña gran ciudad. Ya no hay canales televisivos, ni trayectos importantes de casa al trabajo ni del trabajo a casa: tranquilo, mientras mi padre desnuda su mirada perdida. 
Y mientras me mira con la mirada perdida yo quiero dibujarme en su espejo. Reconozco la manera de cruzar los brazos enseguida: lo hacemos igual. Las cosas iguales están de moda en el universo de la desigualdad. Estamos en la cocina porque las cosas importantes se hablan con olor a decirse las verdades. Sigo hablando con el “Churrusco” (nos hemos llamado de muchas maneras durante todo este tiempo, pero la que más me gusta es cuando nos llamábamos “ Churrusco” porque nos comíamos una caja de galletas de esa marca de galletas para cenar, después de cenar... y porque era una caja de cartón y, cuando metíamos la mano, y sonaba a hueco, hacíamos broma porque vivíamos en el Baladre y estábamos lejos Del Mar, y ese sonido se parecía a las olas chocando contra las piedras... y en verano iríamos en autobús al mar)
Hay días que hace frío y días en los que nuestra geografía nos excita, nos ejecuta y nos acompaña hacia el calor… pero hoy, aunque los telediarios digan los contrarío, hace frío.
            Los finales de las parejas de ciudad acaban en pisos con ascensor y olor a naftalina en el alma. Descuidan sus armarios, necesitan que haya contenedores de basura debajo de su casa y supermercados debajo y medio de ella. Los finales de película de parejas de ciudad tienden la ropa con pinzas heredadas de otras casas, de otras vidas. Casi nadie pone tierra de por medio en renovar las pinzas de colgar la ropa cuando cambia de casa, pero tienen muy claro que deben cambiar los muebles, pintar las paredes y comprar un televisor muy grande… mucho más grande.
Cuando tu padre tiene una enfermedad mental siempre va por casa vestido a trozos: con la parte de arriba de un chándal del mercadillo, con unas zapatillas atemporales y un pantalón y una gorra y un abrazo que lo acompañe por la calle por si no se acuerda de llegar a casa o no se acuerda de nosotros. 
Cuando tu padre tiene una enfermedad mental siempre va paseando por la vida a trozos: su cabeza piensa como si estuviera comprando un chándal en el mercadillo, necesita más tiempo para calzarse las zapatillas que para andar por el mundo con ellas… y un pantalón y una gorra y un abrazo que lo acompañe por la calle por si no se acuerda de llegar a casa o no se acuerda de nosotros.

“m'agrada molt el pimentó torrat,
mes no massa torrat, que el desgracia,
sinó amb aquella carn mollar que té
en llevar-li la crosta socarrada.
l'expose dins el plat en tongades incitants,
l'enrame d'oli cru amb un pessic de sal
i suque molt de pa,
com fan els pobres,
en l'oli, que té sal i ha pres una sabor del pimentó torrat.”


diumenge, de juny 24, 2018

La ciudad

Todavía recuerda la noche que le dijeron que iba a vivir, el resto de su vida, en la capital. El invierno había llegado a su aldea al mismo tiempo que la comunicación de su cambio de domicilio; y la nevada fue tan grande que el cartero no pudo llevar la noticia de su marcha hasta la noche siguiente. 
Como se había alejado de su caserío, sin éxito, en tiempo y espacio, le resultó difícil pensar qué cosas le serían fundamentales y qué cosas transitorias.
Una de sus primeras dudas fue si llevar consigo el sombrero y el paraguas. Abandonó ambas ideas porque, en el fondo, le preocupaba poco el clima de la ciudad y había leído en los libros que las metrópolis, por definición, se protegen siempre de los entornos físicos. 
La segunda duda era menos personal: no sabía cómo despedirse de alguien ni había visto ninguna actitud animal que le pudiera servir de referencia. Simplemente se iba a marchar. 
Por último, se despidió de sus padres. Se habían dicho tan pocas palabras hasta ese momento que no necesitaron términos enteros para separarse. Trocearon algunos de los que se habían aprendido con los Franciscanos, las juntaron como si estuvieran guisando algo rico, festivo y excepcional. Se dijeron tantas cosas, sin pronunciar una sola palabra conocida hasta ese momento, que estuvieron a punto de inventar un nuevo lenguaje.
Cuando llegó a la ciudad, sin sombrero ni paraguas, pensó que le hacían falta no porque lloviera (él tenía claro que las ciudades no pagaban IBI climatológico) sino porque todas esas personas que estaban allí con él, por las calles, pisándole los pies en los túneles de los transportes públicos... todos ellos estaban allí junto a él pero no se veían. Para sobrevivir intentó cerrar los ojos y oler hacia dónde soplaba el viento fresco, pero estaba capado en todos los sentidos. Quiso escuchar la conversación de la mesa de al lado y no pudo. Estuvo, tocó, participó. No se le puede achacar nada. 

Llegaron otros inviernos, y muchas anunciaciones. Él se intentó curar de todas estas cosas mirándose a un espejo de tienda de franquicia, y se le calló la mirada. 

divendres, de gener 05, 2018

Reyes  Magos

Casi siempre hacía frío; no abrazaba a nadie por las noches y ya encontraba más razones por las que quedarse en casa que por las que salir. Él miraba con ternura porque sus ojos siempre perdonaban lo que veían. A veces hacía más calor y salía al rellano a comer pipas y a contar los pasos de los vecinos que abandonaban, como ratas, el edificio. Otras veces nadie salía del edifico y, esperaba en el descansillo, a que alguien abandonara el barco de hormigón en el que él se sentía un eterno polizón.
Cuando el invierno ‘playeaba’ sin conocimiento, a principios de marzo, su edificio y  su ciudad, dejaba de hacer el frío que hacía y los demás vecinos hacían el amor. Ya no chirriaban las puertas ni dejaba de funcionar el interfono. Además, las puertas se abrían y se cerraban con ternura, como si todo el mundo quisiera dejar dormir, en la habitación de su casa, a la mujer de sus sueños.
Sin embargo y aunque el vecino de arriba siempre quiso ser pintor (él, que no abrazaba a nadie por las noches y tenía un catálogo importante de razones por las que permanecer estático y febril) a pesar de éso, un día calculó mal el solsticio del repartidor de gas.
Contando los pasos y cómo las personas se amarraban a la barandilla, como si hubieran alquilado un atraque en pleno centro de la cuidad, dejó de meterse las pipas en la boca para escuchar cómo respiraba ella.
Y ella pretendía subir sin ser olida. Allí la detuvo porque ya se rumoreaba la primavera y porque a él le molestaban los trenes de largo recorrido. Era evidente que no se iban a decir gran cosa, pero se necesitaron tanto en tan poco espacio que se olvidaron de querer a nadie más. En el rellano no cabía ni se oía a nadie que no fueran ellos dos.
A veces, los vecinos del rellano de abajo, discutían: se decían que hasta los hoteles de paso daban más abrazos que los besos que se daban ellos todo el año. Esos vecinos de abajo, desperdiciaron sus sueños de la infancia y los pudrieron, porque los escolarizaron a plena luz del día.
Mientras tanto, él y ella seguían replanteándose en el rellano.  Muchas veces subía uno o bajaba el otro. Las más, trasquilaban lunes por la mañana y se hacían un vestido  de noche y necesidad. Se echaban tanto de menos por el día que les era difícil entender el brillo de la luna.
En el rellano, mientras agoniza la primavera, el verano vigila y percute. Él no necesita nada que no sea acostar todas las siestas de ella en el lado de la cama que se decida.
Es extraño porque todavía el verano no los había abandonado y su historia sólo se entiende en los siguientes meses de lluvia, cuando su vida pasó a ser fluvial.


