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diumenge, de juny 24, 2018

La ciudad

Todavía recuerda la noche que le dijeron que iba a vivir, el resto de su vida, en la capital. El invierno había llegado a su aldea al mismo tiempo que la comunicación de su cambio de domicilio; y la nevada fue tan grande que el cartero no pudo llevar la noticia de su marcha hasta la noche siguiente. 
Como se había alejado de su caserío, sin éxito, en tiempo y espacio, le resultó difícil pensar qué cosas le serían fundamentales y qué cosas transitorias.
Una de sus primeras dudas fue si llevar consigo el sombrero y el paraguas. Abandonó ambas ideas porque, en el fondo, le preocupaba poco el clima de la ciudad y había leído en los libros que las metrópolis, por definición, se protegen siempre de los entornos físicos. 
La segunda duda era menos personal: no sabía cómo despedirse de alguien ni había visto ninguna actitud animal que le pudiera servir de referencia. Simplemente se iba a marchar. 
Por último, se despidió de sus padres. Se habían dicho tan pocas palabras hasta ese momento que no necesitaron términos enteros para separarse. Trocearon algunos de los que se habían aprendido con los Franciscanos, las juntaron como si estuvieran guisando algo rico, festivo y excepcional. Se dijeron tantas cosas, sin pronunciar una sola palabra conocida hasta ese momento, que estuvieron a punto de inventar un nuevo lenguaje.
Cuando llegó a la ciudad, sin sombrero ni paraguas, pensó que le hacían falta no porque lloviera (él tenía claro que las ciudades no pagaban IBI climatológico) sino porque todas esas personas que estaban allí con él, por las calles, pisándole los pies en los túneles de los transportes públicos... todos ellos estaban allí junto a él pero no se veían. Para sobrevivir intentó cerrar los ojos y oler hacia dónde soplaba el viento fresco, pero estaba capado en todos los sentidos. Quiso escuchar la conversación de la mesa de al lado y no pudo. Estuvo, tocó, participó. No se le puede achacar nada. 

Llegaron otros inviernos, y muchas anunciaciones. Él se intentó curar de todas estas cosas mirándose a un espejo de tienda de franquicia, y se le calló la mirada. 

divendres, de gener 05, 2018

Reyes  Magos

Casi siempre hacía frío; no abrazaba a nadie por las noches y ya encontraba más razones por las que quedarse en casa que por las que salir. Él miraba con ternura porque sus ojos siempre perdonaban lo que veían. A veces hacía más calor y salía al rellano a comer pipas y a contar los pasos de los vecinos que abandonaban, como ratas, el edificio. Otras veces nadie salía del edifico y, esperaba en el descansillo, a que alguien abandonara el barco de hormigón en el que él se sentía un eterno polizón.
Cuando el invierno ‘playeaba’ sin conocimiento, a principios de marzo, su edificio y  su ciudad, dejaba de hacer el frío que hacía y los demás vecinos hacían el amor. Ya no chirriaban las puertas ni dejaba de funcionar el interfono. Además, las puertas se abrían y se cerraban con ternura, como si todo el mundo quisiera dejar dormir, en la habitación de su casa, a la mujer de sus sueños.
Sin embargo y aunque el vecino de arriba siempre quiso ser pintor (él, que no abrazaba a nadie por las noches y tenía un catálogo importante de razones por las que permanecer estático y febril) a pesar de éso, un día calculó mal el solsticio del repartidor de gas.
Contando los pasos y cómo las personas se amarraban a la barandilla, como si hubieran alquilado un atraque en pleno centro de la cuidad, dejó de meterse las pipas en la boca para escuchar cómo respiraba ella.
Y ella pretendía subir sin ser olida. Allí la detuvo porque ya se rumoreaba la primavera y porque a él le molestaban los trenes de largo recorrido. Era evidente que no se iban a decir gran cosa, pero se necesitaron tanto en tan poco espacio que se olvidaron de querer a nadie más. En el rellano no cabía ni se oía a nadie que no fueran ellos dos.
A veces, los vecinos del rellano de abajo, discutían: se decían que hasta los hoteles de paso daban más abrazos que los besos que se daban ellos todo el año. Esos vecinos de abajo, desperdiciaron sus sueños de la infancia y los pudrieron, porque los escolarizaron a plena luz del día.
Mientras tanto, él y ella seguían replanteándose en el rellano.  Muchas veces subía uno o bajaba el otro. Las más, trasquilaban lunes por la mañana y se hacían un vestido  de noche y necesidad. Se echaban tanto de menos por el día que les era difícil entender el brillo de la luna.
En el rellano, mientras agoniza la primavera, el verano vigila y percute. Él no necesita nada que no sea acostar todas las siestas de ella en el lado de la cama que se decida.
Es extraño porque todavía el verano no los había abandonado y su historia sólo se entiende en los siguientes meses de lluvia, cuando su vida pasó a ser fluvial.


