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divendres, de maig 20, 2011

20 de mayo de 2011

De izquierda a derecha


No se giró hacia la derecha pero ahí estaba ella. No le hacía falta saber que estaba allí porque olía su perfume cinco segundos antes de que sonaran las patas metálicas del taburete, mientras se sentaba, dulcemente. Cuando entraba era como un golpe de aire fresco. Se dejaba caer sobre la barra y, minuciosamente, besaba el gin-tonic en la boca. Era el momento que aprovechaba para girarse, este vez sí, hacia la derecha. Tenía dos segundos antes de que el cubata se desmayara de placer; sin lugar a dudas era el animal más bello en zonas azules a la redonda.
Iba hasta allí sólo por probabilidad: le encantaba que todo fuera siempre igual y disfrutaba comprobándolo al caer el sol. Se estremecía con la frecuencia de sus gins, exacta y tierna . También con los primeros dos botones de cualquiera de sus blusas, perpetuamente desabrochados. Incluso la distancia entre su sombra y la puerta, preciosa.
Curiosamente ya no tenía más oportunidades de girarse en toda la noche, puesto que ella practicaba una cierta tendencia a dejarse caer, sobre la barra, hacia él, pero sin mirarlo. Aún así, él percibía que ella parecía levitar porque aunque estaba sentada, no movía ninguna parte de su cuerpo y no se oía el crujir de las patas de los taburetes, en ningún momento. Finalmente ella se levantaba, mirando si las gafas tenían un poco de polvo (éso lo imaginaba porque la oía soplar y conocía todos sus sonidos, perfectamente) Con un golpe de cremallera de bolso le avisó de su partida: mientras se alejaba del taburete, le dedicó un concierto acústico con los tacones que acunaban sus noches, interminablemente.



No se giró a la izquierda, pero allí estaba él. No le hacía falta saber que estaba allí porque se sentía tan sola que la propia probabilidad no podía ser tan cruel con ella. Cuando se preparaba para salir de casa, lo hacía calculando los gustos de él, de manera completamente paranormal. Se ponía una blusa y se desabrochaba los dos primeros botones porque creía que a él le gustaría. Después, se perfumaba de tal manera que se le podría oír llegar a cualquier sitio, al menos, cinco segundos antes de sentarse. Por último pediría un gin-tonic. Básicamente necesitaba sentirse acompañada pero no quería nada más. Por lo tanto no le debía dar ninguna oportunidad para girarse (o sólo una, y así que viera los besos que le quedaban por dar, mientras bebía el primer sorbo de su cubata) Era feliz a su lado, en la hipotenusa que trazaba la barra con la puerta. Era, probablemente, la dama más feliz en muchas zonas azules a la redonda. Cuando la noche se moría, soplaba por encima de las gafas, tiernamente, y cerraba el bolso,...Se levantaba del taburete y caminaba, mientras su culo besaba el suelo con los tacones, hasta el punto que creía que así sonaba una bella melodía de desencuentro, para él.

dimecres, d’abril 20, 2011

20 de abril de 2011

Entre una punta y el resto de la lanza


Fue en medio de una gran cantidad de personas malheridas de amor. Una de esas noches que acaban de día, de esas que se convierten en aquellas en pocos minutos. No le asustó darse cuenta, ni se lo contó al cuadro de Gustav, con el que tenía serias conversaciones al pie de la cama.
En definitiva, lo que le pasaba, era que no conseguía ver las cosas en conjunto y se tenía que conformar con los pequeños detalles. Cuando acariciaba la mano de su chica no atinaba a reconstruirla más allá del hombro, por lo que siempre le parecía estar tocando la misma minúscula porción de piel. Incluso cuando la besaba, la miraba con deseo pero no veía nada más por encima de la nariz.
Poco a poco fue reduciendo su percepción de lo colectivo, hasta el punto de que era capaz de estar en medio de una manifestación y relajarse profundamente. De hecho, no había causa perdida a la que no se apuntara para quedarse en el centro de esa nada que a veces reúne a miles de personas... y dormir durante unas horas.
El asunto pronto se extendió a su percepción musical: amigo de las bandas sonoras, esas que explicaban toda una película, tuvo que conformarse con los armónicos de los jaleos y las bamberas. También olvidó la música clásica y el jazz, porque no podía morirse con Chopin ni ver a Vivaldi plantar las flores en primavera.
Fue, como decía al principio, ese día en que por aquel lugar paseaban miles de personas malheridas de amor. Se dio cuenta inmediatamente, cuando chocó contra parte de su cuello. La golpeó con su mentón y supo que la amaría para siempre. Olía a rock y a beso infantil. La chica levantó la mirada y, de entre todas las personas, milagrosamente, sólo le vio a él. A ella le gustaban los mapas sin dragones, más bien físicos que no políticos. Casi nunca se acordaba de su nombre y solía definirse por el reino animal al que pertenecía. Nunca le había tocado a nadie la yema de los dedos, ni había contado las pecas de la espalda de ninguno de sus amantes. Paseaba sin decisión y decidía si paseaba mientras los demás lo decidían. Rompía las hojas de los libros que no tenían descripciones: le aterraba la acción, incluso cuando hablaban los personajes.
El golpe que los unió los dejó en medio de un pasillo estrecho, ése en el que se encontraban por exceso o por defecto. Mientras se disculpaban antes de disculparse, se iban mirando tan intensamente que cada uno de ellos acabó por finalizar al otro: ella le dijo lo que él tenía en mente decirle. Él se calló lo que ella no iba a haberle comentado nunca. Y, en ese espacio de tiempo, sonó de principio a fin Kind of blue; y ella se acordó de su nombre con tanta precisión que tuvo la certeza de que si lo pronunciaba pasaría gran parte del resto de su vida con aquel hombre.

