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dissabte, de novembre 16, 2013

20 de noviembre de 2013

De personas o cosas

Creo recordar que empecé a querer a las personas casi con la misma intensidad que lo hice con las cosas. En un primer momento no me importaba demasiado la diferencia entre las cosas con vida y las que no la tenían, entiendo que porque para mí, durante esos años, todo era vital: buscaba nidos por los naranjos en primavera, olfateaba las pelotas de cuero antes de golpearlas, salvaba gatos por los portales, me hacía socio de algunas de mis canicas...

En ese orden de cosas estaban las hojas de los libros a las que les dedicaba cierto tiempo: separaba las que más me gustaban, me dedicaba a rastrear sus sitios, las envejecía con el suave proceder de ir escogiéndolas una a una, para poder contemplar lo que me decían. No me importaba lo más mínimo el hecho de no tener muchos y por eso no frecuentaba las bibliotecas: me parecían excesivas. Llegué a considerarlas cementerios enormes por una cuestión de parecido esencial: ambos espacios, bibliotecas y cementerios, están terriblemente invadidos por el silencio, el estatismo; la tortura de la inmovilidad que se desploma por sus calles, sus estanterías. También se palpa en el ambiente que los inquilinos de las bibliotecas y los de los cementerios no esperan ser visitados, pero alguien acaba haciéndolo en algún momento. Y es por eso que, de alguna manera, su permanencia en ese sitio vuelve a tener sentido. Algunos cementerios son tremendas enciclopedias, como el de Recoleta. En cambio, la biblioteca del Trinity College, tiene sepultado los latires de todo un país, y cuando se contempla, uno tiene la sensación de estar en un profundo y enorme camposanto.

Tal vez fueran los libros, por su tremendo equilibrio entre lo que es un objeto y lo que no lo es para nada, los que cambiaron el rumbo de mi lucha por saber medir la importancia de las cosas o la de las personas. De entre los pocos volúmenes que tenía por casa siempre encontraba alguna excusa para admirar esa ilustración que no había visto todavía, como cuando vuelves a leer un poema y de pronto tu atención te agarra del cuello y te hace fijarte en uno de los versos, y sólo en uno. Los ejemplares tenían lomo que acariciar y cara y pies (aunque fueran de página). Por lo que cada vez me iba quedando más claro que necesitaba ponerle un tremendo marcapasos a mi vida, y empezar a caminar.

Luego vino la genética y con ella una irremediable obligación de decantarme por las personas, de manera insultantemente definitiva. Ya no había nadie que cuestionara que era más importante jugar con los compañeros a fútbol que la pelota en sí (aunque era el deseo de tenerla la que provocaba que tuviera sentido estar disfrutando con ellos, que el juego tuviera verdadero sentido) 

Y sin saber muy bien por qué, fui entendiendo que la vida está en movimiento, como un acordeón de enorme sonrisa, gestionado por el aire. Y que a las personas, en realidad, se las hace sonar, como el diamante de una aguja de tocadiscos. Y fue sin saber por qué, muy bien,  que las cosas desaparecieron para siempre. Porque vas entendiendo que hay que convertirse en el calendario lunar de las personas que amas, hay que gravitarlas y organizar las subidas de sus mareas y alargarles la duración de sus días. Y abrazarlas.

dijous, d’octubre 17, 2013

17 de octubre de 2013

El mecánico de coches

Aquel año fue el mejor de todos los años posibles para Hans, el mecánico de coches. Le despidieron un viernes por la noche, mientras se había metido en la panza de un automóvil de lujo para intentar asistir en el parto del vehículo: la nueva avería venía de cabeza. El coche sangraba aceite y sólo él pudo certificar la defunción del bloque del motor con un profundo respirar. 
Su jefe lo desterró a un desguace que estaba no sólo a las afueras de su ciudad sino también del resto de las ciudades, muy cerquita de Wanderburgo. El empresario compró el próspero negocio con el dinero que le dieron de la venta del matadero de cerdos que tenía en medio de la ciudad, “los trozos de las cosas vivas me aburren; ahora que me hago viejo prefiero traficar con piezas muertas” solía farfullar el anciano jefe.Y es que el hombre había preferido admirar las partes de las cosas en concreto más que el conjunto que forman entre todas.
Antes de la llegada de la carta de destierro, Hans había perpetrado,  sin darse cuenta, pasar del artesano que era  a que el resto del mundo lo considerara un artista. Antes, mucho antes del cambio de trabajo del taller al desguace, Hans había escupido en todos los suelos de los bares; y al mismo tiempo escribía en las servilletas de los garitos y leía cuadros, frases de azucarillos y besos por los parques. Cuando su mujer se marchaba por la puerta llevándose a los niños y la cafetera, le dijo muy tiernamente, "Hans, con los artistas hay que intentar vivir, amarlos; pero luego siempre hay que abandonarlos, porque su necesidad de expresarse, su incalculable egoísmo les impide dar todo lo que se requiere dar si se pretende amar de verdad"
Pero ahora, el mecánico de coches debía abandonar su trabajo porque le habían despojado de la capacidad de sentir. Sería el mismo viernes por la noche, sin duda, el día en que dejara de apasionarle todo interés por los vehículos en movimiento. Lo llevaron al nuevo trabajo y le dieron unas llaves: ahora eres el matarife de coches más desgraciado de la planicie. Los primeros días se sentía solo en medio de las piezas muertas. Incluso desmontó las baterías de los coches y les puso nombre; y conectaba bombillas a sus bornes hasta que se apagaban, en medio de la noche.
En cuanto reconoció su condición fue pasando de considerarse menos artista a más artesano. Despiezaba, asumía con tanta devoción su trabajo que los clientes del desguace se quedaban a ver cómo separaba la carne de los huesos de sus coches. 
Uno de esos clientes, Sophie, llegó  inesperadamente al desguace como el que se pierde en medio de la carretera en busca de repuestos y sonrisas. Había abandonado la idea de encontrar a alguien que la quisiera. Demasiado tarde.
Un día decidió, al acabar la jornada laboral, pasarse al calendario lunar... Y se acordó de Sophie... Y la quiso, desde ese momento, hasta el final de sus lunas

