Total de visualitzacions de pàgina:

divendres, de setembre 21, 2012

20 de septiembre de 2012


Carta de un ciudadano a una dama, también ciudadana

Querida dama: 
He tenido que volver a los bares y a los gimnasios de barrio para sentirme el urbanita de tus besos, ése que siempre fui. 
En los bares casi todo el mundo huele la llegada del otoño, y se vuelven a llenar las barras de reclusos del vaso lleno, al abrigo de los cambios de horario. Cada cierto tiempo, también, los rincones. Casi todos los habitantes no sueñan con Roberts Redfors sino con rozar con sus labios los bordes de los vasos de los cubatas. Cada cual entiende su muerte a plazos como una especie de suicidio mental. Todos parecen esperar a que llegue la hora de cerrar para volver a quedarse allí, dentro, inquietos y amantes, con ganas de desear nuevos pasos del tiempo. Cada cual se refugia allí, en medio de una terrible tormenta de falta de cariño. Otros lo hacen por exceso, en medio de la retina del huracán. Yo, ahora he tomado la determinación de acompañarlos durante una temporada. De hecho, he vuelto a los bares de barrio, a todo éso, y a casi nada más. 
También volví a los gimnasios de barrio con idéntico objetivo. Donde cada mirada es una gota de sudor que viola tejidos. Es un mundo inmóvil que tiene, como último objetivo, mover mundos. Disfrazados con poca ropa, cada uno hace el amor, visualmente, con alguien terriblemente invisible. Sólo a golpe de metal, cuando se suicida una pesa contra el suelo, se oye algo sensato. Es el lugar donde todo se ve a través de los espejos, sin Alicias... casi nadie llega a mirarse realmente nunca. Efectivamente es un lugar maravilloso donde perder las llaves de casa y la mirada. Parece uno de esos sitios donde se hacen cursillos intensivos para momificar el tiempo, donde se acaricia la vida sin yemas. Aún así hay espacio para recordar que es necesario ser el urbanita de tus besos 
Volver a los bares y a los gimnasios, para sentir lo que uno siempre fue, parece un gasto innecesario... pero no lo es. Todo lo contrario. El motivo de volver, casi siempre es tripular barcas en medio de tu océano.  En los bares ya he decidido rincón donde quererte, bebida que tomar, tiempo que quedarme y cariño que derrochar. En los gimnasios tengo claro donde apartarme, en que espejos mirar para olvidarte y el horario perfecto para apuntarme a las clases de observar. 
Pero ya sabe usted que,  hacía tiempo que un silencio suyo tan breve no me entristecía tanto, que no escribía una carta en medio de un infarto. Hacía, realmente mucho tiempo que no paseaba por tu cuarto con ese paraguas blanco color luna llena, que iluminaba el lunar de la comisura de tu cuello, todos los días. 
Atentamente: 
El urbanita de tus besos 

dijous, de juliol 26, 2012

20 de julio de 2012

 
Descenso al catracho 

Cuando el viajero aluniza en Honduras deja de serlo por completo y se convierte en una pieza más de la cadena alimenticia catracha.
Si miras al cielo ves cómo la capital teje un suave jersey a la luna, por la noche, con millones de cables eléctricos. Al llegar, siempre alunizando, ves como todo al mundo se mueve y hace ruido...todos menos ella, sentada en una piedra, en medio de la ciudad.
No me creí su silencio, ni que estuviera callada, que no sonara nada en ella. No me creía que sólo se escucharan las cosas ajenas a ella, como las ramas de aquel árbol roto. Se notaba que no estaba pensando sino que procuraba no hacer ruido...no sonaba ni a despedida de tren. Desde donde la veía se podía oler a silencio puro.
Mientras tanto el resto de lunáticos proferían agudos pitidos, arrastraban la miseria, aceleraban corazones. Hasta las luces muertas de las farolas y las motos sonaban fuerte y duro. Desde donde se la veía uno no podía creerse su silencio, tan vacío de todo. Ni tampoco el de su compañero, a su lado pero como si no estuviera allí, falso como la mano que se tiende a la luna.
A veces la catracha se gira hacia él...y lo mira. Se observaba perfectamente cómo se podía oír que lo miraba. Sé que las cartas de amor no existen, por eso hay que empezar a inventarlas con grandes dosis de silencio que es, en definitiva, de lo que se alimentan los enamorados. En definitiva se la estaba escribiendo y, mientras quería convertirse en el operador turístico del viaje hacia su cuello, se podía ver que cojeaba del lado derecho del pecho; y que, inválidamente, había dejado de calzar calzado cómodo para él. Yo creo que olvidó que estaba lleno de piedras y que era más cómodo no padecer sus caminatas.
Mientras tanto, en Tegucigalpa, no se pueden comprar boletos hacia ninguna parada de autobús, incluso trae a cuenta olvidarte de las dos últimas cifras de tu teléfono. Casi siempre dan ganas de volverse hacia atrás, no con nostalgia sino dentro del orden de cosas que nos hacen tener las cosas ordenadas. Por eso, cuando se asimila la ciudad, entiendes que es más importante tener algo por lo que escribir que tener que escribir de algo.
Aquí siempre hay un lugar donde no te sientes extraño, por muy extraño que te hayas sentido hasta ese momento. Mientras tanto, por las calles desconchadas suena como un aspersor la gente excitada y se huele a maíz y a sudor, y a uno le dan ganas de balancearse en el jardín de trenzas doradas de la multitud y de reconocer en paternidad absoluta todo lo que paren.
Y llueve, por la tarde, y golpeas con los pies el suelo de barro, lo que hace que el camino, al secarse, vaya por el mismo sitio pero tenga una identidad diferente, otra huella digital. Cuando vuelvo, caminos y mentes están asfaltados.

dimarts, de juny 19, 2012

20 de junio de 2012

Aquel vagabundo de la esquina

A las seis de la mañana aquel escuálido sujeto ocupó territorialmente aquella esquina donde, horas atrás, se pintaban besos adolescentes sabor a chicle de fresa. Nadie sabía cómo había llegado hasta allí, y les importaba mucho menos desde dónde. A él, realmente, le sudaban las manos porque eran las 6 de la mañana y sentía la necesidad territorial de permanecer en esa esquina. Se llamaba Ramón, pero por poco tiempo.

