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divendres, d’octubre 10, 2014

Octubre de 2014

El hombre del taburete 

Siempre ocupaba el mismo sitio en el bar de enfrente. El camarero y él habían llegado al acuerdo de que, ni él pedía nada al llegar a su silla ni el camarero se equivocaba en lo que él quería tomar.  Por aquel entonces, el verano se había deprimido con tanto desorden por el barrio que nunca más se supo si había abandonado definitivamente su condición estacional. Por eso, los vecinos se equivocaban siempre en la elección de la ropa adecuada y se podía ver, indistintamente, a gente vestida como si fuera a pasar un día estival o a personas que se preparaban para una terrible ola de frío. Tan organizado estaba el desconcierto, que había, en las conversaciones, olvidos de nombres, silencios aterradores, gritos y besos de esos que se dan por los portales si hace frío. Y los muchachos bajaban al parque a columpiarse en medio del sencillo trastorno. Y había muchos coches aparcados en doble fila.
Se había enamorado, 'de oficio', de una secretaria de una compañía de seguros, que olía a hierba recién cortada y se sonrojaba cuando escuchaba la palabra 'coño'. No sabía muy bien por qué había decidido bajar de los taburetes de los bares tras el olor de su desnuda nuca. En cambio era perfectamente consciente de que tenía que dejarla crecer en su pecho húmedo y fértil, tenía que verla germinar.
Todas las tardes, el tipo que se sentaba siempre en los mismos sitios iba a cosecharla, vestido de cualquier día de la semana que no fuera el día en el que iba a cosecharla. Ella olía cómo se acercaba y no tenía más remedio que esperar a que él llegara a seleccionarla, con la maquinaria adecuada, en la época del año exacta, en el momento del día ideal para que todo sea perfecto. A veces la circunvalaba para poder reconstruir todo su cuerpo, todos sus gestos, desde todas sus opciones. Otras, se limitaba a verla de lejos, por detrás, porque le gustaba imaginar sus gestos al encontrarse con el frutero, la panadera y el dentista de la esquina... Y sólo se puede imaginar el gesto de una persona si se la mira caminar de lejos.
Y como el verano se había deprimido, y como él se había enamorado de oficio y sólo quería cosecharla, dejó de circunvalarla y averiguó dónde trabajaba.
Ella salía de la oficina y siempre acababa en una esquina de la calle, como escupida por el edificio. Muchas veces había pensado que era algún tipo de fuerza de la física, que en algún libro había algún capítulo dedicado a por qué ella acababa en el mismo rincón de la calle al salir de trabajar. Pero se curó de su ataque de cordura un día que un borracho le dijo que las cosas en general, le escupían a la cara, y que los edificios en particular, mucho más.
Él la recolectaba.
Y la secretaria leía y soñaba, tocaba y sentía, pensaba y hacía... Hasta que se puso a recolectar piedras en una preciosa calita azul, una de esas calitas en la que las tortugas van a desovar...
Y el desconcierto les casó por lo civil.

divendres, d’agost 08, 2014

8 de agosto de 2014

Fahrenheit 451

ELLA era un ser hermoso, dulce, con cierto atractivo para aquellos a los que el atractivo era lo más parecido a escupir a la cara a Praxíteles. Se podría decir que era un animal de ciudad, parida entre píxeles, concebida de noche, sobre la luz de la ciudad; cuando nació, había en la casa cuatrocientos cincuenta y un aparatos electrónicos amamantados a la red de la casa.
Pasó sus primeros días en la ciudad conectada vitalmente a la red eléctrica del hogar; en esos momentos iniciales escuchó y vio imágenes en la televisión puesto que sus padres se quedaron mudos en cuanto ella nació y decidieron trabajar fuera de casa, durante todo lo que les quedaba de vida.
Ya de mayor, ELLA recordaba perfectamente que nunca había llorado, puesto que siempre y todo la protegía de cualquier inclemencia. De hecho, conoció los fenómenos atmosféricos de manera totalmente audiovisual: la lluvia, cuando vio a Jack Lemmon esperando a que su jefe dejara El apartamento. Las salvajes tormentas sobre el mar, en Posada Jamaica, y entendió también, con este film, el odio y el desamor. También asumió el olor de la hierba en Vacas, y comprendió los ciclos del sol y de la vida observando Los amantes del círculo polar. Después de todo esto, incluso llegó a pensar que ELLA era un ser atmosférico pero audiovisual.
Luego aprendió a ser mujer viendo Caramel, el valor de los valores en El abrazo partido y entendió definitivamente la muerte observando, una y otra vez, Cerezos en flor.
ÉL era un ser hermoso, dulce, con cierto atractivo para aquellos a los que el atractivo era lo más parecido a invitar a una cerveza a Praxíteles. Había nacido abrazado a las tetas de su madre, chupando sus pezones, alimetándose sólo de ella. Si se pudiera calcular cómo acometía su cuerpo con la boca, lo más seguro es que mamara de las ubres de su madre cuatrocientas cincuenta y una veces todos los días.
Sus primeros días en el valle los dedicó a formar parte de los fenómenos atmosféricos: a destrozarse las rodillas por los riscos, a dejar que el sol le quemara la piel. De hecho, casi nunca se planteaba dónde ir: simplemente 'cometeaba' por las laderas. Cada vez que se planteaba si había llegado a algún sitio, si iba a alguna parte, si era más que ayer, si había aprendido algo... acababa achacándolo al último parte metereológico de su padre: "eso será que ayer hizo mucho sol". 
Luego aprendió a ser hombre el día que degolló su primer cordero y arrancó de cuajo medio bancal del huerto. Ponía su oreja cerca del corazón del animal, mientras le clavaba la navaja en la garganta. Rastreaba con la nariz la tierra mientras agarraba las hortalizas con la mano dura, erecta, matinal.
Un día, apareció Truffaut por la tele, y ELLA vio cómo una pila de libros se quemaba, a 451 grados. El papel se acababa, el formato no interesaba, alguien memorizaba cosas que pasaban en los libros.
Un día apareció por la carretera la biblioteca ambulante de la federación y ÉL subió porque iba persiguiendo, desde los últimos collados del pueblo, el olor del papel amontonado. Al subir al vehículo, le dieron una novela de un tal Ray Bradbury donde un grupo de gente memorizaba las cosas para transmitirlas de unos a otros. Cogió el libro: los vecinos decían que pasaba las páginas de la misma manera que acariciaba el lomo de los animales.
ELLA y ÉL sólo se vieron una vez en la vida. ÉL arrastraba su bastón por la avenida preñada de coches. ELLA venía en metro. Aunque parecía que no tenían nada que ver el uno con el otro, cada vez coincidían más en el espacio y en el tiempo. Les dejaron avanzar en la cola del cine de reestreno, por cortesía. Cuando se juntaron, se dedicaron un tremendo beso con los ojos, ¿usted por qué viene a ver Cinema Paradiso? -le dijo ELLA-  Porque el futuro se pinta con el corazón -contestó ÉL- Y se cogieron de la mano; y no se cayeron nunca más.