dimarts, de setembre 17, 2013

20 de septiembre de 2013

Te pienso, te leo

Con cuatro años comenzó a aficionarse a la lectura voraz y ya no dejaría de imaginar mundos hasta que un notario de Russafa le comunicó que no podría leer nunca más, "Es que usted ha leído mucho y la mente, como la piel, tiene memoria y una paciencia finita. Yo le veo más de crucero fluviales y de enamorarse en medio de una tienda de flores. Y lo firmo donde haga falta" Al principio no entendía bien por qué alguien se entrometía en una actividad (leer) que él había iniciado de manera autónoma. Había comenzado a hacerlo de la misma manera que empezó a mirar los escotes de las chicas en el tren o a bailar sin quererle pisar los pies a nadie.

Sí. Había empezado a leer desmesuradamente, con tanta angustia, con tanto cariño que casi nadie lograba entenderle. Poco a poco fue descubriendo los besos y los contenidos, y las metáforas y los sinsentidos de los dobles sentidos. También la luz, el tamaño de las luciérnagas. Descubrió que la lectura dibujaba en las espaldas de las mujeres que amaba hiedras en sus manos, y las cubría del todo. ¡El lenguaje que iba adquiriendo con la lectura le separaba tanto de los otros lenguajes!

Con las pocas palabras en común que compartía con el resto de las personas consiguió convencer, a uno de sus vecinos (uno de ésos que siempre tienen algo que alquilar) para que le rentara un bajo. Y abrió, al abrigo del sol, una tienda de flores de colores. No tuvo más remedio que poner en práctica todo aquello que había leído por ahí.

Su primer cliente fue un tipo que entró por la puerta pensando que la tienda era un club de alterne. Mientras caminaba hacia el mostrador se daba cuenta de que allí no encontraría ni a Roxanne ni a Angie, pero todo parecía transmitirle tanta serenidad que llegó, sin bajarse la bragueta, hasta el mostrador. Acostumbrado a las fracciones de media hora, en menos de cinco minutos ya salía por la puerta con un magnífico ramo de flores.

En pocos meses toda su literatura había sembrado los balcones, las terrazas y los patios de plantas de colores. Y aunque ya hacía tiempo que no podía intercambiar ninguna palabra con los demás, cada vez tardaba menos en descubrir qué flor y para qué motivo la quería la persona que entraba por la puerta.

El día antes de cerrar la tienda para embarcarse en un crucero fluvial entró por la puerta una chica con un libro debajo del brazo. Él la leyó de arriba a abajo, la leyó como sólo él sabía leer, como lo había hecho desde pequeño... ¡No sabía hacer otra cosa que leer! Sophie dejó el libro sobre la mesa y él, que se consideraba un viajero, se encontró con la textura de sus tapas y la intensidad de sus ojos. "Es un libro", le dijo Sophie. El vendedor de flores no había visto nunca ningún libro, pero le dieron ganas de abrirlo... y reconoció todo su lenguaje. Al mismo tiempo que revisaba el ejemplar y lo entendía, ella lo observaba a él y lo reconocía. Y se llenaron de música. Y se leyeron definitivamente, ante notario.