A la media hora pasaron por allí unos muchachos que venían del taller de arcilla. Le preguntaron el nombre con absoluta indiferencia y una tremenda falta de educación, ya que no iban a llamarlo de esa manera nunca más. Pronto los chavales diseccionaron su ropa, olieron su aliento y le pusieron un nombre nuevo que se encargaron de difundir, en menos de medio día, por toda la barriada.

Aquella mañana todas las persianas de los comercios orquestaban el despertar del vecindario. Olía a primavera y, si se pasaba por debajo de la habitación de Irma la Dulce, se podía ver cómo ponía suavemente periódicos en los cristales, a modo de cortina.

Los primeros que lo vieron, en aquella esquina, ya sabían su nuevo nombre (el nuevo, ya que el otro dejó de existir para siempre) y se dirigían a él con cierta cordialidad. Aunque él todavía no había hablado con nadie, quedaba suficientemente claro su estado civil, si le gustaban las fresas con nata o si se había enamorado alguna vez. El nuevo sujeto, realmente, siempre quiso mantener una relación territorial con la esquina. Cada hora que pasaba dejaba de llamarse Ramón un poco más.

A mediodía, los tenderos recogían el mercado por las calles preñadas de gente con más prisa que alma. Hubiera hecho falta más de tres días para secundar allí una huelga a favor de las vivencias perdidas. A nuestro nuevo vecino le seguía manteniendo allí una cuestión netamente física. Algunos de los que iban cerrando los comercios le invitaban a probar sus productos. Cada uno lo consideraba de una manera, hasta el punto en que todos acabaron reconociendo que no tenía ningún derecho a sentirse persona.

Olía a atardecer, en medio de los banquitos del parque. Los jóvenes pusieron dinero y entre todos le compraron un reloj digital. Quisieron despojarlo hasta de su tiempo. Incluso le impidieron moverse mucho más allá de la esquina, con lo que no le quedó más remedio que reconocer su nuevo nombre. Por todos estos nuevos acontecimientos fue olvidando su talla de pantalón y el número de su calzado. Los vecinos le construyeron un universo propio de medidas donde antes estaba el suyo.

Iba cayendo definitivamente el día. Los vecinos le dieron de cenar mientras él iba extrañándose más y más de sí mismo. En medio de la noche las prostitutas y los dueños de las casas de apuestas ocuparon todas las esquinas, incluso la suya. Él, que había llegado hasta allí, con la necesidad territorial de ver cómo se le secaban las manos.

Poco a poco se fueron haciendo, otra vez, las malditas seis de la mañana. Al fondo de la esquina, se escuchaba, como una letanía, Ramón, de Antonio Orozco.

dijous, de maig 17, 2012

19 de mayo de 2012


Ahora entiendo qué quiere decir ‘antes’


Antes recorría aquella senda como el borracho se llena de vida, de bar en bar, por las calles de la apagada ciudad. El caminito bajaba de la Calle Larga hasta el río, y allí se cortaba con el amarillo de la era, el verde del pinar, el azul del cielo. A poco que lo pensara podía bajar hasta la vena de agua con los ojos cerrados y el corazón abierto.
Ahora tenía miedo de mancharse, y por eso miraba mucho el suelo. La muerte le había invitado aquella tarde al pueblo pero sólo era capaz de acordarse de lo que había vivido.
Antes, años atrás, sabía dónde estaba cada piedra, pero nunca las había visto detenidamente, como ahora...ni se había fijado en su color, ni en su forma. En otros tiempos había llegado hasta allí en autobús, peregrinando durante todo un día, y con el recuerdo de su padre cantándole el orden de los pueblos que desembocaban en este.
Ahora, mientras bajaba la senda, oía el río calmado. Y no le excitaba por estar preñado de truchas, ni por comprobar la frialdad del agua: ahora le inquietaba su murmullo tierno, su fluir sincero. En definitiva, le importaba cómo orquestaba la calma de la chopera.
Antes, atropellaba a su sombra sin percibir los gritos de nadie, escuchándose la respiración. Tenía tanto miedo contenido que se mojaba las manos en el agua y dejaba que le cortara la piel, que la dejara morada. Le parecía una magnífica banda sonora de su vida.
Ahora bajaba hacia el río, agarrado a lo que recodaba y acompañado por lo que había olvidado. Llevaba  los bolsillos llenos de relojes de bolsillo. Había llegado hasta allí con un presupuesto temporal triste e iba a consumirlo  todo al lado del río.
Antes, en cambio, descendía a la arboleda sin pasamanos y llenaba de piedras de colores los bolsillos, que es donde un chico de esa edad tiene la inteligencia. A penas le importaba el paso del tiempo, completamente imperceptible. Las horas eran columpios con estrellas en medio del mar de dudas del camino a la chopera.
Ahora se había sentado en un lugar pensado, para pensar por qué era allí donde se había sentado. En cambio de chico, siempre corriendo detrás de El Goyo, no hacía mas que pincharse el culo con la aguja del pajar.
Ahora parecía oír a las ovejas bajar de los pastos de los Montes Universales hacia el pueblo. Parecía oler perpetuamente a leña recién cortada, y también le parecía estar escuchando discutir dulcemente, a Manolo y a Felisa, sobre la altura del pantalón y la posición de la correa,...o sobre otras cosas mucho menos importantes.
Ahora se fue oliendo a chorizo de orza y a leche de cabra, con un beso de enorme agradecimiento en el pecho, que es donde ESE chico de ESTA edad tiene AHORA la inteligencia.