dijous, de juliol 17, 2014

20 de julio de 2014

Joel y lo cotidiano

Se llamaba Joel. Le costó más de una semana aprender a ir en bicicleta y nunca había estado en París. Descubrió su primer y último tesoro en los libros de Stevenson, jamás bebía agua directamente de la nevera porque odiaba las cosas que enfriaban las cosas; cuando se hacía de noche, fuera, en la calle, tenía una cierta tendencia a reproducir los anocheceres dentro de su  apartamento: iba atenuando las luces de la casa, desconectaba los electrodomésticos para silenciar las estancias, caminaba despacito por el pasillo, respiraba como si no respirara. En cambio, cuando se hacía de día, abría las ventanas y las puertas, soltaba el canario blanco por la casa y dejaba pasar a los vecinos con cualquier excusa. En esos momentos las estancias y los rincones parecían una gran avenida de una gran ciudad, llena de gente que se desconoce y se toca.
En estas y en otras cosas estaba Joel cuando decidió, un día cualquiera, confundir lo que sentía con lo que le pasaba. Y lo hizo con tanta pasión que interpretó que había empezado a llover en la ciudad porque él estaba triste y cansado.
En ese empeño en confundir lo que le hacía latir el corazón con lo que realmente sucedía a su alrededor, se bajó al bar de la esquina, como todos los martes por la tarde, y se paró en la puerta un instante. Éso ya era un hecho extraordinario porque él nunca se paraba antes de entrar a ningún bar, y menos si era el de los martes por la tarde. Antes de cruzar la puerta ya sabía lo que iba a pasar. Y lo que sucedió fue que alguien que no conocía había coincidido con él en la puerta del establecimiento, con tanta precisión que los dos iban a utilizar el mimo sitio por el que pasar, en el mismo momento, utilizando la misma coordinación e, incluso, el mismo oxígeno. Intentó discutir con aquella magnífica mujer, que se empeñaba en pasar por el mismo sitio que él: sus argumentos eran, sobre todo, inmovilistas:"oiga, yo siempre paso por aquí a la misma hora desde hace años", o, "mi padre ya venía a este bar antes de que usted naciera". La chica, claramente desconcertada, le veía chillar pero no entendía muy bien por qué lo hacía.
Ante esa situación, Joel se dio media vuelta y se fue enfurecido a casa. Pensó que le pasaba algo y, para solucionarlo,  necesitó lo que faltaba de tarde de aquel día y parte de la noche. Quería ser feliz, así que consideró que, para conseguirlo, debía destruir todo lo cotidiano de su vida, todo lo que le pasaba porque sí, todo lo que convertía su existencia en un mero trámite. Entendía que así sería más auténtica su existencia, más original, nada convencional. Fue por éso que dejó de hacer, poco a poco, las cosas que le habían convertido en un engranaje.
Y comenzó por el bar, que es donde comienzan casi todas las cosas. Dejó de ir los martes por la tarde y procuraba llegar a horas intempestivas; tanto cambió sus hábitos que dejó de ir porque ya nunca lo encontraba abierto. Luego fue a la panadería y dio la orden de que no le dejaran encargado el pan. Seguidamente supuso que sería interesante no despedirse de nadie nunca más, ni dar los buenos días o las buenas noches, no por una cuestión de educación, sino por no querer ser cotidiano. Poco a poco fue urdiendo un plan en el que el objetivo era dejar de ir a los sitios que frecuentaba periódicamente, por las calles por las que lo hacía. Encontró otros lugares donde hacer la misma vida que antes, pero eso no era suficiente. Le pareció incluso hipócrita y, por lo tanto, dejó de ir a los sitios directamente. 
Su plan funcionó: acabó siendo la persona más feliz del mundo. Su panadera se había olvidado de él y en el bar lo miraban por los cristales como si fuera un turista noruego. Ya no iba a ninguna parte y dejó de planificar días y noches en su casa, vacía de viandantes. Por eso, nunca más confundió lo que sentía con lo que pasaba de verdad. Hasta el día en que se encontró, por segunda vez, con la mujer del bar. Se paró frente a ella y le dijo: soy diabético de ti. Era definitivamente feliz.

dimarts, de juny 10, 2014

10 de junio de 2014

El hombre analógico y binario

Entró en el bar y se sentó en una mesa individual sin servilletero, que tenía una silla y la vergüenza de estar arrimada contra la pared. En el mismo momento en el que se acomodó ya tenía la sensación de querer marcharse sin despertar ningún tipo de sospechas, aunque decidió darle un par de oportunidades al sitio porque en la tele se perpetraba un partido de fútbol y a él le daba igual tanto el resultado como el encuentro.
Era un tipo analógico y binario. Analógico porque necesitaba oler a las personas para entenderlas, tocar los libros para leerlos, mirar los ojos para amarlos, rozar su vida para compartirla rallada y no tener seguros a todo riesgo; en definitiva, era un tipo analógico porque necesitaba el contacto desordenado con los demás, como lo necesitan las uñas de la hiedra para huir del suelo, fuertes, decididas, aéreas, impregnando de verde terrible los ladrillos oscuros de la pared.
Y a pesar de eso, era un tipo binario, tremendamente binario: siempre elegía entre el sí o el no y se había hecho un listado de palabras bisílabas que utilizaba en todos los contextos posibles. Había decidido no ponerse enfermo nunca porque consideraba que cualquier estado físico que no fuera la vida o la muerte carecía de fundamento. Viajaba siempre en línea recta y jamás echaba la vista atrás, aunque se olvidara el equipaje o la sombra. Tampoco había para él ninguna cosa entre querer o no querer. En definitiva, era binario con la misma certeza y convicción con la que es posible equivocarse de parada de metro, de dirección en el cruce de la vida.
Seguía en el bar, decidido a olfatear los rincones como si fuera un cerdito trufero. Realmente olió por allí que no son las personas las que deciden sentarse en las esquinas, sino que son los rincones los que recogen las lágrimas de los generales rotos y asumen los besos inapropiados entre los amantes de lo que se odia. En los rincones mueren las paredes y las personas acaban con los labios medio partidos por las discusiones que nunca llegaron a tener la categoría de ser consideradas enteras. Son los rincones los que fingen no ser vistos y disfrazan de placer las conversaciones. Tal vez se quedó allí, arrimado a la pared, en la mesa individual y sin servilletero, por una pura cuestión binaria y analógica, aunque seguía sin hacerle caso ni al partido ni al resultado.
Y seguía allí, respirando el hedor de las personas que estaban allí, impregnándose de él. Descubriéndolos a todos ellos, por debajo de las raíces, sacándolos con el hocico, removiendo la tierra mojada y fértil para sacarlos a la luz. Violaba sus conversaciones con la mirada dura y esa sensación de no ser de ningún sitio ni de ir a ninguna parte.
Pronto las esquinas del bar se bebieron a los clientes habituales; y mientras en la televisión los tarotistas derrotaban a los futbolistas a altas horas de la madrugada, el hombre binario y analógico se pidió una cerveza y decidió ir a hablar con la chica de la mirada de colores que se había quedado varada en la barra desde hacía un buen rato.Y sin hacerle mucho caso, ni al partido ni al resultado, le pidió a la muchacha que se quedara con él casi toda la vida.