dimecres, de juliol 17, 2013

19 de julio de 2013

La Línea de la Concepción 


Cuando toda una ciudad nace delimitando miedos se convierte en un espacio expectante, hermoso y sagaz. Pero sobre todo, acaba siendo un lugar donde la gente decide qué hacer en función del viento: si hace levante, tapean y sacan conejos de tus chisteras, se mueven por la Calle Mayor. Si hace poniente, sonríen al abrigo de las mangas de camisa de tus sonrisas, hacen espeto sin sardinas. Parece una ciudad sin febreros donde florezcan almendros, sin climas propicios para amar. Tampoco es posible pasear sin tropezar con las esquinas de sus periferias, llenas de bares y degente dentro y fuera de ellos.
Cuando toda una ciudad crece y hace crecer a otra (vamos a llamarla, por ejemplo, Gibraltar) va dejándose pequeñas gotas de sangre a un lado y a otro de la frontera, esalínea que pintan unos señores en sus despachos de colores. Luego la gente abandona sus chabolas y se mete de okupas en las calles y en los antros. Y lo material parece predestinado a no llegar a percibirse realmente en su justa medida; por éso te dan ganas de leer los periódicos si estás solo por el día, o abrazas la almohada de la cama de tu hostal si estás solo por la noche... son las terribles ganas de completar la cuota de realidad tangible necesaria para sentirse persona. Y conviertes a la ciudad en una terrible hembra y acabas entendiendo sus caderas y la caracoleas aunque no salga el sol, ¡cómo le haces el amor a sus chaflanes!... Y se ve como la ciudad se marca undesnudo integral sobre la barra de tu bar.
Cuando toda una ciudad crece y da la casualidad de que es Domingo Rociero, Pepe y Peli te llevan a casa de Dani y Dunia, a comer pata y beber botellines: sol, incandescencia y olor a hierbabuena. En el patio, varias generaciones se mezclan, y se arrancan a cantar en medio del sofocante calor. Vestidos con el corazón en la mano, risas y algo más que beber y comer, y algo menos que reír y vivir. Nadie te conoce realmente pero la mayoría de la gente parece saber quién eres. Dan ganas de quedarseallí casi siempre, como te quedarías en un refugio nuclear o en una cabaña de árbol de verano de niñez. Luego llega la tarde y los colores, y ya no eres ajeno a nada ni a nadie. De la misma manera tus gramos de libertad siguen intactos y puedes desaparecer sin dejar rastro o quedarte allí para siempre. En las casetas se mueven los volantes y el apareamiento cromático es animal, musical, desconcertante: las mujeres meten sus abanicos entre las tetas y describen, con sus vestidos, parábolas imposibles en los universos de los hombres de barra y sombrero cordobés. Los demás brindan con la muerte y beben todo lo que pueden y deben.
Cuando toda una ciudad muere, un poco, llegas al callejón de la muerte. Escondes tus gramos de locura, tus medios, tus cuartos... Y huele a cazuela de potaje por el suelo, se juega al bingo. Los callejones siempre huelen a final de trayecto de tren decercanías, y cuanto más intrincados son más fáciles de aborrecer resultan. Las calles estrechas son las ganas de besarse que tienen las paredes de los edificios, en cambio nosotros las usamos para esconder nuestras miserias y traficar a pequeña escala, que es envenenar las mañanas y las tardes y las noches. Si una ciudad quiere morir lo mejor es sacarle cinco euros a cada cartón de tabaco y recortar páginas de su diario y atascarse; y oler a viento de poniente o de levante. Y pasar los días en esas cosas.

dimarts, de juny 18, 2013

20 de junio de 2013

Encontrando aquel bar

Encontré el bar con cierta dificultad: con nerviosismo, esperando acertar a la primera, desechando otros recuerdos, pasos y sombreros de copa... con el único objetivo de encontrar el bar; con esa dificultad que folla con la impaciencia y crece como una flor en tu boca.
Encontré el bar y me recordó a 'mi primera vez' en casi todo. No necesito saber dónde he estado antes para hacer especial el momento en el que me encuentre y con quien me encuentre.
Mi objetivo, aquel día, era encontrar el bar y lo encontré, con las mismas dificultades con las que encuentro las llaves de mi casa en el fondo del bolso.
Encontrar cosas de tu pasado es como cuando se inventó la heroína para sofocar el dolor de los mutilados en las Guerras Mundiales; buscar esas mismas cosas es como meterse la aguja en la aorta y bombear, al menos, dos veces 'el pico' dentro del cuerpo.
Sobre el bar se había cernido toda una ciudad, con edificios y plantas octavas. Incluso las construcciones acabaron desarrollando la necesidad arquitectónica de protegerse del resto de edificios, y sentirse, cada vez, más amadas. Es curioso ver cómo me resultó más fácil entretenerme en todo lo demás que no tenía nada que ver con el bar que en intentar saber dónde estaba realmente el garito.
Mientras seguía encontrando el bar iba descubriendo a esas personas que lo escribieron y a esas cosas que lo explicaron.
Hacía tiempo que no caminaba hacia ningún sitio, pero ahora este bar no me parece mal destino turístico.
Este bar era el sitio donde la gente iba a encontrarse terriblemente. Sobre todo aquel tipo que iba a entretenerse por dentro en el único espacio en el que la gente hablaba con gran intensidad, sin limitadores ni potenciómetros contra el amor.
Yo quería volver porque me gustaba estar solo. Luego entraba por la puertecita sin saludar y entendía que no existe la soledad si alguien te prepara una taza de café con cariño. A veces, allí, se escuchaba rock... otras, música 'de esa de incienso'.
Allí se empezaron a besar, en la prórroga, los militares con los labios inferiores de los altos cargos seglares.
También me interesaba encontrar el lugar porque olía a Tokio y a piso de cuarenta y pocos metros redondos que se cuadraron cuando llegaron un grupo de pintores a arreglar la fachada del edificio.
Y puede que realmente fuera esa dificultad, ese mismo nerviosismo con el que se buscan las llaves de casa en el fondo del bolso, el que nos impide sentarnos en el blanquito sombreado, fresco e inmutable. Quedarnos allí, no por cansancio, sólo sentarnos. Y mirar hacia la esquina donde está el bar, y no irse a dormir nunca antes de que florezcan tus dudas en mi huerto.