dimarts, de febrer 28, 2017

Comprar en tus supermercados

Escuchaba la radio porque le parecía la manera más romántica de morir cada tarde de abril pero, sobre todo, porque lo había oido en la televisión. Sintonizaba las frecuencias por error, como por casualidad: amar le había dado, exactamente, el mismo resultado. No encontraba consuelo radiofónico a sus dolores de corazón, ni a sus anginas de despecho. Se prostituía por el dial con ropa interior de precio de saldo sin cofradías. Había dejado de visitar la pantalla táctil de su coche donde ya nadie hacía caso a los noventa y seis punto dos de sus mañanas.
Y así, con esas ganas de escuchar al mundo exterior, decidió amortajarse con la compra del hipermercado.
Esperó pacientemente a su vecina, esa que cuando se marchaba de viaje se llevaba todas las nubes, todos los besos, todas las cuerdas para tender.
Y cuando volvió de viaje, se pidieron un taxi al cielo de sus hipermercados  
Lo primero que hicieron fue ir a la zona de jardinería a besar a todos los crisantemos que estuvieran en edad de merecer. Cuando recorrían los pasillos de la carne (o los productos de limpieza) les daba la sensación de que tenían que decidir su orientación sexual, su marca de colonia y otras sandeces administrativas. 
A él le pareció oportuno acompañar a su vecina del seis noveno, y no sólo acompañarla: también decidió amarla por la zona de productos de limpieza general.
Tanto a él como a ella les resultó bastante cotidiana la situación y empezaron a rescindir los contratos de los agujeros de sus cinturones. Empezaron a pasearse como acompañándose por los pasillos y por las sonrisas de gama blanca. A veces se paraban en alguna oferta de folleto. Otras veces derrochaban dinero en latas de mejillones gallegos o de otros puertos pesqueros manchegos. Unos vecinos de ella la acusaron de pasar por la zona de electrodomésticos caros. Ellos siguieron acompañándose por los pasillos y se dijeron que sí al lado de los artículos de cuartos de baño.
Sin darse cuenta de que se estaban acabando los pasillos discutieron por primera vez: ella le dijo que el hipermercado le había dado la posibilidad de poder comprar todos los olores de su pueblo. Él le dijo que nunca le interesaron los tangos sin tacón ni humo de cigarro ni marcapasos sin su corazón.

dissabte, de desembre 24, 2016

Espejos de ascensor

Antes de salir del cuartito luminoso y frío se abrochaba el penúltimo botón de la camisa: todo lo que se le acercaba al cuello le recordaba a su carnet de identidad, a su Estado Civil, a su lugar en la línea de sucesión de su huérfana vida, a que sólo era un número.
Se ponía los calcetines por descarte; era tan mecánico vistiéndose que nunca tenía la certeza de si había salido a la calle con todas las prendas puestas, ni en el orden ni con la consiguiente coordinación o tipos. A veces (muchas veces) esa incertidumbre le hacía volver al cuartito luminoso y frío, mientras subía y comprobaba que le faltaban botones por abrochar en la camisa, por lo menos el penúltimo.
Luego, cuando se lanzaba definitivamente a la calle, con esa incertidumbre perpetua sobre si todo estaba bien abrochando o no, descuidaba su sonrisa como si se rompiera la camisa en una boda gitana.
No había en la ciudad cuerpo más desnutrido de mierda que el suyo.
Y por éso daba la sensación de tener controlados sus pasos en medio de los polvos de los enamorados.
Otras veces, después de salir del cuartito luminoso y frío, se desmaquillaba, con fuerza, en el espejo del ascensor, que es el tocador de las estrellas de Hollywood que salen a protagonizarse cuando bajan en batín a comprar el pan. En la cola de la panadería te encuentras con personas que no utilizan dobles para las escenas peligrosas de la vida porque saben descubrir, en cada muerte, un nuevo Libro de Familia.
Por todas estas cosas cuando subía o bajaba del ascensor, el espejo le escupía a la cara.
A veces, no se veía del todo bien porque sobre el espejo del ascensor (ese juez que le decía lo que sí y lo que no) estaba lleno de golpes y de huellas dactilares. Y cuando todo el espejo estaba lleno de identidad legal, a él le daba una tremenda pena no reconocerse sobre el cristal lefado de vida.
Se dio cuenta que formaba parte de una compañía teatral. Ese grupo actoral suele completar las miradas, con papeles diferentes, en noches de luna llena, vacía de inconvenientes que lo dejarían yermo.
A menudo el casting de los espejos de ascensor es duro, dramático, porque no tiene la capacidad de asumir las miserias de todos sus vecinos; y se resquebrajan, como por arte de magia sensata.
Y es por éso que dejó de ser niño: porque se metió en un ascensor y miró hacia arriba. El resto de los usuarios ascensoristas tenían pegados los pies a la goma negra y hablaban, mientras subían o bajaban, del tiempo y del Athletic de Bilbao.