dijous, d’abril 19, 2012

20 d'abril del 90...de2012


La muerte de una tortuga
No hay nada más letárgico que la muerte de una tortuga. Desde los besos de las olas hasta sus pies desnudos había poco espacio de tiempo. Recordó que su madre, Carmen, lo cogió nada más nacer y ya podía diferenciar el olor de tres tipos diferentes de aguas saladas. Lloró tanto aquel 17 de julio que los primeros sorbos de agua que bebió ya fueron salados.
Todo eso recordaba mientras veía que la tortuga, despacio, se iba apagando.
De niño sólo se orientaba en función del mar y, si se alejaba mucho, perseguía las coordenadas con la nariz, buscando con precisión las corrientes de aire por entre las callejuelas. Ya pasaba más tiempo dentro que fuera del agua, así que dejó de comprarse ropa al tiempo que se le hacía más gruesa e insensible la piel. A penas volvía a casa mientras se pintaba de sol la cara, la espalda y el corazón. Y dejó de jugar con los otros muchachos del barrio.
También recordó, mientras la tortuga agonizaba lentamente, sus primeros besos adolescentes, marítimos. Mientras ella se ahogaba en el fondo de sus ojos azules, él la besaba como un suave rumor y la dormía con la lengua mojada, y la llenaba de vida, y la despeinaba tímidamente. Nunca desaprovechó ni un sólo instante de aquella boca.
Y seguía allí, viendo cómo el mar mordía la orilla, y cómo el tiempo se desperezaba antes de matar a la tortuga. Y pensó en su juventud, cuando confirmó que el tiempo había sido una invención del hombre. Siguió en aquella época coleccionando mares en botellas con barcos, y besando con indescifrable amor, a aquellas damas nocturnas...navegándolas.
Aquella tortuga estaba a punto de caer rendida a sus pies y las olas ya habían derretido la distancia entre la arena y el mar. Se había imaginado tanto ese momento que podía haberlo escrito tal y como pasó, hace muchos años. La verdad es que había encontrado mil lugares donde naufragar, ya de mayor; y reventarse contra las rocas para dejarse sabotear terriblemente, como en La posada Jamaica. Sólo intentó una vez alejarse de la playa y tuvo fiebre durante una luna llena y media. Al despertar había perdido varios quilos, un par de años y el reloj de bolsillo de su abuelo.
Ahora observaba a la tortuga, medio muerta, sobre la arena. Acarició su caparazón y se desnudó del todo. Había dejado de soplar la brisa y la vida de la tortuga. Se acercó al mar y, al verse los tobillos abrazados por el océano, respiró agua fresca. Caminaba despacio hacia el fondo, como había aprendido de la muerte de aquella tortuga. Mientras el agua le iba abrazando con salada dulzura, se había dado cuenta de que todo ese ciclo en el que la tortuga había estado muriéndose le había enseñado que el tiempo era una invención de los hombres. Y de que sí había algo más letárgico que la muerte de una tortuga.

dimarts, de març 13, 2012

17 de marzo de 2012

El banco de Los tres cerditos

Fue al salir del bar, cerca del cauce, cuando oí decirle al compañero de banco, «es ahora, cuando todos pierden la casa, cuando yo empiezo a disfrutar de la mía...no ves, ¡hace solecito!» Los tres hombres se habían leído el cuento de los cerditos y al final no les quedó más remedio que hacerse las casas de cartón. Fruto del desencuentro amoroso, parecían tomar el sol y mendigaban. Creo que eran muy devotos ya que pedían euros para convertir su sangre en vino: su fe en la incredulidad lo hacía posible.

«Qué contrariedad» - le comentaba el cerdito de la derecha - «Menos mal que sabemos el final del cuento»

Sin las gafas de lejos se veía claramente que a los tres les faltaban gran parte de los dientes, porque habían mordido la vida, que es de hierro, y siempre se pierde lo del medio. Creo que en ese momento comprendí que de pequeño me incitaran a tomar siempre mis propias decisiones, a casi cualquier precio. A aquellos tres compañeros de banco de caja de cartón no les quedaban ni incisivos ni caninos. Su cerebro había dado orden de mantener en la boca únicamente aquellos dientes que sirvieran para machacar, sin más...trabajo duro, de cantera. Más tarde ellos decidieron hacer lo mismo que sus dientes: se quitaron del medio, se echaron a un lado de la boca del mundo.

Como decía, fue al salir del bar y tuve suerte de escucharlos porque metabólicamente hablando no nos habíamos entendido en los últimos meses. De día tenían una cierta tendencia a aletargarse; de noche era yo el que pasaba como un indigente, sin verlos. Y lo más extraño: las veces que los veía de pie me parecían menos vivos que cuando me los encontraba tumbados, inertes. Incluso habíamos aprendido a reconocernos a horas intempestivas. En cambio nos desobedecíamos, nos ignorábamos con la multitud del día y de los besos de las mamás de parque de cinco y cuarto de la tarde.

Y aquel día, al salir del bar, el día que empezaban a disfrutar de sus casas de cartón, escuché al del centro contar que era músico, pero que ahora se encontraba confuso, como aquel trabajo en el que tenía que destruir copias defectuosas de vinilos, «Muchachos...oing...aquel día destrocé dos mil discos del Led Zeppelin II» Los otros dos compañeros de parque, de cuento y de mella dental lo miraron como si estuviera vivo, aunque a ellos también les parecía mucho más vital cuando estaba tumbado que cuando permanecía de pie.

Aquel día que salía del bar reconocí que uno se puede fumar un cigarro como si estuviera comiéndose un enorme filete de carne...y la temperatura bajaba mientras subía su capacidad de especular en la vida...construyendo casas de cartón en los bancos de los bulevares de las avenidas...como un banquero sin sueños...que es una magnífica definición de la palabra banquero.

divendres, de febrer 17, 2012

17 de febrero de 2012

El ladrón de sueños



Recorría las mañanas explorando parques, muy temprano. Allí, se sentaba en cualquier banco y miraba, olía, escudriñaba marcas de sábanas en la frente, párpados derrotados...en definitiva, era un terco cazador de gente medio dormida.
Aquella misma mañana se iba a retirar del negocio: le suponía demasiadas satisfacciones personales para el poco tiempo que le dedicaba, y éso había acabado por aburrirle tremendamente.
El oficio lo heredó de su padre, que a su vez no lo había heredado de su padre, sino que se lo había robado a un comerciante de colchones de lana.
Iba a dejar el negocio definitivamente. Así que decidió seleccionar bien a su «última persona»: con cierto asombro la reconoció de repente. Era aquella chica a la que le dijo que saltaría las lunas del mes de julio de su boca, en medio de la corriente del río. La muchacha venía desde el fondo del caminito del parque, y le quedaba para llegar a donde él estaba los mismo pasos que el ladrón de sueños recorrió el día que aguantó hasta el final para no darse la vuelta y volver a verla por última vez. En aquella penúltima despedida hubo pocos motivos para olvidarla, aunque los recordaba todos, perfectamente, y en orden de importancia. Cuando la chica llegó hasta donde él estaba tenía una marca de sábana en la cara.