dilluns, d’abril 14, 2014

17 de abril de 2014

Unidades de medida 

La primera vez que la vio, Hans supo que convertiría a Sophie en su unidad de medida; sobre todo por cómo odiaba terriblemente el tiempo que pasaba sin tener acceso al olor de su pelo. 
El día que se dio cuenta de ello había bajado a destruirse por los bares del Barrio Bajo, suicidando todas las opciones de hablar con nadie; bebiendo licores destilados en alambiques abandonados. Fue el mismo día en el que los noticiarios hablaban del incendio en la ciudad y del choque entre un autobús escolar contra un coche de recién casados. Coincidió con un día de cuartos de final de algún deporte y con el ruido rabioso de los coches y los aviones. Además, la noche lo había abandonado con una dureza terrible, como si el silencio de las habitaciones de los hoteles de carretera le hubiera cantado al oído que lo odiaría para toda la vida. 
Durante esa noche, la noche de ese día en concreto, no tuvo reparos en considerar que la gente que le rodeaba formaba parte de un multitudinario e infeliz desfile militar. Y que las personas que se abrochaban el uniforme lo hacían para tatuar en su pecho que no querían ser amados por los portales. También visitó los bares del puerto marítimo, preñados de olor a cuerpo y hierro oxidado, y a mentiras de camarote internacional.
Fue la primera vez que la vio, cuando entendió que había que invertir en una cuota de su cuerpo, que había que ir robándole, poco a poco, parte de sus noches. 
Ya era de día, aunque fue un acto de fe darse cuenta, porque hay gente que sale del infierno y nunca en su vida es capaz de darse cuenta. Intentó amarla, como quien quiere indagar en los sentimientos de alguien, muy militarmente. Luego supuso que necesitaba una táctica, una de esas estrategias que tienen como objetivo quedarse la vida entera al lado de alguien. Una vez que ocupó sus lunas, tuvo el remordimiento de no haber hecho lo propio, ya que estaba, con sus soles. 
Fue en ese primer momento en el que la olió, al pasar, como un lobo a su presa; en ese espacio de tiempo, en el que Hans rozó la bolsa de la compra con la bolsa de la compra de Sophie, en medio del pasillo de ultracongelados. Allí la convirtió en su unidad de medida.

dimecres, de març 26, 2014

28 de marzo de 2014

El fotógrafo

De pequeño no daba un paso si no estaba seguro de que las cosas que le rodeaban estaban dispuestas de alguna manera concreta, como si las intuyera. Cuando olía la hierba recién cortada no esperaba recordar su humedad o su textura... Realmente le fascinaba la posición de las plantas sobre el prado, las formas que hacían, cómo acariciaban el lomo de la montaña y se recostaban en sus laderas; y las protegían. Se prometió que, cuando amara alguna vez a alguien, la trataría de la misma manera que lo hace las plantas a las montañas del norte: la taparía por las noches con una terrible dulzura, para que no se desmoronara su mundo, la protegería de los vientos, le daría sentido a su forma, y dejaría que pasara el agua cuando lloviera; pero le quitaría la angustia y el frío de los rayos y las ventiscas. Por eso, de pequeño no daba un solo paso hacia adelante si no gestionaba los elementos que lo rodeaban, si no los organizaba, si no los convertía en un magnífico y salvaje bodegón.
Luego vinieron las noches en vela, los golpes en el corazón que lo cincelan todo; los veranos 'amapólicos' y desesperados: conducir, corriente abajo, las ramas y los besos por los ríos. Vinieron las primaveras sin ella, los libros más largos y llegaron los Rollings y los Red Hot Chili Peppers. También Gabo y las ganas de amar... Y en todo este desorden el chico continuaba organizando sus sensaciones componiendo los objetos, de manera instantánea, acariciando sus formas y entendiendo cómo soportan la luz y por qué...
Fue entonces cuando, rastreando la ciudad , encuadrándola en fotogramas, paró su hocico en el cristal de aquella tienda tan desordenada. No hubiera entrado nunca pero el dueño vio cómo se marcaban los latidos de su corazón sobre el cristal, completamente empañado con sus sístoles. Y se fue a la calle a por él. Cuando se lo encontró fuera, lo cogió de la mano con una ternura descuidada y le dijo que no se preocupara, que entrara con calma. Algunos años después volvió a recordar ese momento, un día en el que se encontró con aquella chica en el ascensor y le fusiló los labios y el corazón en una guerra que duró desde el primer hasta el último piso. El dueño de la tienda llevaba de la mano al chico aunque no hacia falta porque conocía perfectamente el camino y lo tenía que hacer. A llegar al mostrador ambos se leyeron las arrugas de la frente y no hubo más idioma que aquel. El joven salió de la tienda con la cámara de fotografiar en la mano, cargada como una escopeta superpuesta. Observó por la mirilla el mundo, y era tal y como lo había percibido hasta ese momento, pero ahora lo podía fotografiar, lo podía enseñar. 
El muchacho se había enamorado de la chica porque ella olía a tierra mojada y éso le recordaba que iba a llover. Con la cámara en la mano fue hasta la puerta de su casa y le pidió por favor que bajara... Cuando la muchacha estuvo abajo, ambos entraron al portal y subieron al ascensor aunque los vecinos y los curiosos comentaban, años después, que allí se oyeron balas de labios y que la guerra duró innumerables pisos.

dimecres, de febrer 19, 2014

20 de febrero de 2014

Escuchando sombras

Un día, uno de esos días en los que no se sentía protegido ni por la niebla, se encontró tan solo que no pasó ni una sola hora hasta que lo reconoció. Había bajado a tirar la basura pero, por el camino, llegó a sospechar en algún momento, si no había ocurrido al revés; si no habían sido los despojos de la casa los que le habían desahuciado a él. Incluso el gesto de deshacerse de la bolsa, en el fondo del contenedor de basura, le recordó que su madre le había parido.
Supuso que la solución a su tremenda angustia pasaba por ajustar su mundo al de los demás, su mesa a la de los otros, en los bares, para no sentirse solo. Y decidió poner el plan en práctica.
Pasadas unas semanas se percató de que le satisfacía tanto completarse con las conversaciones de las mesas más cercanas como con la propia comida, y no necesitaba nada más con lo que entretenerse; sólo con las formas que hacían las sobras sobre el plato y con las sobras de los sonidos de las conversaciones. Únicamente requería de alguna frase suelta, dicha por alguien, lejos, a la que él le atribuía otros significados, siempre alejados de los originales. Necesitaba lo peor, lo innecesario de cada conversación de los demás para sentirse feliz... recoger los restos de los otros le daba sentido a que él estuviera allí.
Un día, se llevó un libro para la hora de comer porque no se aclaraba a la hora de vestirse  (si salía a la calle con un libro que no le gustaba era como sí saliera en pelotas, realmente) y sólo tuvo que escuchar a la gente, junto a su mesa, para tener muchas más razones por las que seguir leyendo el libro que lo vestía. 
En la mesa de enfrente se escuchaba con nitidez una conversación que le interesaba, entre un hombre y una mujer que se amaban casi sin proponérselo: ella había leído todos los libros de él; en cambio él no tenía ninguna razón objetiva para amarla mas que haberse dado cuenta de que nadie, nunca, había aterrizado en su vida como lo había hecho ella. En cambio, en la otra mesa, había una mujer y no se escuchaba nada;  era como si un terrible silencio se hubiera posado sobre ella igual que se acuesta sobre los campos de trigo la niebla matinal.
Desde ese momento, ella siempre fue para él un bello animal completamente visual. Dejó de fantasear sobre la tesitura de su voz, o si era conveniente alejarse o acercarse más para oírla. La entendía, allí sola, en la mesa, por el lugar que ocupaba y el bodegón que protagonizaba junto a los cubiertos y los enseres. Así pasó toda la comida, enamorándose de ella por su imagen y no por cómo sonaba. Mientras pensaba en ello percibió un ligero golpe de aire sobre la cara y ya no le dio tiempo más que de ver su sombra, por lo que no tuvo más remedio que seguir queriéndola en formato visual, igual que se idolatra a los hijos de los demás en las fotos familiares, con la misma pleitesía visual que se percibe el rojo de las amapolas en los campos de Castilla. Y la convirtió en su unidad de medida.