dimarts, de juliol 26, 2016

Harley y Pablo

Hoy he salido con la moto a viajar cerca, muy cerca ¡tenía tantas ganas de olvidarme un rato de mí! Buscaba a un antiguo alumno que decidió ordenarse cura y que me habían dicho que había amerizado en algún lugar de la tierra.... en un pueblecito por el Racó d'Ademús. 
Para ir a los sitios sólo se necesita una gran dosis de determinación y algo de dinero. Por eso he pasado el día encima de la moto, viajándome y viajándolo: buscándolo entre Casas Bajas y Altas, entre Torres Altas y Bajas... Y en ese trayecto esnifaba la resina de los pinos y me comía los baches y las ganas de beberme una cerveza mientras apretaba el sol. 
Al tercer pueblo y medio lo he encontrado... (Creo que en Torres Bajas Altas) en una tierna capilla, rodeada de chiquillos con bicicletas  y de tiempos estáticos. En medio de una calle por donde trepaba una vid, nominal, tranquila. La Parra agarraba el edificio como queriendo abrazarlo para siempre, como rescatándolo de su estado de hormigón. Estaba tan emocionado en la puerta de la capilla, intentando escuchar algo detrás de la puerta, que un chico me preguntó: ¿busca usted a alguien? Y le he dicho, "lo he encontrado ahora". Y lo he reconocido porque, ahora que él está enseñando, su voz suena exactamente igual que cuando preguntaba las cosas mientras estaba aprendiendo. 
Mientras se celebraba la misa, había niños con bicicletas y monopatines siderales que rasuraban la barba de las calles y la paciencia de sus padres. 
Alguno me preguntaba de dónde había venido (la educación de este país es así de lamentable: nuestros chiquillos no se interesan por el futuro, por lo imposible, por lo geriátrico de la infancia) no me preguntaban a dónde iba (que es más interesante, sin duda)
Y mientras se acababa la misa, calle arriba para arriba, calle arriba para abajo, yo me he sentado a escuchar por las puertas que "para pasar una buena noche no había que dejar entrar las moscas en casa por la mañana". 
Acababa de llegar en moto allí y aquellos extraterrestres llevaban más de dos vidas y media "procesionándose"... 
Mientras custodiaba la calle, acabé al final del camino. La chopera preñaba de verde el borde del río. Como llevaba botas me paré a escuchar las hojas: y se desquició el sol, y reventó la umbría y despertó a varias docenas de gorriones descalzos; y yo que pensaba que iba a escuchar el silencio acabé oliendo el pico y la cola, el tropezar sobre las ramas, el canto y lo diminuto dentro de lo grande de los gorriones pequeños. 
Al acabar la procesión, Pablo y yo nos hemos abrazado. 
Era la hora del bingo sin cartón.  La plaza del pueblo era tan grande que desapareció como cuando alguien que conoces no te saluda por la calle. Empezaron a montar la barra y había gente que memorizó la matrícula de mi vida. 
A Pablo sólo le he dicho que había salido de casa con la intención de verle: pero la verdad es que fui a darle las gracias por escucharme tanto, aún a sabiendas de que no soy capaz de decir más de dos cosas interesantes en una hora. ¡Había estado tantos años escuchando lo pervertido que era el Complemento Predicativo!
Eran tan pocas las personas que había allí, al abrigo del chaval, siguiéndolo en todo lo que hacía y decía, que me pareció que había sido una buena idea que aquel chaval se dedicara a ayudar a los demás, profesión que ejercía desde que lo conocí. 
Casi no recuerdo las bicicletas de los chiquillos, ni si el pueblo era "de arriba" o de "abajo" 
Por eso he abrazado a Pablo, a dos ruedas, sin brazos... 

dimarts, de maig 24, 2016

maig de 2016

Subir tus ocho miles

Había decidido viajar desde su piso al de ella, porque bajando la basura se detuvo en su rellano a pensarla, a salir y respirar los descuidos en sus aduanas. Hacía tanto tiempo que no echaba en la maleta sus cosas que, todas las cosas que necesitaba, realmente, no deberían de estar nunca en ninguna maleta.
Se conocieron por la plaza, por los mordiscos de las bolsas de la compra sobre los dedos; y por las noches de parados y de paredes finas donde se escuchaban los gemidos y los puñetazos en la cara.
Por éso decidieron viajarse: porque ella vivía en el primer piso, puerta A... y él, siempre o casi siempre, vivía en el último, puerta B.
Se querían de esa manera y se daban besos de protección oficial: se escondían de los ruidos mientras hacían ruidos cuando se escondían.
Por los deslunados se desnudaban las vecinas y los gatos follaban y merecían ser funcionarios de sus abrazos. Y se deslunaban las mareas de sus besos de apnea.
Como se conocían, de los trayectos del pan, de la leche y del colegio; como se habían visto por los pasillos de las bebidas alcohólicas de los supermercados... por éso se miraron un segundo...
Fue aquella tarde, cuando los periódicos anunciaban solsticios, que es lo que más le gusta anunciar a los periódicos, por las últimas páginas.
No se tuvieron más remedio: se miraron con la suficiente contemplación.
Después de esto, él montó toda una compañía aérea para verla desde lejos: no escatimó en gastos de representación, ni en campañas publicitarias: le escribió una carta de amor en una servilleta de bar y su primo , que tartamudeaba sólo con verla, se la llevó, callado como un bastón.
Mientras tanto, en la escalera, la vecina del primer piso (puerta dos) le dejó la olla exprés a la de la puerta cuatro; al mismo tiempo, en la puerta seis del segundo piso, se perpetraba un alioli de dimensiones catastróficas. Todos los demás, cada uno en su casa, intentaban tender la ropa sin molestar al de abajo. Algunos se emborrachaban intempestivamente, que es una de las mejores maneras de hacerlo.
Y mientras en el tercer piso el vecino del 12A tenía la colección del 13 rue del percebe más importante del universo, en el último piso...
En el último piso, ella y él quedaron para viajarse. Decidieron subir sus ocho miles, esos que empiezan en la plaza y que acaban en las camas sin hacer.
Se compraron un billete sólo de ida hacia el fondo del pasillo. No tenían bombilla de repuesto para la habitación a donde iban. Rescataron del naufragio los restos de la cena de los idiotas de sus besos. Cerraron tras de sí la puerta y se quisieron, porque una vez la había visto bajar la basura y decidió quedarse a pensarla: sólo por éso.

diumenge, de març 13, 2016

Cine, pan y cerveza

dissabte, de novembre 14, 2015


Sin título



Siempre tuvo la ilusión de despertar a su lado, desquiciado por sus ojos de lombriz diurna y terrenal; lombriz de superficie. Por éso vivía en medio de la ciudad, al final del callejón sin esquinas, como los amantes a media noche, como los soldados huérfanos de trincheras.
Vivía en esa ciudad que se monitorizaba a la tierra con los tubos de la calefacción y los conductos de las gasolineras; ciudad que violaba el asfalto con los pilares de los edificios y fecundaba de hormigón lo freático, lo organizado por el tiempo, lo descarado, lo posible en nuestras unidades de tiempo.
Algunas de las calles de esa ciudad se parecían a esos matrimonios que están llenos de calles donde es imposible aparcar.
Vivía en esa ciudad y acabó sentándose en un banco del parque. Cuando se dio cuenta de que no estaba solo, recordó las palabras de su madre:"si te casas, hazlo para estar solo y no compartir con nadie el olor de tu pijama, ni los mapas del sudor de tu almohada"
En cuanto se dio cuenta de que vivía en esa ciudad, llegó el proyecto del ferrocarril a su callejón. El comercio, el hierro, el polvo y los dólares, y los imperios. Y herrar los vagones para que cabalguen sobre la tierra, sobre nuestros sueños...
Y poco a poco dejó de vivir en la ciudad porque le diagnosticaron varias enfermedades.
Todos recuerdan muchas de ellas pero yo sólo entendí de verdad una: ese chico que tenía la ilusión de despertar a su lado, que vivía en la ciudad monitorizada, y que acabó  sentándose en un banco del parque... Era alérgico a los parques porque tenía nombre de perro. 

dilluns, de maig 04, 2015

Mayo de 2015

Huele a azahar...