* * * *
Para ella, aquella fue la primera noche de la que se levantaba después de soñar. Leyó cuentos infantiles de pequeña y en el instituto le dijeron que los poetas soñaban despiertos...pero nunca antes había soñado. De hecho la habían abandonado tantas veces a ella como al contrario, por ser demasiado pragmática. Se había levantado, ese mismo día, para dedicar todo el tiempo del mundo a pasear su sueño, una vez despierta, por toda la ciudad. Se vistió cromáticamente, decidiendo cada una de las prendas en función del paraíso del que se había despertado. Incluso calculó las veces que la mirarían y quién lo haría, para decidir su impacto visual. Era tan consciente de que lo que había soñado sería percibido por la gente que estaba despierta, que se maquilló los pantalones, la camisa y la cara. Caminó hacia el fondo del caminito cuando, con cierto asombro, lo reconoció. Era aquel chico que la desnudó sin bajarle ninguna cremallera, dejándola en medio de la noche, enferma de dolores ambientales. Se echó la mano, enseguida, al bolsillo donde guardaba el corazón: le habían robado

* * * *
Él la paró y cerraron los ojos para besarse hasta verse profundamente. No hizo falta robar nada, ya que ella le dio un beso imposible y a él nunca le resultaría imposible darle un beso. Abrió la mano y le devolvió la cartera, despiertos...

dissabte, de gener 21, 2012

20 de enero de 2012

El abrazo del infame sujeto


Se dio cuenta de que no se percataba de los pequeños detalles de las cosas de la vida casi sin darse cuenta.
Fue una mañana o una tarde de cualquier día de abril, en cualquier parte pero delante de sus ojos. Los vio girarse, por primera vez, de color negro ceniza. Se asustó porque era la primera vez que veía de verdad algo con precisión, y desde su diminuto tamaño le pareció algo muy grande de comprender. Casi que en ese momento se dio cuenta de que Bruce Lee gana en todas las películas excepto en la que muere.
Pronto se convirtió en aquel ser despreciable que ondearía por el barrio a merced del viento del norte. Manoseaba con sus ojos los rincones de las cazadoras, olía los besos de los adolescentes en los bancos de los parques; escudriñaba (había dejado de mirar)
A ella la conoció mucho después de terminar de contar los melanomas de su perro. Más concretamente fue entre el alquiler de aquellos prismáticos de ver de cerca y la adquisición del soldador de precisión. Cuando la vio por primera vez ya la había visto muchas otras veces.
La gente del barrio contaba que aquel ser infame la cortejó uno de los tres días en los que no salen a la venta los periódicos, aunque las putas siguen trabajando y saliendo en los diarios. Otros, al preguntar por la extraña pareja, giraban la cara sin querer ni saber contestar.
En todo caso, la muchacha ya había sido cortejada por el mar así que de nada le sirvió al ser detestable llenarla de sal por las noches.
Lo vecinos de las manzanas colindantes afirmaban que se conocieron mientras ella paseaba, destilando silencio, como una gran ave en la ingravidez del precipicio. Justo antes de que cayera desplomada, el detestable sujeto la alcanzó. Todos lo vieron todo, incluso quisieron avisarla de que su rescatador merecía una de la peores muertes conocidas.
El único habitante del barrio que quiso dar su nombre me dijo que tuvo que sentarse a contemplar la escena: «yo lo vi todo. Su vestido blanco, las lágrimas sobre la piel (también las vi) el abrazo de ése ser lamentable. Calculé que le quedaban, todavía, doscientos cuarenta abrazos como ése para entender la vida un poco —dijo el viejo— A la izquierda estaba el campanario iluminado. Tuve que sentarme en el banco reservado a los jóvenes enamorados para no parecer un mirón. Después del abrazo yo estaba más tranquilo también. La besó: nunca merecerá otros besos más perfectos en su abrazo que aquellos.Incluso pensé en levantarme y felicitarla. No me moví de allí durante horas. Todos lo sabían —comentó el ciudadano— iba a desmontarla poco a poco hasta convertirla en un montón de piezas sin sentido.»
Murieron de jóvenes, dejando de tener miedo a todo y olvidaron sus nombres junto al número de la Seguridad Social.

diumenge, de desembre 18, 2011

Siempre en Navidad


No tenía ni fuerzas ni bicicleta para alejarse de ella. Y éso que era Navidad, y nunca había pasado la navidad sin bicicleta ni gasolina en el pecho.
Recordaba que, por estas fechas, su madre le tejía enormes jerséis de ochos de lana; «hijo mío» - le decía - «eres tan sensible que así no puedes salir a la calle». Y pasaba las horas multiplicando tablas de lana del ocho en abrigos, cazadoras o chubasqueros. Luego casi siempre le daba calor y se las quitaba...en ese momento los muchachos de la calle acababan pegándole porque lloraba recordando a Fermina Daza.
En navidad, también conmemoraba el frío del aire en los coches de choque...y aquella tienda en la que colgaba, al fondo del pasillo, el cuadro de un hombre que le estaba dando un beso a una mujer, totalmente desvalida. En aquel entonces la nariz se le endurecía al abrigo del olor de los chicles de fresa y soñaba con Priscilas, reinas de los desiertos...ésas que empezaban a subir la temperatura de los cuerpos.
Era en navidad y no en ningún otro momento, cuando mecanografiaba su nombre por las noches, con la máquina sobre las rodillas, en equilibrio perfecto. Así, de alguna manera la tenía impresa y con aroma a cinta de Olivetti. Le escribía versos desplegando los palos de los Chupa chups, visitaba sus buzones, escondía piedras que habían tocado sus zapatos.
Le dijeron que en navidad el oscuro cielo blanco de los bares, en Tokyo, se llenaba de ternura; y que en cada mesa alguien abandonaba mensajes inenarrables; y abrazaba la hojarasca para comprobar que los árboles, a pesar de ello, no habían muerto. También le comentaron que en navidad las ventanas de los pisos son mapamundis, tatuajes, y si te acuestas por la noche a la gente le sobra mucha más cama que cordura.
En navidad hacía mapas: de dónde iba o hacia dónde venía, sin importarle el orden de los factores. Registraba planos de la casa de sus tíos, de sus ojos...¡tenía tanto miedo a perderse! Pronto desarrolló una tremenda capacidad de orientarse, sobre todo en los supermercados y en los grandes almacenes. Ésto le ayudó a hacer lo propio con los corazones de la gente que quería.
Y llegó, otra vez, la navidad, y con ella dejó su oficio de costurero para buscar mejor fortuna en el difícil arte de morder lunas crecientes. No le iba mal del todo cuando se interesó, nuevamente, por aquel cuadro en el que Klimt amaba incuestionablemente a una mujer que tenía los ojos cerrados y la voluntad empeñada en aquella casa de empeños de la esquina. La tienda ya no estaba allí. En su lugar habían construido una sucursal bancaria y, al lado, una escuela de doma de cebras polares. Su sonrisa desertó del campo de concentración en el que se había convertido su cara, quedándose, nuevamente, sin fuerzas y sin bicicleta para alejarse de ella.

