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dilluns, de març 23, 2009

17 de marzo de 2009

La sirena y el inmigrante errante
Hay personas a las que conoces por los bares pero que nadie sabe realmente quiénes son. Y no suele haber término medio en su identidad: o son del barrio o son inmigrantes. Y yo que soy hombre de bar e inmigrante al mismo tiempo, suelo reconocerlos al instante y difícilmente los olvido.
De entre los inmigrantes unos venían de dedicarse a recolectar ovejas por los Montes Universales y otros de subirse a los camiones para ganarse la vida por Europa, llevando cosas de un lado para otro. Todos se cobijaron del chaparrón y se fueron al País Vasco, donde más llovía. Se invitaban a Txakoli a la salida del trabajo cuando las sirenas de las fábricas y de las ambulancias del Hospital de Cruces cantaban hirientes melodías de desamor. Tampoco eran de allí, pero nacieron sus hijos y eso les vinculó a aquella impagable tierra para toda la vida.
Olían a hierro, que es lo más parecido al olor del infierno y acabaron por olvidarse de dónde venían para disfrutar de hacia dónde ir. Viajaron más y peor, montando las muchas cosas que cabían en poco sitio dentro de camiones de mudanza, e iban hasta donde las fábricas les llevaban. Una vez allí intentaron que sus hijos fueran mejores personas que ellos, y en la gran mayoría de los casos lo consiguieron porque es lo que habían visto en sus casas: no podía ser de otra manera.
Siguieron oliendo a hierro aunque por momentos se atisbaba un precioso olor a lavanda. Siguieron el canto de las sirenas, más cerquita del mar, porque daban las dos y era la hora de volver a casa: en el fondo habían venido a comer.
Y aunque las bocas de los hornos se mudaron de ropa, y aunque por las noches la humedad se pegaba a sus chaquetas, cada nochevieja se juntaban a recordar nuevos tiempos, y mejores, al abrigo del olor de las gambas y los palitos de mar con salsa rosa.
El destino les llevó a subirse a los camiones que habían abandonado hacía tiempo o a jubilarse tras la Reconversión, pero sus hijos les prometimos fidelidad eterna ante el tremendo hito que habían realizado.
Uno de ellos era El Socio y, como venía diciendo al comienzo del artículo, era una de esas personas a las que se conocen en los bares aunque no sabes exactamente quién es. Se ha ido sin hacer mucho ruido, aunque seguro que lo que se escucha por donde esté serán las canciones de aquellas sirenas de fábrica y ambulancia. Tanto él como los que se quedan por aquí son auténticos Ulises del metal, dispuestos a dejarse seducir por las sirenas para convertirse en inmigrantes errantes si con ello salen adelante en la vida.
Si no hubiera final no tendría ningún sentido empezar las cosas. Por eso, la muerte lo explica todo y de golpe. Un abrazo, Socio.