dimarts, de febrer 28, 2017

Comprar en tus supermercados

Escuchaba la radio porque le parecía la manera más romántica de morir cada tarde de abril pero, sobre todo, porque lo había oido en la televisión. Sintonizaba las frecuencias por error, como por casualidad: amar le había dado, exactamente, el mismo resultado. No encontraba consuelo radiofónico a sus dolores de corazón, ni a sus anginas de despecho. Se prostituía por el dial con ropa interior de precio de saldo sin cofradías. Había dejado de visitar la pantalla táctil de su coche donde ya nadie hacía caso a los noventa y seis punto dos de sus mañanas.
Y así, con esas ganas de escuchar al mundo exterior, decidió amortajarse con la compra del hipermercado.
Esperó pacientemente a su vecina, esa que cuando se marchaba de viaje se llevaba todas las nubes, todos los besos, todas las cuerdas para tender.
Y cuando volvió de viaje, se pidieron un taxi al cielo de sus hipermercados  
Lo primero que hicieron fue ir a la zona de jardinería a besar a todos los crisantemos que estuvieran en edad de merecer. Cuando recorrían los pasillos de la carne (o los productos de limpieza) les daba la sensación de que tenían que decidir su orientación sexual, su marca de colonia y otras sandeces administrativas. 
A él le pareció oportuno acompañar a su vecina del seis noveno, y no sólo acompañarla: también decidió amarla por la zona de productos de limpieza general.
Tanto a él como a ella les resultó bastante cotidiana la situación y empezaron a rescindir los contratos de los agujeros de sus cinturones. Empezaron a pasearse como acompañándose por los pasillos y por las sonrisas de gama blanca. A veces se paraban en alguna oferta de folleto. Otras veces derrochaban dinero en latas de mejillones gallegos o de otros puertos pesqueros manchegos. Unos vecinos de ella la acusaron de pasar por la zona de electrodomésticos caros. Ellos siguieron acompañándose por los pasillos y se dijeron que sí al lado de los artículos de cuartos de baño.
Sin darse cuenta de que se estaban acabando los pasillos discutieron por primera vez: ella le dijo que el hipermercado le había dado la posibilidad de poder comprar todos los olores de su pueblo. Él le dijo que nunca le interesaron los tangos sin tacón ni humo de cigarro ni marcapasos sin su corazón.