dimarts, de maig 14, 2013

17 de mayo de 2013

Vivir en ese lugar periférico


A menudo las cosas te atropellan, como si te pusieras sobre las vías del ferrocarril y esperases la llegada lejana de un tren de cercanías. No parece nada extraño ni curioso. Lo realmente raro es darse cuenta de ello, tal y como me pasó hace unos días. He acabado viviendo en uno de esos lugares perdidos en los que cualquiera que quiera perderse puede acabar allí en busca de algo. En ese lugar se acababa el anillo de Saturno de sus besos.
Salir de la ciudad se convierte en entrar en otro espacio suave, periférico y audaz. Pensamos que el centro de nuestro cuerpo es equidistante a nuestras extremidades pero es la periferia la que mueve y rige los 'quehaceres' y los 'quedecires'.
Es curioso que la búsqueda de refugios dé como resultado todo un ecosistema de personas que los quieren encontrar y que genera una raza humana diferente, suave. Las bibliotecas de esos lugares son los bares y sus ciudadanos. Hace tiempo que, erróneamente, dibujo líneas 'isobares' por los barrios para determinar sus límites sociológicos.
Mi confort en este sitio viene determinado por la capacidad que tenga de creer en las personas con las que tropiezo en el ascensor, al comprar la verdura o prestar la sal y la pimienta. Suelo alegrarme de contar zapatos, sombreros y besos de portal nocturno. Y sumo faldas cortas de vecinas, el roce de los labios del sol sobre el asfalto, las puertas de las casas con flores. También la ropa interior tendida, escaparates de pudor contenido por las terrazas esquineras; cómo saber qué te pusiste ayer (e investigar los límites de tus hipotenusas) Y entender las ventanas como lienzos que dibujan vidas.
En cambio el perpetuo inconformismo nos aleja de la errónea sensación de paz social que se olvida de pagar los recibos de la luz de nuestras vidas. Y por éso, destierro de las cosas buenas los casales falleros, las personas que pasean perros de presa con chándales blancos e implantes de silicona por metro cuadrado. Y también resto personas que no se miran a los ojos, adolescentes que no quieren perder su condición y padres que esperan que baje la marea. Quito también los bares que suben el precio de la cerveza y a los vecinos sin ojeras. Y lo peor de todo, no soporto los aparcamientos de ambulancias: no creo que haya nada más triste que ver reducida a una plaza de garaje a la naturaleza de una ambulancia.
Suele ser necesario llegar hasta allí, hasta ese espacio periférico, soez y transatlántico para dejar de pensar que hay un lugar equidistante, a las extremidades, que dirige nuestras vidas. Es fundamental exiliarse de los besos con espinas para encontrar otra patria sin esquinas. Y acabar viviendo, por supuesto, en uno de esos planetas perdidos en los que, si uno quiere perderse, probablemente acabará encontrando un bar.

dijous, d’abril 18, 2013

19 de abril de 2013

Cinco historias mínimas

Las paredes sujetan palabras, siempre. Los carteles de las farolas, de las panaderías, hablan de señoras de la limpieza, de profesores que ofrecen clases de inglés, de alemán,... incluso de francés. Los pósteres de cauce de río, con corazones y coches tuneados, con frases robadas a poetas que se sienten orgullosos de ser asaltados por personas que se aman.
Las paredes siempre sujetan palabras. Aunque como soporte para sujetar cosas me parece mucho más respetable utilizar la distancia entre tus labios y los míos. Lo he decidido porque no vienen a verme hoy tus viejos olores ni tu nueva falda. Parece que esté condenado a que me quieran por fascículos coleccionables, esos que cada domingo se convierten en tu cárcel.
Las paredes sujetan, siempre, palabras. Los bares mienten en la misma proporción, incluso aritmética, en que están abiertos. Ocupan las agendas de los borrachos con precisión absoluta. Mientras siguen buscando sitios abiertos donde beber, la noche se llena de sombras. A menudo, sombras de color carajillo de Terry.
Siempre son las paredes de las ciudades las que sujetan palabras. Es la forma que tiene la curva de su cuello. La muchacha entiende que eres un peatón que pasa delante de ella y del que no recuerda su espalda. A penas dejó que oliera su camisa. A ella le dijeron una vez, «En diferido. Te tengo en diferido» Se lo dijo un tipo que prefería proponer sus besos a los generales, en las guerras. ¿Y si nos vamos, como el que huye, pero con un cierto desorden? Pensó la muchacha. Puede que le vocearan los perros por la calle y puede que los dueños de las tiendas los llamaran para ayudarles a organizar la mercancía.
Las paredes sujetan las palabras. Hoy el chico se levantó para regalarle atardeceres. Desde la mañana lo tuvo claro: era ese tipo de mañanas, con esos aires de llamar dichosamente la atención, de las que se levantan bien temprano. Al caer  el sol aprovechó para ejecutar su regalo. Intentaba capturar, siempre para ella y para ninguna otra, todo por todos los sentidos. Tenía la certeza de que, aunque no estaba allí, percibiría ese atardecer en cuanto le estampara el primer beso en la boca, terrible, tierno y calculador. El muchacho visitaba con su nariz los rincones de aquel ocaso con la intención de contárselos. Había encontrado un medio natural donde quererla, donde entretenerse con el recuerdo del vuelo de su falda. Quería regalarle todos los atardeceres que fuera posible, hasta que no le interesara otra actividad física, laboral o intelectual. Tan decidido estaba a ello que no había puesta de sol en la que no saliera corriendo a devorar los colores, los olores, los besos. No era importante si lo conseguía del todo o no, puesto que se acababa su capacidad de recuerdo y empezaba la de olvidar. Nunca le dijo nada a ella.

dimarts, de març 12, 2013

12 de marzo de 2013


Hoy ha dejado de llover. A los tres años de vivir aquí nos dimos cuenta de lo inservible que era el paragüero que teníamos en el minúsculo recibidor... Desde que vinimos de Baracaldo habíamos creído en su incuestionable utilidad: todo ese tiempo. Aunque una terrible sensación de angustia nos decía que aquel objeto no hacía mas que estorbar, habíamos creído durante esos tres años en su eficiencia expresa. Me atrevería a decir que nuestro concepto de unidad familiar pasaba por comer bacalao al pil-pil, migas de pastor, moje de harina de guijas y creer firmemente en que el paragüero de la entrada servía para algo, tal y como lo había sido en la casa anterior.
En esas y otras cosas estábamos cuando vino la vida misma, y nos guió.