dijous, de gener 16, 2014

17 de enero de 2014

Viajar en invierno

Había acabado exiliado en esa casa por una herencia lejana: él siempre había sido muy lejano así que no le sorprendió lo más mínimo el hecho de que un juez que noconocía de nada acabara ofreciéndole agua, luz, unos metros cuadrados y varios impuestos urbanísticos. De hecho, aceptó dejar la habitación en la que vivía hasta ese momento porque había conseguido llenarla de una profunda sensación de soledad, tan intensa que se habían pintado las paredes de tristeza. No cogió nada en el traslado porque ya no le quedaba nada que coger.
Al llegar a la casa se dio cuenta de que se había proyectado para que nada ni nadiep udiera interferir en ella; para que ninguna pared besara las paredes de la vivienda, para que nadie viera qué había dentro de ella, para que la persona que viviera dentro, no pudiera tener contacto visual con nadie de fuera. Y aunque fuera la urbe latía y los edificios se mordían y los comerciantes chillaban, desde dentro no se podía ver nada de todo esto, ni se percibía.
Pero él había sido muy lejano siempre y decidió viajar hacia el grupo de casas que lo rodeaban, en busca de generar su propia vecindad.
La primera persona con la que se topó fue la dueña del quiosco: en cuanto se miraron,  ella ya sabía que él se moría de ganas de ser su vecino. "Yo perdí el tren de leer, por eso monté el quiosco. Ahora me dedico a coger trenes de cercanías para vivir", le dijo la chica de pelo negro. Él le compró la prensa anual y le dijo que así dejaba de tener importancia el día a día (ya sabíamos que era muy lejano).
La segunda persona con la que se topó vendía billetes en la estación. Siempre se sabe cuándo estás delante de la persona que va a hacerte el ser más feliz del planeta. Por eso se acercó a la ventanilla y le pidió un billete, sólo de ida, a la última estación (sí, hemos quedado que era lejano). Y mientras se oía el crepitar de la máquina expendedora, él le dijo en voz baja, "subirme a ti es bajar en varias estaciones antes de lo que tenía previsto, pero me da la sensación de que llegaré mucho más allá de lo que nunca hubiera soñado."
Empezó a llover... Y él no quiso buscar más vecinos, "me conformo conacostumbrarme a tus aeropuertos", le dijo a la dueña del quiosco. Ella le dio el sí con una sonrisa en los labios y más de media vida por delante con él. Y seguía lloviendo, y escondieron los recuerdos mojados en el fondo del paragüero y viajando se alejaron de todas las rutinas posibles y se exiliaron, el uno con el otro, del resto del planeta.

dijous, de desembre 26, 2013

27 de diciembre de 2013

Pedro Navarro y la banda

Cuando rompe la mañana, la banda va lamiéndose las heridas y va llegando, a pedazos, hasta el lugar del ensayo: cada uno con su propio miedo a la luz, desquiciando a los relojes, exhibiendo sus tremendas primaveras musicales en medio del inicio del invierno. Todos llegan a recomponer sus puzles, con fundas en las que encajan perfectamente sus instrumentos, porque realmente ellos son, ahora, piel a punto de supurar compás. Todos se saludan como si se conocieran de algo más que de conocerse, a lomos de sus instrumentos, con el tempo claro y un metrónomo dentro del corazón. Cuando rompe la mañana, el aire se soniquetea y todos se abrazan a las puertas del punto de encuentro, van olvidando sus rutinas individuales y se zambullen en las del colectivo. Se puede observar perfectamente cómo cada uno de los miembros del grupo se va olvidando un poco de todo lo que había pasado en su mundo particular para ejecutar un macabro y magnífico plan mucho más vital y necesario, entre todos.
Tal y cómo han ido llegando y cómo han ido asociándose unos a otros, parece que se estaban esperando desde siempre, como lo hacen los tiburones sobre la superficie del mar: con el estómago vacío, el corazón latiendo, flotando, por puro instinto.
El lugar donde han quedado es una escuela de danza, abandonada, porque hay ciertos edificios que sólo tienen sentido con sus inquilinos dentro; y si no es así, parece que estén completamente abandonados. Eso mismo también les pasa a las personas, que sólo se sienten así cuando llevan a alguien adentro, y si no, parece que están en ruinas. La banda elige una habitación con pianos y moquetas, por la que el sol entra sin preguntar, como un amante en celo. Empiezan a despellejarse, sacando de las fundas sus razones de ser. No hay tiempo para mucho más.
Ese sitio, en el que  han quedado, es el lugar  perfecto donde pensar a cualquiera, entre jaleos por bulerías, acordonado por los Barrios de Acción Preferente, con olor a olla de cocido y a humo, y a holguras en el corazón. Se han citado porque no les parecen excesivos sus inicios y porque retoman sus falsetas justo en el momento en el que, alguna vez, las habían dejado.
Y la banda se pone en marcha, sin «peros». Si Ñoño y Luís se miran a las manos, aunque sea aporreando una mesa de escuela, todo empieza. Josué no tiene más remedio que invertir el tiempo en contarlo y pasar el tiempo pasándolo bien. David, con una guitarra en cada mano, se dedica a traducir de 'palos' a teclas; mientras Alex intenta juntar el cielo y la tierra... Y Jose se deja la garganta y Ana los tacones sobre la moqueta. Y Pedro descubre que es allí donde quiere estar; y no queda muy claro si él encontró a la banda o si ha sido todo lo contrario. Mucha mierda.

dissabte, de novembre 16, 2013

20 de noviembre de 2013

De personas o cosas

Creo recordar que empecé a querer a las personas casi con la misma intensidad que lo hice con las cosas. En un primer momento no me importaba demasiado la diferencia entre las cosas con vida y las que no la tenían, entiendo que porque para mí, durante esos años, todo era vital: buscaba nidos por los naranjos en primavera, olfateaba las pelotas de cuero antes de golpearlas, salvaba gatos por los portales, me hacía socio de algunas de mis canicas...

En ese orden de cosas estaban las hojas de los libros a las que les dedicaba cierto tiempo: separaba las que más me gustaban, me dedicaba a rastrear sus sitios, las envejecía con el suave proceder de ir escogiéndolas una a una, para poder contemplar lo que me decían. No me importaba lo más mínimo el hecho de no tener muchos y por eso no frecuentaba las bibliotecas: me parecían excesivas. Llegué a considerarlas cementerios enormes por una cuestión de parecido esencial: ambos espacios, bibliotecas y cementerios, están terriblemente invadidos por el silencio, el estatismo; la tortura de la inmovilidad que se desploma por sus calles, sus estanterías. También se palpa en el ambiente que los inquilinos de las bibliotecas y los de los cementerios no esperan ser visitados, pero alguien acaba haciéndolo en algún momento. Y es por eso que, de alguna manera, su permanencia en ese sitio vuelve a tener sentido. Algunos cementerios son tremendas enciclopedias, como el de Recoleta. En cambio, la biblioteca del Trinity College, tiene sepultado los latires de todo un país, y cuando se contempla, uno tiene la sensación de estar en un profundo y enorme camposanto.

Tal vez fueran los libros, por su tremendo equilibrio entre lo que es un objeto y lo que no lo es para nada, los que cambiaron el rumbo de mi lucha por saber medir la importancia de las cosas o la de las personas. De entre los pocos volúmenes que tenía por casa siempre encontraba alguna excusa para admirar esa ilustración que no había visto todavía, como cuando vuelves a leer un poema y de pronto tu atención te agarra del cuello y te hace fijarte en uno de los versos, y sólo en uno. Los ejemplares tenían lomo que acariciar y cara y pies (aunque fueran de página). Por lo que cada vez me iba quedando más claro que necesitaba ponerle un tremendo marcapasos a mi vida, y empezar a caminar.