dijous, de novembre 17, 2011

18 de noviembre de 2011

El chico inconcluso


Al poco de darse cuenta de que adulterando las cosas las llenaba de una nueva energía inexistente hasta ese momento, se echó a llorar como un niño de menos de seis años.
Empezó, por puro inconformismo controlado, a ampliar los contenidos de sus libros de la escuela cotejándolos con amigos y conocidos de otros países, de otros lugares. Por ejemplo, un día se paró en la lección que explicaba el verde incluyendo las acepciones de ese mismo color en Oriente Medio...y así obsesivamente, sucesivamente...
A menudo, sus compañeros se le acercaban para no aburrirse en sus pupitres e incluso algunos profesores dejaban de utilizar sus libros de texto para sumergirse en la libertad de los de él.
El criterio para ampliar la información era, siempre, vecino de la curiosidad: nunca rechazaba nada que no le produjera ese estado de nerviosismo que provoca querer saber las cosas que te muerden el alma, que te completan. Tampoco rechazaba ninguna disciplina en concreto puesto que su indiferencia por lo preestablecido le hacía preocuparse por cualquier otra cosa que no lo fuera.
Así, tropezando con la vida, llegó hasta la literatura, que es como se llega cuando quieres hospitalizar los besos que han pretendido suicidarte. Como estaba relleno de cariño no tuvo tiempo de darse cuenta de que al segundo libro que leyó ya le había añadido cosas: algunos recortes de prensa que hablaban del autor, unas gotas de perfume que le recordaban a alguien que aparecía en la página 59, el rastro de la tinta de aquel verso que quiso tachar, el cerco salado de sus ojos, allí...
A aquellos versos, sin capitán, se le sumaron otros libros con Macondos y romances gitanos; y Nueva York, partida en tres. A todos les iba arañando personalidad, hipotecando parte de su tiempo en secundarlos, participando de su destrucción, muchas veces en medio de la noche. A todos esos libros les fue cortejando la amargura de sus mentiras, hasta que llegaba a las verdades que decía y, en ese momento, siempre encontraba una excusa para participar en el texto. Tantas eran las referencias que iba añadiendo que muchas veces tenía que volver a leer el libro, esta vez, otro, nuevo.
Murió como mueren los libros leídos sin el corazón en la mano. A su entierro acabaron viniendo casi todas las personas anónimas de la ciudad: el panadero, el que pasa con el camión de la basura, de noche. lucero; el indigente del parque inerte, la madre que cruza con su hija por la acera de enfrente cuando yo cruzo por la otra; el taxista que espera, como la luna menguante, a completarse antes de que llegue la primavera...
En cierto modo, eran las únicas personas que tenían que aparecer en su entierro para, definitivamente, completarlo.

dijous, d’octubre 20, 2011

20 de octubre de 2011

La joven del fondo del pasillo


Había decidido invertir los ahorros de su familia y parte de las herencias de sus antepasados a amar sin concesiones. Incluso se rumoreaba por la zona que este nuevo orden de cosas le estaba llevando a la ruina, afectando, definitivamente, a parte de su futura descendencia.
Para ello trazó un plan que nació el mismo día en el que vio a Teresita. Siempre permanecía allá, al fondo de la casa, en el rincón del cuarto, con la falda dos centímetros por debajo de la rodilla. La chica parecía hipotecarse con una dulce sonrisa a modo de trompeta de sueños, y se la veía siempre orientada hacia el sur, bajando a golpes escaleras de escalones y medio.
Sí, lo cierto es que, desde la entradita, forrada de recuerdos de boda con marcos de plata, hasta la estancia donde estaba la joven, sólo había una cajita de música austriaca, en la que una princesa bailaba a media noche con la tapa cerrada.
El chico decidió que para resolver a la joven sólo necesitaba, como decíamos, dedicar todo lo terrenal a conseguir dibujar un boceto de su alma. Pero casi ninguno de sus amigos quisieron ayudarle y, los dos o tres que lo intentaron, perdieron el dinero y la paciencia (en ese orden) a las terceras de cambio.
Rápidamente y antes de que aquella chica abandonara el rincón del fondo de la casa, decidió generar una técnica amatoria propia: genuina, en medio de la noche. Pasaba las horas esbozando sonrisas en los espejos, gestionando planes para atacar labios, fabricar besos incontestables, gestos que hacen enrocarse a los miedos y que derrumban corazones, y que escupen pecados...
Muchas noches se despertaba en medio de la nada y era entonces cuando más ferozmente se le ocurrían las ideas. A poco que se iba gastando el presupuesto para amar sin concesiones se daba cuenta de que necesitaba ese estado nocturno de inconsciencia para darle sentido a su trabajo. De hecho sus certezas morían por el día, florecían por la noche.
Aquel día, ése en el que se levantó más pronto de lo habitual, se miró al espejo y no se reconoció. Sobre los labios se le encajó una especie de peso ligero, lleno de una espesa nube dorada de tranquilidad. Ya se había prometido no ponerse nervioso, si llegaba el momento, pero no tuvo más remedio que sentarse a esperar que la vida le diera dos respiros.
Mientras, poco a poco, se acercó al fondo de la casa, dejando atrás el relucir de los marcos de plata de las bodas de los demás.
Antes de llegar a la habitación se paró frente a la cajita de música austriaca y la destapó.
Y siguió, ya sin presupuesto, pero con la extraña sensación de querer subirle la falda sobre la rodilla.
Tuvo que olvidar su nombre por completo antes de besarla, hasta que dejara de respirar...
Estaba todavía allí.