La importancia de ser un paraguas

Pronto, en vista de que no podíamos dejar los paraguas porque no llovía nunca, le dimos otras utilidades. Yo no me negué porque siempre he tenido la ilusión de rodearme de cosas que no sirvieran para mucho pero que me hagan cosquillas en el corazón. 
Como la entradita era tan pequeña, siempre nos tropezábamos con él, y su sonido metálico nos avisaba de que alguien llegaba, con tanta justicia  que dejamos de hacer caso del timbre de la calle; y no considerábamos que alguien había entrado realmente en casa si no se tropezaba con el paragüero antes. Entre los otros usos que le dimos, el de escondite de los miembros de la familia que fumaban tuvo un gran éxito. Ocultar las canicas y alguna otra actividad tan ilícita como estas pasaron más  desapercibidas. A última hora, antes de mandarlo al exilio del cuarto trastero, incluso lo utilizábamos para dejar los paraguas que habíamos deportado a las estanterías y a los fondos de los armarios... Y nos dimos cuenta de que no había mejor sitio donde dejarlos aunque ya habíamos decidido que ya no sería el sitio más adecuado.
Con el tiempo, el paragüero  acabó en el cuarto trastero y nos olvidamos de los paraguas y de los sitios donde se guardaban. Y olvidamos si la palabra paragüero tenía diéresis o no, porque las cosas importantes, al principio, no tenían nombre y se señalaban con el dedo: fue lo más cerca que nunca he estado de Macondo.
Después del paragüero vinieron otros objetos y les dimos otras utilidades... pero ya sabía que cambiarían de identidad a medida que, geográficamente,  fuera pasando el tiempo; y no me preocupaba tanto si lo hacían como el daño que me producirían.
Después vinieron las personas: nunca me acostumbraba a ver en ellas cualquier tipo de utilidad. Cuando vinimos del norte nos fuimos a un piso recogido. Luego, como siempre pasa, las personas y las cosas se dan la mano. Por eso es fantástico darse cuenta de que los objetos sirven para lo que sirven. Lo importante no es el uso que se da de ellos sino el cariño con el que se les abraza en cada momento. Un amor tan fuerte que plagia a los besos brutales que dan los marineros en su día de permiso

diumenge, de febrer 17, 2013

20 de febrero de 2013

Samir  sin Amira

Samir ha crecido mucho. Le recuerdo desde siempre, cuando voy a trabajar. De hecho ya escribí sobre él: cuándo y cómo lo conocí. Es aquel chico musulmán que va caminando, en bicicleta o corriendo desde su casa, que está en medio de los naranjos, hasta el colegio. Ya me lo he cruzado más de mil veces, siempre en en el mismo punto, a la misma hora,  y todavía me fascina todo lo que no sé de él.
Al principio lo reconstruía con tanta avidez que hasta le puse nombre. Con el tiempo me he ido fascinando más por lo que desconozco.
  De hecho, cuando miras con atención, todo se reduce a una extraña sensación de felicidad. Mirar, parar, mirar. Es como el bar donde aterrizo cada mañana, después de ver a Samir, caminando, en bicicleta o corriendo.
  Es un bar de polígono, con azulejos colgados con frases, con carteles, con Loterías Nacionales... Y también con inquilinos, soles y sombras, bocadillos de blancos y negros, y escandalosas máquinas que sortean dinero. Cada uno de los elementos es, en sí mismo, una brutal máquina de tortura pero todos juntos me recuerdan a los Sex Pistols: escandalosos, duros, crueles y alucinantes. Después sólo queda ponerse en el rincón del bar y cazar sus miedos y los míos con cepos de mar. Y también, leerlos entre líneas, sólo por motivos laborales.
  A veces observo a los capataces, que entran allí con sus peones, respirando... pero no sé si están hablando o sobreviviendo. Cada cazalla le pinta un cráter a la luna, cada barrejat los lleva al infierno y a las naves de enfrente. Casi siempre respetan los espacios vitales y los códigos de los caballeros de barra de bar. Sólo con mirarlos uno tiene la certeza de que son grandes científicos porque su objetivo en esta vida es que el mundo funcione mejor.
  Y son actores que huyen de las modas, que son epidemias planeadas siniestramente, con cronómetro de cuarzo, en mi bar, en sus trabajos y en los dormitorios de las parejas insomnes. Me encuentro a gusto allí.
 Y lo peor de todo: la estupidez nunca pasa de moda. Y lo digo porque hace poco entró por la puerta del bar una persona que no había nacido por aquí, vamos una persona. En ese momento un tipo de la barra le dijo "¿A ti también te gusta el café caliente, eh?" No sé si el hombre era marroquí, tunecino o senegalés, pero lo que sí que sé es que fue educado: lo miró tan fuertemente que los que estábamos allí le hubiéramos partido la cara al capullo de la barra, por solidaridad.
  En silencio, pensé que, tal vez, era el padre de Samir y que volví a plantearme mal el hecho de conocer el mundo si sólo me fijaba en lo que sabía de él. Siempre me pregunto si lo que me pasa me gusta, pero lo que yo me contesto no creo que sea nada concluyente. El próximo día me voy a pedir una cazalla y le voy a partir la cara, sin duda.