Ya casi se había perpetrado el olor a azahar por las calles desnutridas del barrio mientras los vagabundos salían de los cajeros automáticos y se acoplaban suavemente en los bancos de las plazas. Si se cierran los ojos, estés en el sitio que estés, siempre da la sensación de encontrarte en medio de un campo de naranjos, hundiéndote en la tierra, porque hoy tocaba riego... ejerciendo de violador de olores cítricos y finales. Mientras, el calor se ha convertido en almíbar y se te pegan la camiseta y los sueños destartalados al pecho; a penas sigue tocándote con la yema de los dedos la noche; tanto descuidas la manera de andar que la gente se aleja de ti como un tren que no para ni en tu estación ni en la mía.
Con bastante frecuencia desnudaba con sus ojos a los carteristas de los vagones en los que viajaban todas las cosas que amaba profundamente; también hacía lo mismo con los delincuentes de capa y espada y a los culpables de que se le llenaran los ojos de besos por los portales de las grandes avenidas.
Y la noche se metía dentro de la noche, como tu vuelo suspendido en el aire, como un viejo sin ganas de vivir, escondido en el fondo del armario de sus años.
Por eso, porque ya casi se había perpetrado el olor de la flor del naranjo por los portales de madrugada, ya no salía de casa si no era para cerrar los ojos y verlo todo con su olfato: lo hacia por despecho. Recogía el suave perfume de las sábanas y lo buscaba como un perro por un radio de acción suficiente y visceral. A veces la encontraba enseguida; siempre fracasaba.
Y casi siempre desaparecía con las mismas ganas con las que me imaginaba la sombra de su falda lamiendo las aceras. Yo que creía que había nacido para abrochar sus descuidos o para plantarme en medio de sus primaveras como una sombrilla clara y obtusa. 
Y casi siempre que la echaba de menos por la noche, acababa reconstruyéndola por los libros, pariéndola con fuerza, hasta que se hacía de día; y ya se había perpetrado del todo el olor del azahar por las calles desnutridas del barrio. Y en los cajeros ya no olía a personas sin casa: sólo se olía a dinero.

divendres, d’octubre 10, 2014

Octubre de 2014

El hombre del taburete 

Siempre ocupaba el mismo sitio en el bar de enfrente. El camarero y él habían llegado al acuerdo de que, ni él pedía nada al llegar a su silla ni el camarero se equivocaba en lo que él quería tomar.  Por aquel entonces, el verano se había deprimido con tanto desorden por el barrio que nunca más se supo si había abandonado definitivamente su condición estacional. Por eso, los vecinos se equivocaban siempre en la elección de la ropa adecuada y se podía ver, indistintamente, a gente vestida como si fuera a pasar un día estival o a personas que se preparaban para una terrible ola de frío. Tan organizado estaba el desconcierto, que había, en las conversaciones, olvidos de nombres, silencios aterradores, gritos y besos de esos que se dan por los portales si hace frío. Y los muchachos bajaban al parque a columpiarse en medio del sencillo trastorno. Y había muchos coches aparcados en doble fila.
Se había enamorado, 'de oficio', de una secretaria de una compañía de seguros, que olía a hierba recién cortada y se sonrojaba cuando escuchaba la palabra 'coño'. No sabía muy bien por qué había decidido bajar de los taburetes de los bares tras el olor de su desnuda nuca. En cambio era perfectamente consciente de que tenía que dejarla crecer en su pecho húmedo y fértil, tenía que verla germinar.
Todas las tardes, el tipo que se sentaba siempre en los mismos sitios iba a cosecharla, vestido de cualquier día de la semana que no fuera el día en el que iba a cosecharla. Ella olía cómo se acercaba y no tenía más remedio que esperar a que él llegara a seleccionarla, con la maquinaria adecuada, en la época del año exacta, en el momento del día ideal para que todo sea perfecto. A veces la circunvalaba para poder reconstruir todo su cuerpo, todos sus gestos, desde todas sus opciones. Otras, se limitaba a verla de lejos, por detrás, porque le gustaba imaginar sus gestos al encontrarse con el frutero, la panadera y el dentista de la esquina... Y sólo se puede imaginar el gesto de una persona si se la mira caminar de lejos.
Y como el verano se había deprimido, y como él se había enamorado de oficio y sólo quería cosecharla, dejó de circunvalarla y averiguó dónde trabajaba.
Ella salía de la oficina y siempre acababa en una esquina de la calle, como escupida por el edificio. Muchas veces había pensado que era algún tipo de fuerza de la física, que en algún libro había algún capítulo dedicado a por qué ella acababa en el mismo rincón de la calle al salir de trabajar. Pero se curó de su ataque de cordura un día que un borracho le dijo que las cosas en general, le escupían a la cara, y que los edificios en particular, mucho más.
Él la recolectaba.
Y la secretaria leía y soñaba, tocaba y sentía, pensaba y hacía... Hasta que se puso a recolectar piedras en una preciosa calita azul, una de esas calitas en la que las tortugas van a desovar...
Y el desconcierto les casó por lo civil.