dimecres, de setembre 21, 2011

20 de septiembre de 2011

La importancia de ser un dálmata

Ya creo haberme acostumbrado, como la soga al cuello del ahorcado, a tus besos desesperados. Lo creo firmemente porque ayer, de nuevo, me salió otro lunar detrás de la espalda.
Yo que siempre fui un tipo de costumbre, no logro contener mis ganas de suicidarme intelectualmente cuando me salen nuevas manchas. Padezco esa extraña enfermedad desde pequeño y no creo que me deshaga de ella hasta dentro de dos semanas.
Me salió por la mañana, que es cuando aterrizan los besos, las caricias, las ideas...Claramente surgió por aquella paliza mental que le propiné a aquel amigo (que milagrosamente continua siendo mi amigo) A veces resulta difícil encontrar un claro en medio de tanto lunático lunar.
Y logro acostumbrarme, a tus besos desesperados, por puro mimetismo social; y lo consigo porque anteayer descubrí el octogésimo octavo lunar que me creció, delante del pecho. Casi no recuerdo el motivo porque se casó con un primo lejano de mi prima Olvido. Casi seguro que maté con la mirada a aquel tipo que sólo se diferenciaba de mí en que no era yo.
Y consigo recordar los nudos marineros de los cuadros de las casas con armarios roperos a costa de acostumbrarme a tus besos. Y lo logro porque antes de anteayer, en medio de la ducha , de madrugada, fui consciente de mi nuevo lunar. Esta vez, debajo de la planta del pie. En ese momento me sentí como uno de los hipopótamos de Pablo Escobar. Ser consciente de que la vida te reprime pintándote pecas en el cuerpo creo que sólo es entendible desde el punto de vista de un hipopótamo colombiano. En mi favor quiero decir que creo que sí sé por qué me salió: por no salir a pintar un beso en esa pinacoteca subvencionada en medio de mi pecho, que es tu lengua.
Hoy, claramente, encima de la base de la cabeza, me he habituado a esperar tus besos desesperados. Y lo he hecho únicamente por mí. Y por los dálmatas, que nacen sin manchas en la piel y van recuperando su verdadero aspecto a la vez que pierden la inocencia y los años de vida. Sin saber demasiado de perros, ni de manchas, ni de las cosas que se nos dan de nacimiento, reconozco haber desarrollado una tremenda sensibilidad por las huellas que va dejando la vida en la piel. También de cómo se oscurece la corteza cuando empiezan a llover lunares por las mañanas en tu piel. y sobre todo piensas que, aquello que te hace único, forma parte de las cosas que te manchan la dermis. Por eso creo haber ladrado más de una vez, mordido la mano que me ha dado de comer, y también recuerdo haber movido la cola detrás tuyo, por la calle hasta la esquina de las casas sin aristas.
Ya creo haberme acostumbrado, como la soga al cuello del ahorcado, a tus besos inesperados.

dissabte, de juliol 16, 2011

20 de julio de 2011

El final del mundo

Hubo un momento en el que sólo escuchaba yo a aquel tipo. Se desplazaba por la mediana prediciendo el fin del mundo y daba la sensación de que este hecho le parecía poco; era como si después de que todo acabara tuviera que pasar alguna cosa más. A veces, a las ciudades se les vienen encima las noches: este era uno de esos días.
Del otro lado de la acera se olía el ocaso de las nubes en su boca, abierta a cal y canto. Casi nunca me interesó el fin del mundo, pero a esas horas ya no tenía nada mejor que hacer.
Yo creo que aquel tipo caminaba porque había dejado de dar besos en la boca y prefería que reventara el planeta a irse a casa tan pronto.
Hasta ese momento no me había interesado el nombre de la calle: en Colombia se entiende el anonimato de los portales, se comparte el poco protagonismo de las calles, sin nombre, vocacionalmente numéricas.
Para entender mejor su discurso apocalíptico tuve que entretenerme con sus piezas y caminar, como decía antes, como si aprendiera otra vez a besar en la boca. Así que borré de sus manos el cartón de vino y le dibujé una botella de champán. Luego lo urbanicé del todo. Hasta que no pasaron un par de semanas no entendía el estado de las cosas de aquí: es la rotura de la linealidad. Muchas veces me sorprendía, mirándome la palma de la mano y descubría en ella el dibujo exacto, el callejero en el que orientarme hacia donde quería ir: a la Troja, o a ese bar oscuro, el amasijo de cemento que me habían recomendado ver,...ese desorden colectivo, esos bocados en las aceras, esa mella que desgasta la vida y el asfalto, han conseguido que me interesara el fin del mundo, muy cerquita de la Calle de los músicos...
Y efectivamente, pensé que hasta el final de nuestros días tienen identidad nacional y que sólo los supermercados y las tiendas de novias de tergal mantienen esa estética denigrante en los paisajes urbanos: cuanto más te escuchaba, mucho más mar aéreo me parecía mi estancia en ese pedacito de tierra.
Había quedado, después, con Dani a tomar unas cervezas y me había dejado de interesar el final del mundo, porque era ‘juerves’. Una vez dentro del bar, apareció en la televisión Europe, y sonaban los acordes de The final countdown. Dani me miró y me dijo, con una sonrisa de odio y enfundado en su camiseta de AC/DC, «Fernando, esto es auténtico rock de peluquería...» Pasaron varias cervezas y media hasta que me di cuenta de que uno de los sitios donde quiero pasar el final de la humanidad es Barranquilla.
Volví para comprobar que seguías intentando informarnos del final de la historia del hombre, dado que al final de la mía parece que le quedan algunos capítulos más, y algunos menos. Gracias.