divendres, de gener 18, 2013

20 de enero de 2013

Gaspar... toma mis chupetes

Si no hubiera sido lunes no se hubiera levantado con tanta precisión y tan poca paciencia. Mientras resucitaba (dormía en un estado de quietud tan extremo que parecía estar muerta) iba planificando todo lo que le diría corpóreamente: pensaba cómo se acercaría a él, cómo ofrecería su pelo oscuro...
Visitaba la librería donde él trabajaba todos los días excepto los miércoles; con tanta pleitesía que había conseguido hacerse con un montón de libros irremplazables.
Se había enamorado de él el mismo día en que se inauguró la tienda. El comercio tenía un escaparate tan infranqueable que no había más remedio que entrar para discutir con el dueño. Le costó cuatro pasillos y medio encontrarlo, al fondo. Cuando llegó a él ya tenía en sus manos, para ella, El amor en los tiempos del cólera.
Desde ese momento fue cada día, con un estado de ánimo diferente, para confeccionar una pequeña República literaria en su propia casa, con los textos con los que se iba enamorando de él.
No se significó socialmente hasta que le ofreció El capital un día que llovía y que le habían robado el bolso en el metro. Otras veces no tenía muy claro quién quería ser e iba a fabricarse una condición con cualquier recomendación de su librero. Había días que él mismo la completaba porque la veía sin rumbo. Un de esos días le ofreció en la tienda el Pinocchio, de Winshluss, para que se subiera en su cerebro y pilotara a su propio personaje. Casi sin quererlo ese día soñó con Blancanieves y volvió a morirse, como cada noche. Otros días a ella le resultaba imprescindible guardar olores que estaban condenados a desaparecer, como el olor de La insoportable levedad del ser.
En cambio los miércoles se levantaba después de no poder reconciliar el sueño y, aunque al día siguiente se amortajaba otra vez, era los miércoles cuando se sentía imprecisa y serena. Y salía a la calle, y pasaba de largo por la tienda de libritos. Ese día siempre conocía a alguien con quien estar o a quien dejar.
Aquel miércoles conoció a un tipo que confesó ser más de hijos bastardos y que por éso le gustaban más los dichos que los refranes. Como ella se había confiscado la ilusión de enamorarse, decidió dejarlo allí colgado y correr hacia la librería.
Ya no llovía en la ciudad, como en otras ocasiones. El infame y terrible escaparate volvía a escupir a los peatones. Recordaba con precisión todos los libros que había comprado, sólo por seguir enamorándose de él. El librero la esperaba con la obra en la mano. Nunca se dijeron nada. No lo compró. Dio media vuelta. Ya estaba en el pasillo, mirando hacia la calle y, por la puerta de la tienda, pasaba la cabalgata de los Reyes Magos. En la carroza se podía ver cómo un niño que dejaba de serlo se acercaba al rey Gaspar y, totalmente desconsolado, le entregaba sus chupetes.

dimarts, de desembre 18, 2012

20 de diciembre de 2012

Ascensor de navidad

Se había muerto casi sin darse cuenta, como se mueren las flores regaladas sin amor, al fondo de los jarrones, en una esquina de la casa. Las personas que más cerca de él habían pasado los último días tampoco se habían percatado de que se apagaba, poco a poco.
Comenzó a morirse el día que se levantó lleno de vitalidad. Se duchó con agua fría, desayunó casi lo de siempre y se cruzó con la vecina de enfrente; la miró de abajo a arriba porque era la manera de no perderse ningún detalle importante, es decir, ningún detalle. Le gustaba olerla antes de mirarla y, sólo con escuchar sus tacones, podía saber si estaba alegre o estaba enfadada. Al poco rato de darse cuenta de la tragedia se fue a trabajar a su pequeña empresa de ascensores automáticos.
Sus empleados siempre le preguntaban por qué había montado la oficina en una planta baja, siendo que su vida giraba entorno a los elevadores. Aunque le preguntaran otra cosa siempre contestaba lo mismo: «la vida, en un momento, te puede cambiar, pero a lo mejor, en ningún momento te cambia la vida». Después se volvía loco apretando tuercas y pensando en inmensos edificios llenos de plantas con zaguanes, donde aterrizar, espacios donde pensarla.
Pero ese día se moría, claramente. A la hora del descanso de sus empleados él construía  un ascensor, de abajo a arriba, que explicaba cada olor, cada ruido de tacones y cada curva de su vecina. Y planificaba zaguanes de terciopelo en sus tobillos, rodillas, cintura, pechos y ojos para pensarla como se merecía. Era la hora del descanso pero fallecía... fallecía.
Retomar el trabajo no hizo otra cosa que cerciorar su inminente defunción. Todos sus trabajadores estaban engrasando, ajustando y peleando en las alturas. Él ya había cerrado dos o tres negocios en países remotos. Y, aunque era consciente de lo remoto de Anna (portal 241, piso 14, 2ª) Otto seguía negociando su verticalidad, en medio del miedo y del vértigo. Pactando cómo subirla, desde abajo hasta arriba, fue muriéndose por el camino, casi sin darse cuenta, como muere una flor dentro de un coche aparcado en su cama.
Son las 22:00. La fábrica se apaga. No sabía cómo ocuparse de las macetas del despacho. Siempre lo hacía alguien por él. Poco a poco le fueron denegando permisos para construir el ascensor que llegara hasta el corazón de Anna, de los pies a la cabeza.
Lleno de vitalidad, desechó por completo pasar parte de la vida entera con ella. La convirtió en un gorrión y, primero, la metió en una jaula (imposible).
Después apagó las luces de la empresa, abrió la jaula, cogió dulcemente al gorrión y se lo metió en la boca. Y murió casi sin darse cuenta.

dimarts, de novembre 20, 2012

20 de noviembre de 2012

Un juguete antes de navidad

Por aquel entonces lo recordaba todo completamente, así que me entristece todo lo que olvidé de ella. En medio del salón veía a los indios y a los vaqueros, finalizados, la creatividad del juego se deshacía desde el momento en que el indio, congelado, ya estaba con la postura finalizada, y el vaquero, y el caballo. Yo ya sabía que no necesitaría psicólogo de mayor si podía entender la huella que me dejaban los juguetes con los que exprimía el tiempo.