divendres, d’agost 08, 2014

8 de agosto de 2014

Fahrenheit 451

ELLA era un ser hermoso, dulce, con cierto atractivo para aquellos a los que el atractivo era lo más parecido a escupir a la cara a Praxíteles. Se podría decir que era un animal de ciudad, parida entre píxeles, concebida de noche, sobre la luz de la ciudad; cuando nació, había en la casa cuatrocientos cincuenta y un aparatos electrónicos amamantados a la red de la casa.
Pasó sus primeros días en la ciudad conectada vitalmente a la red eléctrica del hogar; en esos momentos iniciales escuchó y vio imágenes en la televisión puesto que sus padres se quedaron mudos en cuanto ella nació y decidieron trabajar fuera de casa, durante todo lo que les quedaba de vida.
Ya de mayor, ELLA recordaba perfectamente que nunca había llorado, puesto que siempre y todo la protegía de cualquier inclemencia. De hecho, conoció los fenómenos atmosféricos de manera totalmente audiovisual: la lluvia, cuando vio a Jack Lemmon esperando a que su jefe dejara El apartamento. Las salvajes tormentas sobre el mar, en Posada Jamaica, y entendió también, con este film, el odio y el desamor. También asumió el olor de la hierba en Vacas, y comprendió los ciclos del sol y de la vida observando Los amantes del círculo polar. Después de todo esto, incluso llegó a pensar que ELLA era un ser atmosférico pero audiovisual.
Luego aprendió a ser mujer viendo Caramel, el valor de los valores en El abrazo partido y entendió definitivamente la muerte observando, una y otra vez, Cerezos en flor.
ÉL era un ser hermoso, dulce, con cierto atractivo para aquellos a los que el atractivo era lo más parecido a invitar a una cerveza a Praxíteles. Había nacido abrazado a las tetas de su madre, chupando sus pezones, alimetándose sólo de ella. Si se pudiera calcular cómo acometía su cuerpo con la boca, lo más seguro es que mamara de las ubres de su madre cuatrocientas cincuenta y una veces todos los días.
Sus primeros días en el valle los dedicó a formar parte de los fenómenos atmosféricos: a destrozarse las rodillas por los riscos, a dejar que el sol le quemara la piel. De hecho, casi nunca se planteaba dónde ir: simplemente 'cometeaba' por las laderas. Cada vez que se planteaba si había llegado a algún sitio, si iba a alguna parte, si era más que ayer, si había aprendido algo... acababa achacándolo al último parte metereológico de su padre: "eso será que ayer hizo mucho sol". 
Luego aprendió a ser hombre el día que degolló su primer cordero y arrancó de cuajo medio bancal del huerto. Ponía su oreja cerca del corazón del animal, mientras le clavaba la navaja en la garganta. Rastreaba con la nariz la tierra mientras agarraba las hortalizas con la mano dura, erecta, matinal.
Un día, apareció Truffaut por la tele, y ELLA vio cómo una pila de libros se quemaba, a 451 grados. El papel se acababa, el formato no interesaba, alguien memorizaba cosas que pasaban en los libros.
Un día apareció por la carretera la biblioteca ambulante de la federación y ÉL subió porque iba persiguiendo, desde los últimos collados del pueblo, el olor del papel amontonado. Al subir al vehículo, le dieron una novela de un tal Ray Bradbury donde un grupo de gente memorizaba las cosas para transmitirlas de unos a otros. Cogió el libro: los vecinos decían que pasaba las páginas de la misma manera que acariciaba el lomo de los animales.
ELLA y ÉL sólo se vieron una vez en la vida. ÉL arrastraba su bastón por la avenida preñada de coches. ELLA venía en metro. Aunque parecía que no tenían nada que ver el uno con el otro, cada vez coincidían más en el espacio y en el tiempo. Les dejaron avanzar en la cola del cine de reestreno, por cortesía. Cuando se juntaron, se dedicaron un tremendo beso con los ojos, ¿usted por qué viene a ver Cinema Paradiso? -le dijo ELLA-  Porque el futuro se pinta con el corazón -contestó ÉL- Y se cogieron de la mano; y no se cayeron nunca más.

dijous, de juliol 17, 2014

20 de julio de 2014

Joel y lo cotidiano

Se llamaba Joel. Le costó más de una semana aprender a ir en bicicleta y nunca había estado en París. Descubrió su primer y último tesoro en los libros de Stevenson, jamás bebía agua directamente de la nevera porque odiaba las cosas que enfriaban las cosas; cuando se hacía de noche, fuera, en la calle, tenía una cierta tendencia a reproducir los anocheceres dentro de su  apartamento: iba atenuando las luces de la casa, desconectaba los electrodomésticos para silenciar las estancias, caminaba despacito por el pasillo, respiraba como si no respirara. En cambio, cuando se hacía de día, abría las ventanas y las puertas, soltaba el canario blanco por la casa y dejaba pasar a los vecinos con cualquier excusa. En esos momentos las estancias y los rincones parecían una gran avenida de una gran ciudad, llena de gente que se desconoce y se toca.
En estas y en otras cosas estaba Joel cuando decidió, un día cualquiera, confundir lo que sentía con lo que le pasaba. Y lo hizo con tanta pasión que interpretó que había empezado a llover en la ciudad porque él estaba triste y cansado.
En ese empeño en confundir lo que le hacía latir el corazón con lo que realmente sucedía a su alrededor, se bajó al bar de la esquina, como todos los martes por la tarde, y se paró en la puerta un instante. Éso ya era un hecho extraordinario porque él nunca se paraba antes de entrar a ningún bar, y menos si era el de los martes por la tarde. Antes de cruzar la puerta ya sabía lo que iba a pasar. Y lo que sucedió fue que alguien que no conocía había coincidido con él en la puerta del establecimiento, con tanta precisión que los dos iban a utilizar el mimo sitio por el que pasar, en el mismo momento, utilizando la misma coordinación e, incluso, el mismo oxígeno. Intentó discutir con aquella magnífica mujer, que se empeñaba en pasar por el mismo sitio que él: sus argumentos eran, sobre todo, inmovilistas:"oiga, yo siempre paso por aquí a la misma hora desde hace años", o, "mi padre ya venía a este bar antes de que usted naciera". La chica, claramente desconcertada, le veía chillar pero no entendía muy bien por qué lo hacía.
Ante esa situación, Joel se dio media vuelta y se fue enfurecido a casa. Pensó que le pasaba algo y, para solucionarlo,  necesitó lo que faltaba de tarde de aquel día y parte de la noche. Quería ser feliz, así que consideró que, para conseguirlo, debía destruir todo lo cotidiano de su vida, todo lo que le pasaba porque sí, todo lo que convertía su existencia en un mero trámite. Entendía que así sería más auténtica su existencia, más original, nada convencional. Fue por éso que dejó de hacer, poco a poco, las cosas que le habían convertido en un engranaje.
Y comenzó por el bar, que es donde comienzan casi todas las cosas. Dejó de ir los martes por la tarde y procuraba llegar a horas intempestivas; tanto cambió sus hábitos que dejó de ir porque ya nunca lo encontraba abierto. Luego fue a la panadería y dio la orden de que no le dejaran encargado el pan. Seguidamente supuso que sería interesante no despedirse de nadie nunca más, ni dar los buenos días o las buenas noches, no por una cuestión de educación, sino por no querer ser cotidiano. Poco a poco fue urdiendo un plan en el que el objetivo era dejar de ir a los sitios que frecuentaba periódicamente, por las calles por las que lo hacía. Encontró otros lugares donde hacer la misma vida que antes, pero eso no era suficiente. Le pareció incluso hipócrita y, por lo tanto, dejó de ir a los sitios directamente. 
Su plan funcionó: acabó siendo la persona más feliz del mundo. Su panadera se había olvidado de él y en el bar lo miraban por los cristales como si fuera un turista noruego. Ya no iba a ninguna parte y dejó de planificar días y noches en su casa, vacía de viandantes. Por eso, nunca más confundió lo que sentía con lo que pasaba de verdad. Hasta el día en que se encontró, por segunda vez, con la mujer del bar. Se paró frente a ella y le dijo: soy diabético de ti. Era definitivamente feliz.