Luego vino la genética y con ella una irremediable obligación de decantarme por las personas, de manera insultantemente definitiva. Ya no había nadie que cuestionara que era más importante jugar con los compañeros a fútbol que la pelota en sí (aunque era el deseo de tenerla la que provocaba que tuviera sentido estar disfrutando con ellos, que el juego tuviera verdadero sentido) 

Y sin saber muy bien por qué, fui entendiendo que la vida está en movimiento, como un acordeón de enorme sonrisa, gestionado por el aire. Y que a las personas, en realidad, se las hace sonar, como el diamante de una aguja de tocadiscos. Y fue sin saber por qué, muy bien,  que las cosas desaparecieron para siempre. Porque vas entendiendo que hay que convertirse en el calendario lunar de las personas que amas, hay que gravitarlas y organizar las subidas de sus mareas y alargarles la duración de sus días. Y abrazarlas.

dijous, d’octubre 17, 2013

17 de octubre de 2013

El mecánico de coches

Aquel año fue el mejor de todos los años posibles para Hans, el mecánico de coches. Le despidieron un viernes por la noche, mientras se había metido en la panza de un automóvil de lujo para intentar asistir en el parto del vehículo: la nueva avería venía de cabeza. El coche sangraba aceite y sólo él pudo certificar la defunción del bloque del motor con un profundo respirar. 
Su jefe lo desterró a un desguace que estaba no sólo a las afueras de su ciudad sino también del resto de las ciudades, muy cerquita de Wanderburgo. El empresario compró el próspero negocio con el dinero que le dieron de la venta del matadero de cerdos que tenía en medio de la ciudad, “los trozos de las cosas vivas me aburren; ahora que me hago viejo prefiero traficar con piezas muertas” solía farfullar el anciano jefe.Y es que el hombre había preferido admirar las partes de las cosas en concreto más que el conjunto que forman entre todas.
Antes de la llegada de la carta de destierro, Hans había perpetrado,  sin darse cuenta, pasar del artesano que era  a que el resto del mundo lo considerara un artista. Antes, mucho antes del cambio de trabajo del taller al desguace, Hans había escupido en todos los suelos de los bares; y al mismo tiempo escribía en las servilletas de los garitos y leía cuadros, frases de azucarillos y besos por los parques. Cuando su mujer se marchaba por la puerta llevándose a los niños y la cafetera, le dijo muy tiernamente, "Hans, con los artistas hay que intentar vivir, amarlos; pero luego siempre hay que abandonarlos, porque su necesidad de expresarse, su incalculable egoísmo les impide dar todo lo que se requiere dar si se pretende amar de verdad"
Pero ahora, el mecánico de coches debía abandonar su trabajo porque le habían despojado de la capacidad de sentir. Sería el mismo viernes por la noche, sin duda, el día en que dejara de apasionarle todo interés por los vehículos en movimiento. Lo llevaron al nuevo trabajo y le dieron unas llaves: ahora eres el matarife de coches más desgraciado de la planicie. Los primeros días se sentía solo en medio de las piezas muertas. Incluso desmontó las baterías de los coches y les puso nombre; y conectaba bombillas a sus bornes hasta que se apagaban, en medio de la noche.
En cuanto reconoció su condición fue pasando de considerarse menos artista a más artesano. Despiezaba, asumía con tanta devoción su trabajo que los clientes del desguace se quedaban a ver cómo separaba la carne de los huesos de sus coches. 
Uno de esos clientes, Sophie, llegó  inesperadamente al desguace como el que se pierde en medio de la carretera en busca de repuestos y sonrisas. Había abandonado la idea de encontrar a alguien que la quisiera. Demasiado tarde.
Un día decidió, al acabar la jornada laboral, pasarse al calendario lunar... Y se acordó de Sophie... Y la quiso, desde ese momento, hasta el final de sus lunas

dimarts, de setembre 17, 2013

20 de septiembre de 2013

Te pienso, te leo

Con cuatro años comenzó a aficionarse a la lectura voraz y ya no dejaría de imaginar mundos hasta que un notario de Russafa le comunicó que no podría leer nunca más, "Es que usted ha leído mucho y la mente, como la piel, tiene memoria y una paciencia finita. Yo le veo más de crucero fluviales y de enamorarse en medio de una tienda de flores. Y lo firmo donde haga falta" Al principio no entendía bien por qué alguien se entrometía en una actividad (leer) que él había iniciado de manera autónoma. Había comenzado a hacerlo de la misma manera que empezó a mirar los escotes de las chicas en el tren o a bailar sin quererle pisar los pies a nadie.

Sí. Había empezado a leer desmesuradamente, con tanta angustia, con tanto cariño que casi nadie lograba entenderle. Poco a poco fue descubriendo los besos y los contenidos, y las metáforas y los sinsentidos de los dobles sentidos. También la luz, el tamaño de las luciérnagas. Descubrió que la lectura dibujaba en las espaldas de las mujeres que amaba hiedras en sus manos, y las cubría del todo. ¡El lenguaje que iba adquiriendo con la lectura le separaba tanto de los otros lenguajes!

Con las pocas palabras en común que compartía con el resto de las personas consiguió convencer, a uno de sus vecinos (uno de ésos que siempre tienen algo que alquilar) para que le rentara un bajo. Y abrió, al abrigo del sol, una tienda de flores de colores. No tuvo más remedio que poner en práctica todo aquello que había leído por ahí.

Su primer cliente fue un tipo que entró por la puerta pensando que la tienda era un club de alterne. Mientras caminaba hacia el mostrador se daba cuenta de que allí no encontraría ni a Roxanne ni a Angie, pero todo parecía transmitirle tanta serenidad que llegó, sin bajarse la bragueta, hasta el mostrador. Acostumbrado a las fracciones de media hora, en menos de cinco minutos ya salía por la puerta con un magnífico ramo de flores.

En pocos meses toda su literatura había sembrado los balcones, las terrazas y los patios de plantas de colores. Y aunque ya hacía tiempo que no podía intercambiar ninguna palabra con los demás, cada vez tardaba menos en descubrir qué flor y para qué motivo la quería la persona que entraba por la puerta.

El día antes de cerrar la tienda para embarcarse en un crucero fluvial entró por la puerta una chica con un libro debajo del brazo. Él la leyó de arriba a abajo, la leyó como sólo él sabía leer, como lo había hecho desde pequeño... ¡No sabía hacer otra cosa que leer! Sophie dejó el libro sobre la mesa y él, que se consideraba un viajero, se encontró con la textura de sus tapas y la intensidad de sus ojos. "Es un libro", le dijo Sophie. El vendedor de flores no había visto nunca ningún libro, pero le dieron ganas de abrirlo... y reconoció todo su lenguaje. Al mismo tiempo que revisaba el ejemplar y lo entendía, ella lo observaba a él y lo reconocía. Y se llenaron de música. Y se leyeron definitivamente, ante notario.