dissabte, de desembre 24, 2016

Espejos de ascensor

Antes de salir del cuartito luminoso y frío se abrochaba el penúltimo botón de la camisa: todo lo que se le acercaba al cuello le recordaba a su carnet de identidad, a su Estado Civil, a su lugar en la línea de sucesión de su huérfana vida, a que sólo era un número.
Se ponía los calcetines por descarte; era tan mecánico vistiéndose que nunca tenía la certeza de si había salido a la calle con todas las prendas puestas, ni en el orden ni con la consiguiente coordinación o tipos. A veces (muchas veces) esa incertidumbre le hacía volver al cuartito luminoso y frío, mientras subía y comprobaba que le faltaban botones por abrochar en la camisa, por lo menos el penúltimo.
Luego, cuando se lanzaba definitivamente a la calle, con esa incertidumbre perpetua sobre si todo estaba bien abrochando o no, descuidaba su sonrisa como si se rompiera la camisa en una boda gitana.
No había en la ciudad cuerpo más desnutrido de mierda que el suyo.
Y por éso daba la sensación de tener controlados sus pasos en medio de los polvos de los enamorados.
Otras veces, después de salir del cuartito luminoso y frío, se desmaquillaba, con fuerza, en el espejo del ascensor, que es el tocador de las estrellas de Hollywood que salen a protagonizarse cuando bajan en batín a comprar el pan. En la cola de la panadería te encuentras con personas que no utilizan dobles para las escenas peligrosas de la vida porque saben descubrir, en cada muerte, un nuevo Libro de Familia.
Por todas estas cosas cuando subía o bajaba del ascensor, el espejo le escupía a la cara.
A veces, no se veía del todo bien porque sobre el espejo del ascensor (ese juez que le decía lo que sí y lo que no) estaba lleno de golpes y de huellas dactilares. Y cuando todo el espejo estaba lleno de identidad legal, a él le daba una tremenda pena no reconocerse sobre el cristal lefado de vida.
Se dio cuenta que formaba parte de una compañía teatral. Ese grupo actoral suele completar las miradas, con papeles diferentes, en noches de luna llena, vacía de inconvenientes que lo dejarían yermo.
A menudo el casting de los espejos de ascensor es duro, dramático, porque no tiene la capacidad de asumir las miserias de todos sus vecinos; y se resquebrajan, como por arte de magia sensata.
Y es por éso que dejó de ser niño: porque se metió en un ascensor y miró hacia arriba. El resto de los usuarios ascensoristas tenían pegados los pies a la goma negra y hablaban, mientras subían o bajaban, del tiempo y del Athletic de Bilbao.

dimarts, de juliol 26, 2016

Harley y Pablo

Hoy he salido con la moto a viajar cerca, muy cerca ¡tenía tantas ganas de olvidarme un rato de mí! Buscaba a un antiguo alumno que decidió ordenarse cura y que me habían dicho que había amerizado en algún lugar de la tierra.... en un pueblecito por el Racó d'Ademús. 
Para ir a los sitios sólo se necesita una gran dosis de determinación y algo de dinero. Por eso he pasado el día encima de la moto, viajándome y viajándolo: buscándolo entre Casas Bajas y Altas, entre Torres Altas y Bajas... Y en ese trayecto esnifaba la resina de los pinos y me comía los baches y las ganas de beberme una cerveza mientras apretaba el sol. 
Al tercer pueblo y medio lo he encontrado... (Creo que en Torres Bajas Altas) en una tierna capilla, rodeada de chiquillos con bicicletas  y de tiempos estáticos. En medio de una calle por donde trepaba una vid, nominal, tranquila. La Parra agarraba el edificio como queriendo abrazarlo para siempre, como rescatándolo de su estado de hormigón. Estaba tan emocionado en la puerta de la capilla, intentando escuchar algo detrás de la puerta, que un chico me preguntó: ¿busca usted a alguien? Y le he dicho, "lo he encontrado ahora". Y lo he reconocido porque, ahora que él está enseñando, su voz suena exactamente igual que cuando preguntaba las cosas mientras estaba aprendiendo. 
Mientras se celebraba la misa, había niños con bicicletas y monopatines siderales que rasuraban la barba de las calles y la paciencia de sus padres. 
Alguno me preguntaba de dónde había venido (la educación de este país es así de lamentable: nuestros chiquillos no se interesan por el futuro, por lo imposible, por lo geriátrico de la infancia) no me preguntaban a dónde iba (que es más interesante, sin duda)
Y mientras se acababa la misa, calle arriba para arriba, calle arriba para abajo, yo me he sentado a escuchar por las puertas que "para pasar una buena noche no había que dejar entrar las moscas en casa por la mañana". 
Acababa de llegar en moto allí y aquellos extraterrestres llevaban más de dos vidas y media "procesionándose"... 
Mientras custodiaba la calle, acabé al final del camino. La chopera preñaba de verde el borde del río. Como llevaba botas me paré a escuchar las hojas: y se desquició el sol, y reventó la umbría y despertó a varias docenas de gorriones descalzos; y yo que pensaba que iba a escuchar el silencio acabé oliendo el pico y la cola, el tropezar sobre las ramas, el canto y lo diminuto dentro de lo grande de los gorriones pequeños. 
Al acabar la procesión, Pablo y yo nos hemos abrazado. 
Era la hora del bingo sin cartón.  La plaza del pueblo era tan grande que desapareció como cuando alguien que conoces no te saluda por la calle. Empezaron a montar la barra y había gente que memorizó la matrícula de mi vida. 
A Pablo sólo le he dicho que había salido de casa con la intención de verle: pero la verdad es que fui a darle las gracias por escucharme tanto, aún a sabiendas de que no soy capaz de decir más de dos cosas interesantes en una hora. ¡Había estado tantos años escuchando lo pervertido que era el Complemento Predicativo!
Eran tan pocas las personas que había allí, al abrigo del chaval, siguiéndolo en todo lo que hacía y decía, que me pareció que había sido una buena idea que aquel chaval se dedicara a ayudar a los demás, profesión que ejercía desde que lo conocí. 
Casi no recuerdo las bicicletas de los chiquillos, ni si el pueblo era "de arriba" o de "abajo" 
Por eso he abrazado a Pablo, a dos ruedas, sin brazos... 