dimarts, de juny 10, 2014

10 de junio de 2014

El hombre analógico y binario

Entró en el bar y se sentó en una mesa individual sin servilletero, que tenía una silla y la vergüenza de estar arrimada contra la pared. En el mismo momento en el que se acomodó ya tenía la sensación de querer marcharse sin despertar ningún tipo de sospechas, aunque decidió darle un par de oportunidades al sitio porque en la tele se perpetraba un partido de fútbol y a él le daba igual tanto el resultado como el encuentro.
Era un tipo analógico y binario. Analógico porque necesitaba oler a las personas para entenderlas, tocar los libros para leerlos, mirar los ojos para amarlos, rozar su vida para compartirla rallada y no tener seguros a todo riesgo; en definitiva, era un tipo analógico porque necesitaba el contacto desordenado con los demás, como lo necesitan las uñas de la hiedra para huir del suelo, fuertes, decididas, aéreas, impregnando de verde terrible los ladrillos oscuros de la pared.
Y a pesar de eso, era un tipo binario, tremendamente binario: siempre elegía entre el sí o el no y se había hecho un listado de palabras bisílabas que utilizaba en todos los contextos posibles. Había decidido no ponerse enfermo nunca porque consideraba que cualquier estado físico que no fuera la vida o la muerte carecía de fundamento. Viajaba siempre en línea recta y jamás echaba la vista atrás, aunque se olvidara el equipaje o la sombra. Tampoco había para él ninguna cosa entre querer o no querer. En definitiva, era binario con la misma certeza y convicción con la que es posible equivocarse de parada de metro, de dirección en el cruce de la vida.
Seguía en el bar, decidido a olfatear los rincones como si fuera un cerdito trufero. Realmente olió por allí que no son las personas las que deciden sentarse en las esquinas, sino que son los rincones los que recogen las lágrimas de los generales rotos y asumen los besos inapropiados entre los amantes de lo que se odia. En los rincones mueren las paredes y las personas acaban con los labios medio partidos por las discusiones que nunca llegaron a tener la categoría de ser consideradas enteras. Son los rincones los que fingen no ser vistos y disfrazan de placer las conversaciones. Tal vez se quedó allí, arrimado a la pared, en la mesa individual y sin servilletero, por una pura cuestión binaria y analógica, aunque seguía sin hacerle caso ni al partido ni al resultado.
Y seguía allí, respirando el hedor de las personas que estaban allí, impregnándose de él. Descubriéndolos a todos ellos, por debajo de las raíces, sacándolos con el hocico, removiendo la tierra mojada y fértil para sacarlos a la luz. Violaba sus conversaciones con la mirada dura y esa sensación de no ser de ningún sitio ni de ir a ninguna parte.
Pronto las esquinas del bar se bebieron a los clientes habituales; y mientras en la televisión los tarotistas derrotaban a los futbolistas a altas horas de la madrugada, el hombre binario y analógico se pidió una cerveza y decidió ir a hablar con la chica de la mirada de colores que se había quedado varada en la barra desde hacía un buen rato.Y sin hacerle mucho caso, ni al partido ni al resultado, le pidió a la muchacha que se quedara con él casi toda la vida.

dilluns, d’abril 14, 2014

17 de abril de 2014

Unidades de medida 

La primera vez que la vio, Hans supo que convertiría a Sophie en su unidad de medida; sobre todo por cómo odiaba terriblemente el tiempo que pasaba sin tener acceso al olor de su pelo. 
El día que se dio cuenta de ello había bajado a destruirse por los bares del Barrio Bajo, suicidando todas las opciones de hablar con nadie; bebiendo licores destilados en alambiques abandonados. Fue el mismo día en el que los noticiarios hablaban del incendio en la ciudad y del choque entre un autobús escolar contra un coche de recién casados. Coincidió con un día de cuartos de final de algún deporte y con el ruido rabioso de los coches y los aviones. Además, la noche lo había abandonado con una dureza terrible, como si el silencio de las habitaciones de los hoteles de carretera le hubiera cantado al oído que lo odiaría para toda la vida. 
Durante esa noche, la noche de ese día en concreto, no tuvo reparos en considerar que la gente que le rodeaba formaba parte de un multitudinario e infeliz desfile militar. Y que las personas que se abrochaban el uniforme lo hacían para tatuar en su pecho que no querían ser amados por los portales. También visitó los bares del puerto marítimo, preñados de olor a cuerpo y hierro oxidado, y a mentiras de camarote internacional.
Fue la primera vez que la vio, cuando entendió que había que invertir en una cuota de su cuerpo, que había que ir robándole, poco a poco, parte de sus noches. 
Ya era de día, aunque fue un acto de fe darse cuenta, porque hay gente que sale del infierno y nunca en su vida es capaz de darse cuenta. Intentó amarla, como quien quiere indagar en los sentimientos de alguien, muy militarmente. Luego supuso que necesitaba una táctica, una de esas estrategias que tienen como objetivo quedarse la vida entera al lado de alguien. Una vez que ocupó sus lunas, tuvo el remordimiento de no haber hecho lo propio, ya que estaba, con sus soles. 
Fue en ese primer momento en el que la olió, al pasar, como un lobo a su presa; en ese espacio de tiempo, en el que Hans rozó la bolsa de la compra con la bolsa de la compra de Sophie, en medio del pasillo de ultracongelados. Allí la convirtió en su unidad de medida.