dimecres, de juliol 17, 2013

19 de julio de 2013

La Línea de la Concepción 


Cuando toda una ciudad nace delimitando miedos se convierte en un espacio expectante, hermoso y sagaz. Pero sobre todo, acaba siendo un lugar donde la gente decide qué hacer en función del viento: si hace levante, tapean y sacan conejos de tus chisteras, se mueven por la Calle Mayor. Si hace poniente, sonríen al abrigo de las mangas de camisa de tus sonrisas, hacen espeto sin sardinas. Parece una ciudad sin febreros donde florezcan almendros, sin climas propicios para amar. Tampoco es posible pasear sin tropezar con las esquinas de sus periferias, llenas de bares y degente dentro y fuera de ellos.
Cuando toda una ciudad crece y hace crecer a otra (vamos a llamarla, por ejemplo, Gibraltar) va dejándose pequeñas gotas de sangre a un lado y a otro de la frontera, esalínea que pintan unos señores en sus despachos de colores. Luego la gente abandona sus chabolas y se mete de okupas en las calles y en los antros. Y lo material parece predestinado a no llegar a percibirse realmente en su justa medida; por éso te dan ganas de leer los periódicos si estás solo por el día, o abrazas la almohada de la cama de tu hostal si estás solo por la noche... son las terribles ganas de completar la cuota de realidad tangible necesaria para sentirse persona. Y conviertes a la ciudad en una terrible hembra y acabas entendiendo sus caderas y la caracoleas aunque no salga el sol, ¡cómo le haces el amor a sus chaflanes!... Y se ve como la ciudad se marca undesnudo integral sobre la barra de tu bar.
Cuando toda una ciudad crece y da la casualidad de que es Domingo Rociero, Pepe y Peli te llevan a casa de Dani y Dunia, a comer pata y beber botellines: sol, incandescencia y olor a hierbabuena. En el patio, varias generaciones se mezclan, y se arrancan a cantar en medio del sofocante calor. Vestidos con el corazón en la mano, risas y algo más que beber y comer, y algo menos que reír y vivir. Nadie te conoce realmente pero la mayoría de la gente parece saber quién eres. Dan ganas de quedarseallí casi siempre, como te quedarías en un refugio nuclear o en una cabaña de árbol de verano de niñez. Luego llega la tarde y los colores, y ya no eres ajeno a nada ni a nadie. De la misma manera tus gramos de libertad siguen intactos y puedes desaparecer sin dejar rastro o quedarte allí para siempre. En las casetas se mueven los volantes y el apareamiento cromático es animal, musical, desconcertante: las mujeres meten sus abanicos entre las tetas y describen, con sus vestidos, parábolas imposibles en los universos de los hombres de barra y sombrero cordobés. Los demás brindan con la muerte y beben todo lo que pueden y deben.
Cuando toda una ciudad muere, un poco, llegas al callejón de la muerte. Escondes tus gramos de locura, tus medios, tus cuartos... Y huele a cazuela de potaje por el suelo, se juega al bingo. Los callejones siempre huelen a final de trayecto de tren decercanías, y cuanto más intrincados son más fáciles de aborrecer resultan. Las calles estrechas son las ganas de besarse que tienen las paredes de los edificios, en cambio nosotros las usamos para esconder nuestras miserias y traficar a pequeña escala, que es envenenar las mañanas y las tardes y las noches. Si una ciudad quiere morir lo mejor es sacarle cinco euros a cada cartón de tabaco y recortar páginas de su diario y atascarse; y oler a viento de poniente o de levante. Y pasar los días en esas cosas.

dimarts, de juny 18, 2013

20 de junio de 2013

Encontrando aquel bar

Encontré el bar con cierta dificultad: con nerviosismo, esperando acertar a la primera, desechando otros recuerdos, pasos y sombreros de copa... con el único objetivo de encontrar el bar; con esa dificultad que folla con la impaciencia y crece como una flor en tu boca.
Encontré el bar y me recordó a 'mi primera vez' en casi todo. No necesito saber dónde he estado antes para hacer especial el momento en el que me encuentre y con quien me encuentre.
Mi objetivo, aquel día, era encontrar el bar y lo encontré, con las mismas dificultades con las que encuentro las llaves de mi casa en el fondo del bolso.
Encontrar cosas de tu pasado es como cuando se inventó la heroína para sofocar el dolor de los mutilados en las Guerras Mundiales; buscar esas mismas cosas es como meterse la aguja en la aorta y bombear, al menos, dos veces 'el pico' dentro del cuerpo.
Sobre el bar se había cernido toda una ciudad, con edificios y plantas octavas. Incluso las construcciones acabaron desarrollando la necesidad arquitectónica de protegerse del resto de edificios, y sentirse, cada vez, más amadas. Es curioso ver cómo me resultó más fácil entretenerme en todo lo demás que no tenía nada que ver con el bar que en intentar saber dónde estaba realmente el garito.
Mientras seguía encontrando el bar iba descubriendo a esas personas que lo escribieron y a esas cosas que lo explicaron.
Hacía tiempo que no caminaba hacia ningún sitio, pero ahora este bar no me parece mal destino turístico.
Este bar era el sitio donde la gente iba a encontrarse terriblemente. Sobre todo aquel tipo que iba a entretenerse por dentro en el único espacio en el que la gente hablaba con gran intensidad, sin limitadores ni potenciómetros contra el amor.
Yo quería volver porque me gustaba estar solo. Luego entraba por la puertecita sin saludar y entendía que no existe la soledad si alguien te prepara una taza de café con cariño. A veces, allí, se escuchaba rock... otras, música 'de esa de incienso'.
Allí se empezaron a besar, en la prórroga, los militares con los labios inferiores de los altos cargos seglares.
También me interesaba encontrar el lugar porque olía a Tokio y a piso de cuarenta y pocos metros redondos que se cuadraron cuando llegaron un grupo de pintores a arreglar la fachada del edificio.
Y puede que realmente fuera esa dificultad, ese mismo nerviosismo con el que se buscan las llaves de casa en el fondo del bolso, el que nos impide sentarnos en el blanquito sombreado, fresco e inmutable. Quedarnos allí, no por cansancio, sólo sentarnos. Y mirar hacia la esquina donde está el bar, y no irse a dormir nunca antes de que florezcan tus dudas en mi huerto.

dimarts, de maig 14, 2013

17 de mayo de 2013

Vivir en ese lugar periférico


A menudo las cosas te atropellan, como si te pusieras sobre las vías del ferrocarril y esperases la llegada lejana de un tren de cercanías. No parece nada extraño ni curioso. Lo realmente raro es darse cuenta de ello, tal y como me pasó hace unos días. He acabado viviendo en uno de esos lugares perdidos en los que cualquiera que quiera perderse puede acabar allí en busca de algo. En ese lugar se acababa el anillo de Saturno de sus besos.
Salir de la ciudad se convierte en entrar en otro espacio suave, periférico y audaz. Pensamos que el centro de nuestro cuerpo es equidistante a nuestras extremidades pero es la periferia la que mueve y rige los 'quehaceres' y los 'quedecires'.
Es curioso que la búsqueda de refugios dé como resultado todo un ecosistema de personas que los quieren encontrar y que genera una raza humana diferente, suave. Las bibliotecas de esos lugares son los bares y sus ciudadanos. Hace tiempo que, erróneamente, dibujo líneas 'isobares' por los barrios para determinar sus límites sociológicos.
Mi confort en este sitio viene determinado por la capacidad que tenga de creer en las personas con las que tropiezo en el ascensor, al comprar la verdura o prestar la sal y la pimienta. Suelo alegrarme de contar zapatos, sombreros y besos de portal nocturno. Y sumo faldas cortas de vecinas, el roce de los labios del sol sobre el asfalto, las puertas de las casas con flores. También la ropa interior tendida, escaparates de pudor contenido por las terrazas esquineras; cómo saber qué te pusiste ayer (e investigar los límites de tus hipotenusas) Y entender las ventanas como lienzos que dibujan vidas.
En cambio el perpetuo inconformismo nos aleja de la errónea sensación de paz social que se olvida de pagar los recibos de la luz de nuestras vidas. Y por éso, destierro de las cosas buenas los casales falleros, las personas que pasean perros de presa con chándales blancos e implantes de silicona por metro cuadrado. Y también resto personas que no se miran a los ojos, adolescentes que no quieren perder su condición y padres que esperan que baje la marea. Quito también los bares que suben el precio de la cerveza y a los vecinos sin ojeras. Y lo peor de todo, no soporto los aparcamientos de ambulancias: no creo que haya nada más triste que ver reducida a una plaza de garaje a la naturaleza de una ambulancia.
Suele ser necesario llegar hasta allí, hasta ese espacio periférico, soez y transatlántico para dejar de pensar que hay un lugar equidistante, a las extremidades, que dirige nuestras vidas. Es fundamental exiliarse de los besos con espinas para encontrar otra patria sin esquinas. Y acabar viviendo, por supuesto, en uno de esos planetas perdidos en los que, si uno quiere perderse, probablemente acabará encontrando un bar.