dijous, de juny 16, 2011

17 de junio de 2011

El sol de aquella tarde

Aquella tarde, de repente, volvió a erizársele el pelo con la música de aquel grupo que había estado odiando en los últimos años. Fue directo a la cocina y, de pronto, se sintió un poco suicida metódico: quiso comprobar si había perdido la intolerancia a la lactosa, el odio a la cebolla recién cortada o el olor a ajo entre los dedos de las manos. Y lo hacía porque, hace tiempo, todas esas cosas le fascinaban, le hacían tremendamente feliz.
Pero llevaba años sin necesitar el olor de la tierra mojada, dos veces por semana; o la sensación de estar metido en la cocina, oliendo hortalizas y besos de amantes sólo con delantal...Durante mucho tiempo estuvo así, tristemente, sin soportar la lactosa, odiando las cebollas y vomitando con el olor a ajo entre los dedos.
Aquella tarde estaba oscureciendo muy deprisa, que es cuando a él le parecía todo más parido. En su imprudente y metódico plan volvió a recorrer las calles que había dejado de visitar por odio, reproches, por no conocerse lo suficiente. De hecho, muchas veces se había planteado cambiar de ciudad porque había restringido tanto su radio de movimiento por ese motivo que siempre terminaba realizando el mismo recorrido. Volvió a aquel bar, comió en ese restaurante, contempló aquel mar de juncos y tierra...de tal manera irrumpieron otra vez todos esos lugares que al final le resultaba difícil no perderse en la ciudad, que se había hecho enorme.
Aquella tarde volvió a escribirla, que era la única manera de tenerla cerca. Reconocía que la había convertido en literatura para no verla. Ya empezaba a tener miedo de tornar a su estado anterior de odio a las hortalizas y a la lactosa, a su estado anterior al de aquella tarde, cuando se emocionó escuchando a aquel grupo. No quería volver, bajo ningún concepto a reírse, cuando reírse es lo mismo que entrar en casa de alguien y no pasar del recibidor.
Aquella tarde, en medio de la noche, recordó el olor de su nuca. Completó su cara ya que su corazón era un puzle que no quiso nunca finalizar. También recordó que le gustaba pasear cuando llovía y que las tardes, en medio de los collados, revientan los besos robados a los ángeles por los portales.
Aquella tarde, por toda la casa se podía reconocer el olor a húmeda cebolla, a cuajada fresca; y besándose los dedos pulgar y corazón, se percibía un delicadísimo ambiente a ajo por todas las habitaciones. Le dieron unas terribles ganas de bailar al son de aquel grupo, recién odiado, recién querido.
Aquella tarde, casi queriéndolo, volvió a recordar el número exacto de pecas de su espalda. Durante mucho tiempo fue el astrólogo oficial de su dorso y, mientras dormía, jugaba a construir constelaciones con sus lunares en medio de esa infinita galaxia...

divendres, de maig 20, 2011

20 de mayo de 2011

De izquierda a derecha


No se giró hacia la derecha pero ahí estaba ella. No le hacía falta saber que estaba allí porque olía su perfume cinco segundos antes de que sonaran las patas metálicas del taburete, mientras se sentaba, dulcemente. Cuando entraba era como un golpe de aire fresco. Se dejaba caer sobre la barra y, minuciosamente, besaba el gin-tonic en la boca. Era el momento que aprovechaba para girarse, este vez sí, hacia la derecha. Tenía dos segundos antes de que el cubata se desmayara de placer; sin lugar a dudas era el animal más bello en zonas azules a la redonda.
Iba hasta allí sólo por probabilidad: le encantaba que todo fuera siempre igual y disfrutaba comprobándolo al caer el sol. Se estremecía con la frecuencia de sus gins, exacta y tierna . También con los primeros dos botones de cualquiera de sus blusas, perpetuamente desabrochados. Incluso la distancia entre su sombra y la puerta, preciosa.
Curiosamente ya no tenía más oportunidades de girarse en toda la noche, puesto que ella practicaba una cierta tendencia a dejarse caer, sobre la barra, hacia él, pero sin mirarlo. Aún así, él percibía que ella parecía levitar porque aunque estaba sentada, no movía ninguna parte de su cuerpo y no se oía el crujir de las patas de los taburetes, en ningún momento. Finalmente ella se levantaba, mirando si las gafas tenían un poco de polvo (éso lo imaginaba porque la oía soplar y conocía todos sus sonidos, perfectamente) Con un golpe de cremallera de bolso le avisó de su partida: mientras se alejaba del taburete, le dedicó un concierto acústico con los tacones que acunaban sus noches, interminablemente.



No se giró a la izquierda, pero allí estaba él. No le hacía falta saber que estaba allí porque se sentía tan sola que la propia probabilidad no podía ser tan cruel con ella. Cuando se preparaba para salir de casa, lo hacía calculando los gustos de él, de manera completamente paranormal. Se ponía una blusa y se desabrochaba los dos primeros botones porque creía que a él le gustaría. Después, se perfumaba de tal manera que se le podría oír llegar a cualquier sitio, al menos, cinco segundos antes de sentarse. Por último pediría un gin-tonic. Básicamente necesitaba sentirse acompañada pero no quería nada más. Por lo tanto no le debía dar ninguna oportunidad para girarse (o sólo una, y así que viera los besos que le quedaban por dar, mientras bebía el primer sorbo de su cubata) Era feliz a su lado, en la hipotenusa que trazaba la barra con la puerta. Era, probablemente, la dama más feliz en muchas zonas azules a la redonda. Cuando la noche se moría, soplaba por encima de las gafas, tiernamente, y cerraba el bolso,...Se levantaba del taburete y caminaba, mientras su culo besaba el suelo con los tacones, hasta el punto que creía que así sonaba una bella melodía de desencuentro, para él.

dimecres, d’abril 20, 2011

20 de abril de 2011

Entre una punta y el resto de la lanza


Fue en medio de una gran cantidad de personas malheridas de amor. Una de esas noches que acaban de día, de esas que se convierten en aquellas en pocos minutos. No le asustó darse cuenta, ni se lo contó al cuadro de Gustav, con el que tenía serias conversaciones al pie de la cama.
En definitiva, lo que le pasaba, era que no conseguía ver las cosas en conjunto y se tenía que conformar con los pequeños detalles. Cuando acariciaba la mano de su chica no atinaba a reconstruirla más allá del hombro, por lo que siempre le parecía estar tocando la misma minúscula porción de piel. Incluso cuando la besaba, la miraba con deseo pero no veía nada más por encima de la nariz.
Poco a poco fue reduciendo su percepción de lo colectivo, hasta el punto de que era capaz de estar en medio de una manifestación y relajarse profundamente. De hecho, no había causa perdida a la que no se apuntara para quedarse en el centro de esa nada que a veces reúne a miles de personas... y dormir durante unas horas.
El asunto pronto se extendió a su percepción musical: amigo de las bandas sonoras, esas que explicaban toda una película, tuvo que conformarse con los armónicos de los jaleos y las bamberas. También olvidó la música clásica y el jazz, porque no podía morirse con Chopin ni ver a Vivaldi plantar las flores en primavera.
Fue, como decía al principio, ese día en que por aquel lugar paseaban miles de personas malheridas de amor. Se dio cuenta inmediatamente, cuando chocó contra parte de su cuello. La golpeó con su mentón y supo que la amaría para siempre. Olía a rock y a beso infantil. La chica levantó la mirada y, de entre todas las personas, milagrosamente, sólo le vio a él. A ella le gustaban los mapas sin dragones, más bien físicos que no políticos. Casi nunca se acordaba de su nombre y solía definirse por el reino animal al que pertenecía. Nunca le había tocado a nadie la yema de los dedos, ni había contado las pecas de la espalda de ninguno de sus amantes. Paseaba sin decisión y decidía si paseaba mientras los demás lo decidían. Rompía las hojas de los libros que no tenían descripciones: le aterraba la acción, incluso cuando hablaban los personajes.
El golpe que los unió los dejó en medio de un pasillo estrecho, ése en el que se encontraban por exceso o por defecto. Mientras se disculpaban antes de disculparse, se iban mirando tan intensamente que cada uno de ellos acabó por finalizar al otro: ella le dijo lo que él tenía en mente decirle. Él se calló lo que ella no iba a haberle comentado nunca. Y, en ese espacio de tiempo, sonó de principio a fin Kind of blue; y ella se acordó de su nombre con tanta precisión que tuvo la certeza de que si lo pronunciaba pasaría gran parte del resto de su vida con aquel hombre.