dimecres, de març 26, 2014

28 de marzo de 2014

El fotógrafo

De pequeño no daba un paso si no estaba seguro de que las cosas que le rodeaban estaban dispuestas de alguna manera concreta, como si las intuyera. Cuando olía la hierba recién cortada no esperaba recordar su humedad o su textura... Realmente le fascinaba la posición de las plantas sobre el prado, las formas que hacían, cómo acariciaban el lomo de la montaña y se recostaban en sus laderas; y las protegían. Se prometió que, cuando amara alguna vez a alguien, la trataría de la misma manera que lo hace las plantas a las montañas del norte: la taparía por las noches con una terrible dulzura, para que no se desmoronara su mundo, la protegería de los vientos, le daría sentido a su forma, y dejaría que pasara el agua cuando lloviera; pero le quitaría la angustia y el frío de los rayos y las ventiscas. Por eso, de pequeño no daba un solo paso hacia adelante si no gestionaba los elementos que lo rodeaban, si no los organizaba, si no los convertía en un magnífico y salvaje bodegón.
Luego vinieron las noches en vela, los golpes en el corazón que lo cincelan todo; los veranos 'amapólicos' y desesperados: conducir, corriente abajo, las ramas y los besos por los ríos. Vinieron las primaveras sin ella, los libros más largos y llegaron los Rollings y los Red Hot Chili Peppers. También Gabo y las ganas de amar... Y en todo este desorden el chico continuaba organizando sus sensaciones componiendo los objetos, de manera instantánea, acariciando sus formas y entendiendo cómo soportan la luz y por qué...
Fue entonces cuando, rastreando la ciudad , encuadrándola en fotogramas, paró su hocico en el cristal de aquella tienda tan desordenada. No hubiera entrado nunca pero el dueño vio cómo se marcaban los latidos de su corazón sobre el cristal, completamente empañado con sus sístoles. Y se fue a la calle a por él. Cuando se lo encontró fuera, lo cogió de la mano con una ternura descuidada y le dijo que no se preocupara, que entrara con calma. Algunos años después volvió a recordar ese momento, un día en el que se encontró con aquella chica en el ascensor y le fusiló los labios y el corazón en una guerra que duró desde el primer hasta el último piso. El dueño de la tienda llevaba de la mano al chico aunque no hacia falta porque conocía perfectamente el camino y lo tenía que hacer. A llegar al mostrador ambos se leyeron las arrugas de la frente y no hubo más idioma que aquel. El joven salió de la tienda con la cámara de fotografiar en la mano, cargada como una escopeta superpuesta. Observó por la mirilla el mundo, y era tal y como lo había percibido hasta ese momento, pero ahora lo podía fotografiar, lo podía enseñar. 
El muchacho se había enamorado de la chica porque ella olía a tierra mojada y éso le recordaba que iba a llover. Con la cámara en la mano fue hasta la puerta de su casa y le pidió por favor que bajara... Cuando la muchacha estuvo abajo, ambos entraron al portal y subieron al ascensor aunque los vecinos y los curiosos comentaban, años después, que allí se oyeron balas de labios y que la guerra duró innumerables pisos.

dimecres, de febrer 19, 2014

20 de febrero de 2014

Escuchando sombras

Un día, uno de esos días en los que no se sentía protegido ni por la niebla, se encontró tan solo que no pasó ni una sola hora hasta que lo reconoció. Había bajado a tirar la basura pero, por el camino, llegó a sospechar en algún momento, si no había ocurrido al revés; si no habían sido los despojos de la casa los que le habían desahuciado a él. Incluso el gesto de deshacerse de la bolsa, en el fondo del contenedor de basura, le recordó que su madre le había parido.
Supuso que la solución a su tremenda angustia pasaba por ajustar su mundo al de los demás, su mesa a la de los otros, en los bares, para no sentirse solo. Y decidió poner el plan en práctica.
Pasadas unas semanas se percató de que le satisfacía tanto completarse con las conversaciones de las mesas más cercanas como con la propia comida, y no necesitaba nada más con lo que entretenerse; sólo con las formas que hacían las sobras sobre el plato y con las sobras de los sonidos de las conversaciones. Únicamente requería de alguna frase suelta, dicha por alguien, lejos, a la que él le atribuía otros significados, siempre alejados de los originales. Necesitaba lo peor, lo innecesario de cada conversación de los demás para sentirse feliz... recoger los restos de los otros le daba sentido a que él estuviera allí.
Un día, se llevó un libro para la hora de comer porque no se aclaraba a la hora de vestirse  (si salía a la calle con un libro que no le gustaba era como sí saliera en pelotas, realmente) y sólo tuvo que escuchar a la gente, junto a su mesa, para tener muchas más razones por las que seguir leyendo el libro que lo vestía. 
En la mesa de enfrente se escuchaba con nitidez una conversación que le interesaba, entre un hombre y una mujer que se amaban casi sin proponérselo: ella había leído todos los libros de él; en cambio él no tenía ninguna razón objetiva para amarla mas que haberse dado cuenta de que nadie, nunca, había aterrizado en su vida como lo había hecho ella. En cambio, en la otra mesa, había una mujer y no se escuchaba nada;  era como si un terrible silencio se hubiera posado sobre ella igual que se acuesta sobre los campos de trigo la niebla matinal.
Desde ese momento, ella siempre fue para él un bello animal completamente visual. Dejó de fantasear sobre la tesitura de su voz, o si era conveniente alejarse o acercarse más para oírla. La entendía, allí sola, en la mesa, por el lugar que ocupaba y el bodegón que protagonizaba junto a los cubiertos y los enseres. Así pasó toda la comida, enamorándose de ella por su imagen y no por cómo sonaba. Mientras pensaba en ello percibió un ligero golpe de aire sobre la cara y ya no le dio tiempo más que de ver su sombra, por lo que no tuvo más remedio que seguir queriéndola en formato visual, igual que se idolatra a los hijos de los demás en las fotos familiares, con la misma pleitesía visual que se percibe el rojo de las amapolas en los campos de Castilla. Y la convirtió en su unidad de medida.

dijous, de gener 16, 2014

17 de enero de 2014

Viajar en invierno

Había acabado exiliado en esa casa por una herencia lejana: él siempre había sido muy lejano así que no le sorprendió lo más mínimo el hecho de que un juez que noconocía de nada acabara ofreciéndole agua, luz, unos metros cuadrados y varios impuestos urbanísticos. De hecho, aceptó dejar la habitación en la que vivía hasta ese momento porque había conseguido llenarla de una profunda sensación de soledad, tan intensa que se habían pintado las paredes de tristeza. No cogió nada en el traslado porque ya no le quedaba nada que coger.
Al llegar a la casa se dio cuenta de que se había proyectado para que nada ni nadiep udiera interferir en ella; para que ninguna pared besara las paredes de la vivienda, para que nadie viera qué había dentro de ella, para que la persona que viviera dentro, no pudiera tener contacto visual con nadie de fuera. Y aunque fuera la urbe latía y los edificios se mordían y los comerciantes chillaban, desde dentro no se podía ver nada de todo esto, ni se percibía.
Pero él había sido muy lejano siempre y decidió viajar hacia el grupo de casas que lo rodeaban, en busca de generar su propia vecindad.
La primera persona con la que se topó fue la dueña del quiosco: en cuanto se miraron,  ella ya sabía que él se moría de ganas de ser su vecino. "Yo perdí el tren de leer, por eso monté el quiosco. Ahora me dedico a coger trenes de cercanías para vivir", le dijo la chica de pelo negro. Él le compró la prensa anual y le dijo que así dejaba de tener importancia el día a día (ya sabíamos que era muy lejano).
La segunda persona con la que se topó vendía billetes en la estación. Siempre se sabe cuándo estás delante de la persona que va a hacerte el ser más feliz del planeta. Por eso se acercó a la ventanilla y le pidió un billete, sólo de ida, a la última estación (sí, hemos quedado que era lejano). Y mientras se oía el crepitar de la máquina expendedora, él le dijo en voz baja, "subirme a ti es bajar en varias estaciones antes de lo que tenía previsto, pero me da la sensación de que llegaré mucho más allá de lo que nunca hubiera soñado."
Empezó a llover... Y él no quiso buscar más vecinos, "me conformo conacostumbrarme a tus aeropuertos", le dijo a la dueña del quiosco. Ella le dio el sí con una sonrisa en los labios y más de media vida por delante con él. Y seguía lloviendo, y escondieron los recuerdos mojados en el fondo del paragüero y viajando se alejaron de todas las rutinas posibles y se exiliaron, el uno con el otro, del resto del planeta.