Me entristece, de ella, su tumba caliente, los pies desnudos, la boca abierta y partida; a parte de que todo aquello que no recuerdo es mucho más importante que las cuatro cosas que retengo en la memoria.

Por la mañana, en el salón, solía desplegar todo tipo de juguetes que, en sí mismos no lo eran, pero que me permitían jugar a otras muchas cosas. La desilusión de la ilusión era de las pocas expectativas que podía cumplir.

Al caer la tarde, siempre tenía en la mente desguazar el termómetro y vaciar el mercurio sobre la mesa... Ya me daba cuenta de que algunas cosas se ven perfectamente y te sirven para mucho, pero ni las puedes coger ni puedes retenerlas en ningún otro sitio que no sea el suyo.

Efectivamente, en el manual ya ponía que eras complicada pero no me pareció más difícil resolverte que montar el puzle de las provincias de España, en aquel salón, ni solucionar aquel en el que tenías que formar los seis o siete continentes.

Por la noche bajé del armario El tragabolas. Me lo habían regalado hacía tiempo pero no sabía muy bien por qué razón no lo había sacado de la caja. Me gustaba, ciertamente, y era posible jugar con otros niños, por lo que me parecía mejor todavía.

Y llegué hasta aquí, por la mentira de un tango cobarde. Ya procuro hacer poco caso a los amigos, así que hacer lo propio con los tangos me parecía lo más lógico. Soy mal arquitecto y no reconstruyo bien a las personas por lo que me hicieron o me dijeron en su día. Pero en las distancias cortas, soy terriblemente audaz.

Cuando saqué del envoltorio El tragabolas entendí claramente que me gustaba más el reflejo del edificio en las ventanas que el edificio de verdad. Sólo tocarlo me provocaba una certidumbre terrible. En ese momento no había ningún vecino en la escalera con quien jugar. Siempre quería saber qué hay dentro de las cosas, y acabé desguazando palabras. En la caja, El tragabolas... Sólo había que poner las bolas en medio... Las dejé y comencé a comer. Sólo con la primera bola que capturé se me hizo un tremendo nudo en la garganta. No me divertía lo más mínimo... Había dejado de ser un niño.

Encara queda nit. Ets la meua data de caducitat. Totes les postures que fas en el cos et deixen nua l'ànima. Sóc millor presa en meitat d'un centre comercial que en meitat de la selva.

divendres, d’octubre 19, 2012

20 de octubre de 2012


 Carta de un ciudadano, al borde de un infarto, 
a una ciudadana


Querida dama:

Ya casi no te encuentro cuando te rezo, en medio de la noche, cuando se reza la vida. He decidido escribirte sin saliva en los labios y sin ganas de olvidarte, en medio de un infarto.
Entendí que viajar solo es mucho más entretenido que tener muchos amigos...en medio de esta terrible falta de burlería cardíaca...de decencia temporal.
Ya casi no sé cuándo hemos quedado...en medio del reloj sin agujas que nos recuerda a qué hora tenemos que olvidarnos...
Mientras tanto me ahoga el nudo de tu corbata sucia y manchega; en la garganta, un nudo.
Ya, a poco que te piense un poco, te pienso poco.
Es lo que tiene escribir en medio de las paradas de corazón, en ese espacio terrible y dramático, donde la más mínima quietud te lleva, directamente, hasta el infierno.
Es cierto que me hice pasar por marinero desconsolado en las cantinas. Meridianamente cierto. También te dije que te quería, en ropa interior y desde dentro. No puedo pensar que vas a aparecer vendiendo camisas que te tejen el corazón con forma de cuadro.
Contestar a lo que me preguntas es perfecto. Ser un profesional de tu sofá en forma de ele me deja más tranquilo.
Hay que romperse todos los días, consumirse mucho a mucho, como ese cigarro que acordamos fumar y que nunca liamos...cada punto suspensivo que no escribo me aleja más de ti.
Acabo de acordarme de cómo te ríes en medio de los entierros, sobre todo si son los míos...juego al te quiero / no te quiero con los pétalos de nuestros crisantemos.
Ya casi no te entiendo... yo, que casi nunca he salido con una chica con tacones altos ni para cenar. Y después el postre, y comprender que entre el abismo entre tu boca y la mía hay un terrible terraplén donde quedarse a dormir. Escribir entre diástoles sin sístoles es el insomnio que tiene un triste descubridor de América, a punto de descubrir América.
Es una maravillosa idea morirse así, en medio de un infarto... Siempre que no se le ocurra a tu abogado ni a tu dentista: la gente que tiene dientes y corbata no deshace nudos con su boca.
Esta semana hay personas que se precipitan sobre sus miedos... Mientras tanto, mi corazón, en la hipotenusa del infarto, se abalanzaba sobre ti. La verdad, me apetece morir parándome del todo sobre todo porque creo que así todo será mucho más rápido.
Ya tenemos un par de rondas pagadas, por adelantado, en la barra del bar.