dijous, d’abril 18, 2013

19 de abril de 2013

Cinco historias mínimas

Las paredes sujetan palabras, siempre. Los carteles de las farolas, de las panaderías, hablan de señoras de la limpieza, de profesores que ofrecen clases de inglés, de alemán,... incluso de francés. Los pósteres de cauce de río, con corazones y coches tuneados, con frases robadas a poetas que se sienten orgullosos de ser asaltados por personas que se aman.
Las paredes siempre sujetan palabras. Aunque como soporte para sujetar cosas me parece mucho más respetable utilizar la distancia entre tus labios y los míos. Lo he decidido porque no vienen a verme hoy tus viejos olores ni tu nueva falda. Parece que esté condenado a que me quieran por fascículos coleccionables, esos que cada domingo se convierten en tu cárcel.
Las paredes sujetan, siempre, palabras. Los bares mienten en la misma proporción, incluso aritmética, en que están abiertos. Ocupan las agendas de los borrachos con precisión absoluta. Mientras siguen buscando sitios abiertos donde beber, la noche se llena de sombras. A menudo, sombras de color carajillo de Terry.
Siempre son las paredes de las ciudades las que sujetan palabras. Es la forma que tiene la curva de su cuello. La muchacha entiende que eres un peatón que pasa delante de ella y del que no recuerda su espalda. A penas dejó que oliera su camisa. A ella le dijeron una vez, «En diferido. Te tengo en diferido» Se lo dijo un tipo que prefería proponer sus besos a los generales, en las guerras. ¿Y si nos vamos, como el que huye, pero con un cierto desorden? Pensó la muchacha. Puede que le vocearan los perros por la calle y puede que los dueños de las tiendas los llamaran para ayudarles a organizar la mercancía.
Las paredes sujetan las palabras. Hoy el chico se levantó para regalarle atardeceres. Desde la mañana lo tuvo claro: era ese tipo de mañanas, con esos aires de llamar dichosamente la atención, de las que se levantan bien temprano. Al caer  el sol aprovechó para ejecutar su regalo. Intentaba capturar, siempre para ella y para ninguna otra, todo por todos los sentidos. Tenía la certeza de que, aunque no estaba allí, percibiría ese atardecer en cuanto le estampara el primer beso en la boca, terrible, tierno y calculador. El muchacho visitaba con su nariz los rincones de aquel ocaso con la intención de contárselos. Había encontrado un medio natural donde quererla, donde entretenerse con el recuerdo del vuelo de su falda. Quería regalarle todos los atardeceres que fuera posible, hasta que no le interesara otra actividad física, laboral o intelectual. Tan decidido estaba a ello que no había puesta de sol en la que no saliera corriendo a devorar los colores, los olores, los besos. No era importante si lo conseguía del todo o no, puesto que se acababa su capacidad de recuerdo y empezaba la de olvidar. Nunca le dijo nada a ella.

dimarts, de març 12, 2013

12 de marzo de 2013


Hoy ha dejado de llover. A los tres años de vivir aquí nos dimos cuenta de lo inservible que era el paragüero que teníamos en el minúsculo recibidor... Desde que vinimos de Baracaldo habíamos creído en su incuestionable utilidad: todo ese tiempo. Aunque una terrible sensación de angustia nos decía que aquel objeto no hacía mas que estorbar, habíamos creído durante esos tres años en su eficiencia expresa. Me atrevería a decir que nuestro concepto de unidad familiar pasaba por comer bacalao al pil-pil, migas de pastor, moje de harina de guijas y creer firmemente en que el paragüero de la entrada servía para algo, tal y como lo había sido en la casa anterior.
En esas y otras cosas estábamos cuando vino la vida misma, y nos guió.

La importancia de ser un paraguas

Pronto, en vista de que no podíamos dejar los paraguas porque no llovía nunca, le dimos otras utilidades. Yo no me negué porque siempre he tenido la ilusión de rodearme de cosas que no sirvieran para mucho pero que me hagan cosquillas en el corazón. 
Como la entradita era tan pequeña, siempre nos tropezábamos con él, y su sonido metálico nos avisaba de que alguien llegaba, con tanta justicia  que dejamos de hacer caso del timbre de la calle; y no considerábamos que alguien había entrado realmente en casa si no se tropezaba con el paragüero antes. Entre los otros usos que le dimos, el de escondite de los miembros de la familia que fumaban tuvo un gran éxito. Ocultar las canicas y alguna otra actividad tan ilícita como estas pasaron más  desapercibidas. A última hora, antes de mandarlo al exilio del cuarto trastero, incluso lo utilizábamos para dejar los paraguas que habíamos deportado a las estanterías y a los fondos de los armarios... Y nos dimos cuenta de que no había mejor sitio donde dejarlos aunque ya habíamos decidido que ya no sería el sitio más adecuado.
Con el tiempo, el paragüero  acabó en el cuarto trastero y nos olvidamos de los paraguas y de los sitios donde se guardaban. Y olvidamos si la palabra paragüero tenía diéresis o no, porque las cosas importantes, al principio, no tenían nombre y se señalaban con el dedo: fue lo más cerca que nunca he estado de Macondo.
Después del paragüero vinieron otros objetos y les dimos otras utilidades... pero ya sabía que cambiarían de identidad a medida que, geográficamente,  fuera pasando el tiempo; y no me preocupaba tanto si lo hacían como el daño que me producirían.
Después vinieron las personas: nunca me acostumbraba a ver en ellas cualquier tipo de utilidad. Cuando vinimos del norte nos fuimos a un piso recogido. Luego, como siempre pasa, las personas y las cosas se dan la mano. Por eso es fantástico darse cuenta de que los objetos sirven para lo que sirven. Lo importante no es el uso que se da de ellos sino el cariño con el que se les abraza en cada momento. Un amor tan fuerte que plagia a los besos brutales que dan los marineros en su día de permiso