dijous, de març 17, 2011

17 de marzo de 2011

El fabricante de buzones

Como su padre y su abuelo. Su tatarabuelo no pudo serlo por incompatibilidad generacional: dedicó toda la vida a criar palomas mensajeras de plumaje miel y limón.
Heredó el negocio siendo muy crío y aprendió a entender a las personas adultas en función de lo que pretendían de sus buzones de correos.
Su fábrica pronto se convirtió en una pequeña consulta psiquiátrica, porque los clientes le pedían consejo espiritual sobre qué buzón colocar en las puertas de sus casas. Él siempre empezaba por preguntarles si alguna vez se habían enamorado y, si dudaban o decían que no, los despedía con una amable sonrisa, «usted lo que necesita es una paloma mensajera» - les recriminaba. En cambio, si la respuesta era positiva, construía el camino de preguntas para diseñar su buzón perfecto.
El primer paso para tener un buen buzón siempre era reconocer las miserias: «yo he dejado de considerarme buena persona» le decía un cliente, a lo que respondía: «necesita, pues, un buzón más grande del que tiene ahora: ya no le cabe más publicidad engañosa en su vida». Otros clientes le contaban los meses que no hacían el amor con sus parejas y él siempre tenía un par de buzones o tres para tranquilizarlos.
Cansado de que se aprovecharan de su talento, decidió utilizarlos para generar sus propias teorías. Por ello comenzó a preguntar por los electrodomésticos que tenían en sus casas: «Tu nevera es el reflejo de tu alma», solía decirles. Con todos esos datos consiguió realizar un tratado sobre la personalidad de sus clientes en función de los electrodomésticos que tenían en casa. Luego, sólo tenía que convertir los datos en medidas de buzón: ancho de boca, alto de tapa, fondo de caja,... «construir un buzón es lo más parecido a convertirse al cristianismo: lo que importa es el compromiso cerrado, matasellado que uno lleva dentro y la caja que lo envuelve sólo debe contener una pegatina con tu nombre» le decía siempre su abuela al salir de misa mientras le pisaba con saliva el flequillo y la vergüenza.
De un tiempo a esta parte, en la fábrica, solía encontrarse solo, en medio de la sala de troquelado. Sobre todo echaba de menos a los clientes con ganas de ser curados con la buzonología. Nunca le había importado el dinero...de ser así habría convertido el negocio en un despacho de abogados con un más que seguro éxito personal.
El último cliente que llegó a su despachito se sentó y, al preguntarle si se había enamorado alguna vez en su vida, contestó: «entre los peluqueros anticrisis y los anuncios de clínicas dentales, estoy hasta los cojones en cuestión de buzones» Le contestó que no necesitaba un buzón, sino una cuenta de correo electrónico y, al salir, cerró la puerta y nunca, jamás, volvió a abrir la fábrica.

divendres, de febrer 18, 2011

18 de febrero de 2011

Todos somos Alfred Hitchcock


Había asistido a cursos de autoestima pasajera con olor a gasolinera; también le dijeron que se leyera dos libros sobre el tema, pero al final y al principio, le sonó como suenan los sonajeros: todo daba lo mismo, todo se escuchaba igual, sin matices, pero con un ruido tremendo y con falta de ritmo.
Su problema era, sin lugar a dudas, él mismo: llevaba mucho tiempo mirándose al espejo e intentando entenderse...sin resultados. Casi todo el mundo con el que hablaba le daba la razón, porque había estudiado mucho y, sobre todo, porque había empapelado las paredes de su casa con diplomas enmarcados que demostraban que era muy inteligente. Pero él, cuando llegaba a su casa, era incapaz de recordar qué había procurado decir. Tenía tan deformado el sentido de la responsabilidad sobre lo que decía que peligrosamente acabó repercutiendo en lo que hacía.
Incapaz de comprenderse, en sentido estricto, se dio todo el tiempo del mundo para permitírselo todo, a ver si había suerte y comprendía por qué tenía miedo a perderse en las montañas.
Nada. Acabó. Dios. Ira. Ave.
Finalizó, ese día, en medio de la noche y a punto de empezar a trabajar en la fábrica de peluches. Fue a almorzar y se sentó en medio de las vigas de acero, a tomar algo caliente. A los diez minutos del mismo café matutino de todas las semanas, su compañero de mesa, de puesto de trabajo y del alma le propuso apuntarse a una academia de corte y confección.
Al llegar al casa se abrochó las zapatillas, se abotonó la chaqueta y se metió en el bolsillo el metro amarillo que le había regalado su abuela.
Una vez en la academia, el profesor le propuso ponerse a prueba reparando un agujero en medio de una chaqueta de carpintero.
Primero, no veía el agujero (ni el problema) Segundo, no conseguía introducir el hilo por el ojo de la aguja (ni lograba demostrarse que podía hacerlo) Tercero, le temblaba el pulso (que es sinónimo perfecto de no creer que lo haría) Por último, colocó el trozo de tela, tapó el agujero y lo remendó.
Y entendió que, si alguien es capaz de remendar algo, seguramente es porque se había dado cuenta de que alguna vez se equivocó, y de que el lugar donde lo hizo fue ese mismo sitio donde había un agujero. A cada puntada que daba le iba correspondiendo su correspondiente lágrima fecal. Hasta que llegó un punto en el que había desechado tanta basura de su cuerpo que todo terminó creciendo alrededor suyo.
A la segunda clase ya sabía asegurar los botones de las chaquetas, y pensó, al mismo tiempo que cosía sin parar, que Alfred Hitchcock también tuvo que haber padecido, alguna vez, un tremendo dolor de huevos.