dijous, de desembre 26, 2013

27 de diciembre de 2013

Pedro Navarro y la banda

Cuando rompe la mañana, la banda va lamiéndose las heridas y va llegando, a pedazos, hasta el lugar del ensayo: cada uno con su propio miedo a la luz, desquiciando a los relojes, exhibiendo sus tremendas primaveras musicales en medio del inicio del invierno. Todos llegan a recomponer sus puzles, con fundas en las que encajan perfectamente sus instrumentos, porque realmente ellos son, ahora, piel a punto de supurar compás. Todos se saludan como si se conocieran de algo más que de conocerse, a lomos de sus instrumentos, con el tempo claro y un metrónomo dentro del corazón. Cuando rompe la mañana, el aire se soniquetea y todos se abrazan a las puertas del punto de encuentro, van olvidando sus rutinas individuales y se zambullen en las del colectivo. Se puede observar perfectamente cómo cada uno de los miembros del grupo se va olvidando un poco de todo lo que había pasado en su mundo particular para ejecutar un macabro y magnífico plan mucho más vital y necesario, entre todos.
Tal y cómo han ido llegando y cómo han ido asociándose unos a otros, parece que se estaban esperando desde siempre, como lo hacen los tiburones sobre la superficie del mar: con el estómago vacío, el corazón latiendo, flotando, por puro instinto.
El lugar donde han quedado es una escuela de danza, abandonada, porque hay ciertos edificios que sólo tienen sentido con sus inquilinos dentro; y si no es así, parece que estén completamente abandonados. Eso mismo también les pasa a las personas, que sólo se sienten así cuando llevan a alguien adentro, y si no, parece que están en ruinas. La banda elige una habitación con pianos y moquetas, por la que el sol entra sin preguntar, como un amante en celo. Empiezan a despellejarse, sacando de las fundas sus razones de ser. No hay tiempo para mucho más.
Ese sitio, en el que  han quedado, es el lugar  perfecto donde pensar a cualquiera, entre jaleos por bulerías, acordonado por los Barrios de Acción Preferente, con olor a olla de cocido y a humo, y a holguras en el corazón. Se han citado porque no les parecen excesivos sus inicios y porque retoman sus falsetas justo en el momento en el que, alguna vez, las habían dejado.
Y la banda se pone en marcha, sin «peros». Si Ñoño y Luís se miran a las manos, aunque sea aporreando una mesa de escuela, todo empieza. Josué no tiene más remedio que invertir el tiempo en contarlo y pasar el tiempo pasándolo bien. David, con una guitarra en cada mano, se dedica a traducir de 'palos' a teclas; mientras Alex intenta juntar el cielo y la tierra... Y Jose se deja la garganta y Ana los tacones sobre la moqueta. Y Pedro descubre que es allí donde quiere estar; y no queda muy claro si él encontró a la banda o si ha sido todo lo contrario. Mucha mierda.

dissabte, de novembre 16, 2013

20 de noviembre de 2013

De personas o cosas

Creo recordar que empecé a querer a las personas casi con la misma intensidad que lo hice con las cosas. En un primer momento no me importaba demasiado la diferencia entre las cosas con vida y las que no la tenían, entiendo que porque para mí, durante esos años, todo era vital: buscaba nidos por los naranjos en primavera, olfateaba las pelotas de cuero antes de golpearlas, salvaba gatos por los portales, me hacía socio de algunas de mis canicas...

En ese orden de cosas estaban las hojas de los libros a las que les dedicaba cierto tiempo: separaba las que más me gustaban, me dedicaba a rastrear sus sitios, las envejecía con el suave proceder de ir escogiéndolas una a una, para poder contemplar lo que me decían. No me importaba lo más mínimo el hecho de no tener muchos y por eso no frecuentaba las bibliotecas: me parecían excesivas. Llegué a considerarlas cementerios enormes por una cuestión de parecido esencial: ambos espacios, bibliotecas y cementerios, están terriblemente invadidos por el silencio, el estatismo; la tortura de la inmovilidad que se desploma por sus calles, sus estanterías. También se palpa en el ambiente que los inquilinos de las bibliotecas y los de los cementerios no esperan ser visitados, pero alguien acaba haciéndolo en algún momento. Y es por eso que, de alguna manera, su permanencia en ese sitio vuelve a tener sentido. Algunos cementerios son tremendas enciclopedias, como el de Recoleta. En cambio, la biblioteca del Trinity College, tiene sepultado los latires de todo un país, y cuando se contempla, uno tiene la sensación de estar en un profundo y enorme camposanto.

Tal vez fueran los libros, por su tremendo equilibrio entre lo que es un objeto y lo que no lo es para nada, los que cambiaron el rumbo de mi lucha por saber medir la importancia de las cosas o la de las personas. De entre los pocos volúmenes que tenía por casa siempre encontraba alguna excusa para admirar esa ilustración que no había visto todavía, como cuando vuelves a leer un poema y de pronto tu atención te agarra del cuello y te hace fijarte en uno de los versos, y sólo en uno. Los ejemplares tenían lomo que acariciar y cara y pies (aunque fueran de página). Por lo que cada vez me iba quedando más claro que necesitaba ponerle un tremendo marcapasos a mi vida, y empezar a caminar.

Luego vino la genética y con ella una irremediable obligación de decantarme por las personas, de manera insultantemente definitiva. Ya no había nadie que cuestionara que era más importante jugar con los compañeros a fútbol que la pelota en sí (aunque era el deseo de tenerla la que provocaba que tuviera sentido estar disfrutando con ellos, que el juego tuviera verdadero sentido) 

Y sin saber muy bien por qué, fui entendiendo que la vida está en movimiento, como un acordeón de enorme sonrisa, gestionado por el aire. Y que a las personas, en realidad, se las hace sonar, como el diamante de una aguja de tocadiscos. Y fue sin saber por qué, muy bien,  que las cosas desaparecieron para siempre. Porque vas entendiendo que hay que convertirse en el calendario lunar de las personas que amas, hay que gravitarlas y organizar las subidas de sus mareas y alargarles la duración de sus días. Y abrazarlas.