diumenge, de febrer 17, 2013

20 de febrero de 2013

Samir  sin Amira

Samir ha crecido mucho. Le recuerdo desde siempre, cuando voy a trabajar. De hecho ya escribí sobre él: cuándo y cómo lo conocí. Es aquel chico musulmán que va caminando, en bicicleta o corriendo desde su casa, que está en medio de los naranjos, hasta el colegio. Ya me lo he cruzado más de mil veces, siempre en en el mismo punto, a la misma hora,  y todavía me fascina todo lo que no sé de él.
Al principio lo reconstruía con tanta avidez que hasta le puse nombre. Con el tiempo me he ido fascinando más por lo que desconozco.
  De hecho, cuando miras con atención, todo se reduce a una extraña sensación de felicidad. Mirar, parar, mirar. Es como el bar donde aterrizo cada mañana, después de ver a Samir, caminando, en bicicleta o corriendo.
  Es un bar de polígono, con azulejos colgados con frases, con carteles, con Loterías Nacionales... Y también con inquilinos, soles y sombras, bocadillos de blancos y negros, y escandalosas máquinas que sortean dinero. Cada uno de los elementos es, en sí mismo, una brutal máquina de tortura pero todos juntos me recuerdan a los Sex Pistols: escandalosos, duros, crueles y alucinantes. Después sólo queda ponerse en el rincón del bar y cazar sus miedos y los míos con cepos de mar. Y también, leerlos entre líneas, sólo por motivos laborales.
  A veces observo a los capataces, que entran allí con sus peones, respirando... pero no sé si están hablando o sobreviviendo. Cada cazalla le pinta un cráter a la luna, cada barrejat los lleva al infierno y a las naves de enfrente. Casi siempre respetan los espacios vitales y los códigos de los caballeros de barra de bar. Sólo con mirarlos uno tiene la certeza de que son grandes científicos porque su objetivo en esta vida es que el mundo funcione mejor.
  Y son actores que huyen de las modas, que son epidemias planeadas siniestramente, con cronómetro de cuarzo, en mi bar, en sus trabajos y en los dormitorios de las parejas insomnes. Me encuentro a gusto allí.
 Y lo peor de todo: la estupidez nunca pasa de moda. Y lo digo porque hace poco entró por la puerta del bar una persona que no había nacido por aquí, vamos una persona. En ese momento un tipo de la barra le dijo "¿A ti también te gusta el café caliente, eh?" No sé si el hombre era marroquí, tunecino o senegalés, pero lo que sí que sé es que fue educado: lo miró tan fuertemente que los que estábamos allí le hubiéramos partido la cara al capullo de la barra, por solidaridad.
  En silencio, pensé que, tal vez, era el padre de Samir y que volví a plantearme mal el hecho de conocer el mundo si sólo me fijaba en lo que sabía de él. Siempre me pregunto si lo que me pasa me gusta, pero lo que yo me contesto no creo que sea nada concluyente. El próximo día me voy a pedir una cazalla y le voy a partir la cara, sin duda.

divendres, de gener 18, 2013

20 de enero de 2013

Gaspar... toma mis chupetes

Si no hubiera sido lunes no se hubiera levantado con tanta precisión y tan poca paciencia. Mientras resucitaba (dormía en un estado de quietud tan extremo que parecía estar muerta) iba planificando todo lo que le diría corpóreamente: pensaba cómo se acercaría a él, cómo ofrecería su pelo oscuro...
Visitaba la librería donde él trabajaba todos los días excepto los miércoles; con tanta pleitesía que había conseguido hacerse con un montón de libros irremplazables.
Se había enamorado de él el mismo día en que se inauguró la tienda. El comercio tenía un escaparate tan infranqueable que no había más remedio que entrar para discutir con el dueño. Le costó cuatro pasillos y medio encontrarlo, al fondo. Cuando llegó a él ya tenía en sus manos, para ella, El amor en los tiempos del cólera.
Desde ese momento fue cada día, con un estado de ánimo diferente, para confeccionar una pequeña República literaria en su propia casa, con los textos con los que se iba enamorando de él.
No se significó socialmente hasta que le ofreció El capital un día que llovía y que le habían robado el bolso en el metro. Otras veces no tenía muy claro quién quería ser e iba a fabricarse una condición con cualquier recomendación de su librero. Había días que él mismo la completaba porque la veía sin rumbo. Un de esos días le ofreció en la tienda el Pinocchio, de Winshluss, para que se subiera en su cerebro y pilotara a su propio personaje. Casi sin quererlo ese día soñó con Blancanieves y volvió a morirse, como cada noche. Otros días a ella le resultaba imprescindible guardar olores que estaban condenados a desaparecer, como el olor de La insoportable levedad del ser.
En cambio los miércoles se levantaba después de no poder reconciliar el sueño y, aunque al día siguiente se amortajaba otra vez, era los miércoles cuando se sentía imprecisa y serena. Y salía a la calle, y pasaba de largo por la tienda de libritos. Ese día siempre conocía a alguien con quien estar o a quien dejar.
Aquel miércoles conoció a un tipo que confesó ser más de hijos bastardos y que por éso le gustaban más los dichos que los refranes. Como ella se había confiscado la ilusión de enamorarse, decidió dejarlo allí colgado y correr hacia la librería.
Ya no llovía en la ciudad, como en otras ocasiones. El infame y terrible escaparate volvía a escupir a los peatones. Recordaba con precisión todos los libros que había comprado, sólo por seguir enamorándose de él. El librero la esperaba con la obra en la mano. Nunca se dijeron nada. No lo compró. Dio media vuelta. Ya estaba en el pasillo, mirando hacia la calle y, por la puerta de la tienda, pasaba la cabalgata de los Reyes Magos. En la carroza se podía ver cómo un niño que dejaba de serlo se acercaba al rey Gaspar y, totalmente desconsolado, le entregaba sus chupetes.

dimarts, de desembre 18, 2012

20 de diciembre de 2012

Ascensor de navidad

Se había muerto casi sin darse cuenta, como se mueren las flores regaladas sin amor, al fondo de los jarrones, en una esquina de la casa. Las personas que más cerca de él habían pasado los último días tampoco se habían percatado de que se apagaba, poco a poco.
Comenzó a morirse el día que se levantó lleno de vitalidad. Se duchó con agua fría, desayunó casi lo de siempre y se cruzó con la vecina de enfrente; la miró de abajo a arriba porque era la manera de no perderse ningún detalle importante, es decir, ningún detalle. Le gustaba olerla antes de mirarla y, sólo con escuchar sus tacones, podía saber si estaba alegre o estaba enfadada. Al poco rato de darse cuenta de la tragedia se fue a trabajar a su pequeña empresa de ascensores automáticos.
Sus empleados siempre le preguntaban por qué había montado la oficina en una planta baja, siendo que su vida giraba entorno a los elevadores. Aunque le preguntaran otra cosa siempre contestaba lo mismo: «la vida, en un momento, te puede cambiar, pero a lo mejor, en ningún momento te cambia la vida». Después se volvía loco apretando tuercas y pensando en inmensos edificios llenos de plantas con zaguanes, donde aterrizar, espacios donde pensarla.
Pero ese día se moría, claramente. A la hora del descanso de sus empleados él construía  un ascensor, de abajo a arriba, que explicaba cada olor, cada ruido de tacones y cada curva de su vecina. Y planificaba zaguanes de terciopelo en sus tobillos, rodillas, cintura, pechos y ojos para pensarla como se merecía. Era la hora del descanso pero fallecía... fallecía.
Retomar el trabajo no hizo otra cosa que cerciorar su inminente defunción. Todos sus trabajadores estaban engrasando, ajustando y peleando en las alturas. Él ya había cerrado dos o tres negocios en países remotos. Y, aunque era consciente de lo remoto de Anna (portal 241, piso 14, 2ª) Otto seguía negociando su verticalidad, en medio del miedo y del vértigo. Pactando cómo subirla, desde abajo hasta arriba, fue muriéndose por el camino, casi sin darse cuenta, como muere una flor dentro de un coche aparcado en su cama.
Son las 22:00. La fábrica se apaga. No sabía cómo ocuparse de las macetas del despacho. Siempre lo hacía alguien por él. Poco a poco le fueron denegando permisos para construir el ascensor que llegara hasta el corazón de Anna, de los pies a la cabeza.
Lleno de vitalidad, desechó por completo pasar parte de la vida entera con ella. La convirtió en un gorrión y, primero, la metió en una jaula (imposible).
Después apagó las luces de la empresa, abrió la jaula, cogió dulcemente al gorrión y se lo metió en la boca. Y murió casi sin darse cuenta.