dimarts, de maig 24, 2016

maig de 2016

Subir tus ocho miles

Había decidido viajar desde su piso al de ella, porque bajando la basura se detuvo en su rellano a pensarla, a salir y respirar los descuidos en sus aduanas. Hacía tanto tiempo que no echaba en la maleta sus cosas que, todas las cosas que necesitaba, realmente, no deberían de estar nunca en ninguna maleta.
Se conocieron por la plaza, por los mordiscos de las bolsas de la compra sobre los dedos; y por las noches de parados y de paredes finas donde se escuchaban los gemidos y los puñetazos en la cara.
Por éso decidieron viajarse: porque ella vivía en el primer piso, puerta A... y él, siempre o casi siempre, vivía en el último, puerta B.
Se querían de esa manera y se daban besos de protección oficial: se escondían de los ruidos mientras hacían ruidos cuando se escondían.
Por los deslunados se desnudaban las vecinas y los gatos follaban y merecían ser funcionarios de sus abrazos. Y se deslunaban las mareas de sus besos de apnea.
Como se conocían, de los trayectos del pan, de la leche y del colegio; como se habían visto por los pasillos de las bebidas alcohólicas de los supermercados... por éso se miraron un segundo...
Fue aquella tarde, cuando los periódicos anunciaban solsticios, que es lo que más le gusta anunciar a los periódicos, por las últimas páginas.
No se tuvieron más remedio: se miraron con la suficiente contemplación.
Después de esto, él montó toda una compañía aérea para verla desde lejos: no escatimó en gastos de representación, ni en campañas publicitarias: le escribió una carta de amor en una servilleta de bar y su primo , que tartamudeaba sólo con verla, se la llevó, callado como un bastón.
Mientras tanto, en la escalera, la vecina del primer piso (puerta dos) le dejó la olla exprés a la de la puerta cuatro; al mismo tiempo, en la puerta seis del segundo piso, se perpetraba un alioli de dimensiones catastróficas. Todos los demás, cada uno en su casa, intentaban tender la ropa sin molestar al de abajo. Algunos se emborrachaban intempestivamente, que es una de las mejores maneras de hacerlo.
Y mientras en el tercer piso el vecino del 12A tenía la colección del 13 rue del percebe más importante del universo, en el último piso...
En el último piso, ella y él quedaron para viajarse. Decidieron subir sus ocho miles, esos que empiezan en la plaza y que acaban en las camas sin hacer.
Se compraron un billete sólo de ida hacia el fondo del pasillo. No tenían bombilla de repuesto para la habitación a donde iban. Rescataron del naufragio los restos de la cena de los idiotas de sus besos. Cerraron tras de sí la puerta y se quisieron, porque una vez la había visto bajar la basura y decidió quedarse a pensarla: sólo por éso.

diumenge, de març 13, 2016

Cine, pan y cerveza