Sigo rezándote, cada dos padrenuestros punto com.

divendres, de setembre 21, 2012

20 de septiembre de 2012


Carta de un ciudadano a una dama, también ciudadana

Querida dama: 
He tenido que volver a los bares y a los gimnasios de barrio para sentirme el urbanita de tus besos, ése que siempre fui. 
En los bares casi todo el mundo huele la llegada del otoño, y se vuelven a llenar las barras de reclusos del vaso lleno, al abrigo de los cambios de horario. Cada cierto tiempo, también, los rincones. Casi todos los habitantes no sueñan con Roberts Redfors sino con rozar con sus labios los bordes de los vasos de los cubatas. Cada cual entiende su muerte a plazos como una especie de suicidio mental. Todos parecen esperar a que llegue la hora de cerrar para volver a quedarse allí, dentro, inquietos y amantes, con ganas de desear nuevos pasos del tiempo. Cada cual se refugia allí, en medio de una terrible tormenta de falta de cariño. Otros lo hacen por exceso, en medio de la retina del huracán. Yo, ahora he tomado la determinación de acompañarlos durante una temporada. De hecho, he vuelto a los bares de barrio, a todo éso, y a casi nada más. 
También volví a los gimnasios de barrio con idéntico objetivo. Donde cada mirada es una gota de sudor que viola tejidos. Es un mundo inmóvil que tiene, como último objetivo, mover mundos. Disfrazados con poca ropa, cada uno hace el amor, visualmente, con alguien terriblemente invisible. Sólo a golpe de metal, cuando se suicida una pesa contra el suelo, se oye algo sensato. Es el lugar donde todo se ve a través de los espejos, sin Alicias... casi nadie llega a mirarse realmente nunca. Efectivamente es un lugar maravilloso donde perder las llaves de casa y la mirada. Parece uno de esos sitios donde se hacen cursillos intensivos para momificar el tiempo, donde se acaricia la vida sin yemas. Aún así hay espacio para recordar que es necesario ser el urbanita de tus besos 
Volver a los bares y a los gimnasios, para sentir lo que uno siempre fue, parece un gasto innecesario... pero no lo es. Todo lo contrario. El motivo de volver, casi siempre es tripular barcas en medio de tu océano.  En los bares ya he decidido rincón donde quererte, bebida que tomar, tiempo que quedarme y cariño que derrochar. En los gimnasios tengo claro donde apartarme, en que espejos mirar para olvidarte y el horario perfecto para apuntarme a las clases de observar. 
Pero ya sabe usted que,  hacía tiempo que un silencio suyo tan breve no me entristecía tanto, que no escribía una carta en medio de un infarto. Hacía, realmente mucho tiempo que no paseaba por tu cuarto con ese paraguas blanco color luna llena, que iluminaba el lunar de la comisura de tu cuello, todos los días. 
Atentamente: 
El urbanita de tus besos 

dijous, de juliol 26, 2012

20 de julio de 2012

 
Descenso al catracho 

Cuando el viajero aluniza en Honduras deja de serlo por completo y se convierte en una pieza más de la cadena alimenticia catracha.
Si miras al cielo ves cómo la capital teje un suave jersey a la luna, por la noche, con millones de cables eléctricos. Al llegar, siempre alunizando, ves como todo al mundo se mueve y hace ruido...todos menos ella, sentada en una piedra, en medio de la ciudad.
No me creí su silencio, ni que estuviera callada, que no sonara nada en ella. No me creía que sólo se escucharan las cosas ajenas a ella, como las ramas de aquel árbol roto. Se notaba que no estaba pensando sino que procuraba no hacer ruido...no sonaba ni a despedida de tren. Desde donde la veía se podía oler a silencio puro.
Mientras tanto el resto de lunáticos proferían agudos pitidos, arrastraban la miseria, aceleraban corazones. Hasta las luces muertas de las farolas y las motos sonaban fuerte y duro. Desde donde se la veía uno no podía creerse su silencio, tan vacío de todo. Ni tampoco el de su compañero, a su lado pero como si no estuviera allí, falso como la mano que se tiende a la luna.
A veces la catracha se gira hacia él...y lo mira. Se observaba perfectamente cómo se podía oír que lo miraba. Sé que las cartas de amor no existen, por eso hay que empezar a inventarlas con grandes dosis de silencio que es, en definitiva, de lo que se alimentan los enamorados. En definitiva se la estaba escribiendo y, mientras quería convertirse en el operador turístico del viaje hacia su cuello, se podía ver que cojeaba del lado derecho del pecho; y que, inválidamente, había dejado de calzar calzado cómodo para él. Yo creo que olvidó que estaba lleno de piedras y que era más cómodo no padecer sus caminatas.
Mientras tanto, en Tegucigalpa, no se pueden comprar boletos hacia ninguna parada de autobús, incluso trae a cuenta olvidarte de las dos últimas cifras de tu teléfono. Casi siempre dan ganas de volverse hacia atrás, no con nostalgia sino dentro del orden de cosas que nos hacen tener las cosas ordenadas. Por eso, cuando se asimila la ciudad, entiendes que es más importante tener algo por lo que escribir que tener que escribir de algo.
Aquí siempre hay un lugar donde no te sientes extraño, por muy extraño que te hayas sentido hasta ese momento. Mientras tanto, por las calles desconchadas suena como un aspersor la gente excitada y se huele a maíz y a sudor, y a uno le dan ganas de balancearse en el jardín de trenzas doradas de la multitud y de reconocer en paternidad absoluta todo lo que paren.
Y llueve, por la tarde, y golpeas con los pies el suelo de barro, lo que hace que el camino, al secarse, vaya por el mismo sitio pero tenga una identidad diferente, otra huella digital. Cuando vuelvo, caminos y mentes están asfaltados.