dijous, de març 17, 2011

17 de marzo de 2011

El fabricante de buzones

Como su padre y su abuelo. Su tatarabuelo no pudo serlo por incompatibilidad generacional: dedicó toda la vida a criar palomas mensajeras de plumaje miel y limón.
Heredó el negocio siendo muy crío y aprendió a entender a las personas adultas en función de lo que pretendían de sus buzones de correos.
Su fábrica pronto se convirtió en una pequeña consulta psiquiátrica, porque los clientes le pedían consejo espiritual sobre qué buzón colocar en las puertas de sus casas. Él siempre empezaba por preguntarles si alguna vez se habían enamorado y, si dudaban o decían que no, los despedía con una amable sonrisa, «usted lo que necesita es una paloma mensajera» - les recriminaba. En cambio, si la respuesta era positiva, construía el camino de preguntas para diseñar su buzón perfecto.
El primer paso para tener un buen buzón siempre era reconocer las miserias: «yo he dejado de considerarme buena persona» le decía un cliente, a lo que respondía: «necesita, pues, un buzón más grande del que tiene ahora: ya no le cabe más publicidad engañosa en su vida». Otros clientes le contaban los meses que no hacían el amor con sus parejas y él siempre tenía un par de buzones o tres para tranquilizarlos.
Cansado de que se aprovecharan de su talento, decidió utilizarlos para generar sus propias teorías. Por ello comenzó a preguntar por los electrodomésticos que tenían en sus casas: «Tu nevera es el reflejo de tu alma», solía decirles. Con todos esos datos consiguió realizar un tratado sobre la personalidad de sus clientes en función de los electrodomésticos que tenían en casa. Luego, sólo tenía que convertir los datos en medidas de buzón: ancho de boca, alto de tapa, fondo de caja,... «construir un buzón es lo más parecido a convertirse al cristianismo: lo que importa es el compromiso cerrado, matasellado que uno lleva dentro y la caja que lo envuelve sólo debe contener una pegatina con tu nombre» le decía siempre su abuela al salir de misa mientras le pisaba con saliva el flequillo y la vergüenza.
De un tiempo a esta parte, en la fábrica, solía encontrarse solo, en medio de la sala de troquelado. Sobre todo echaba de menos a los clientes con ganas de ser curados con la buzonología. Nunca le había importado el dinero...de ser así habría convertido el negocio en un despacho de abogados con un más que seguro éxito personal.
El último cliente que llegó a su despachito se sentó y, al preguntarle si se había enamorado alguna vez en su vida, contestó: «entre los peluqueros anticrisis y los anuncios de clínicas dentales, estoy hasta los cojones en cuestión de buzones» Le contestó que no necesitaba un buzón, sino una cuenta de correo electrónico y, al salir, cerró la puerta y nunca, jamás, volvió a abrir la fábrica.

divendres, de febrer 18, 2011

18 de febrero de 2011

Todos somos Alfred Hitchcock


Había asistido a cursos de autoestima pasajera con olor a gasolinera; también le dijeron que se leyera dos libros sobre el tema, pero al final y al principio, le sonó como suenan los sonajeros: todo daba lo mismo, todo se escuchaba igual, sin matices, pero con un ruido tremendo y con falta de ritmo.
Su problema era, sin lugar a dudas, él mismo: llevaba mucho tiempo mirándose al espejo e intentando entenderse...sin resultados. Casi todo el mundo con el que hablaba le daba la razón, porque había estudiado mucho y, sobre todo, porque había empapelado las paredes de su casa con diplomas enmarcados que demostraban que era muy inteligente. Pero él, cuando llegaba a su casa, era incapaz de recordar qué había procurado decir. Tenía tan deformado el sentido de la responsabilidad sobre lo que decía que peligrosamente acabó repercutiendo en lo que hacía.
Incapaz de comprenderse, en sentido estricto, se dio todo el tiempo del mundo para permitírselo todo, a ver si había suerte y comprendía por qué tenía miedo a perderse en las montañas.
Nada. Acabó. Dios. Ira. Ave.
Finalizó, ese día, en medio de la noche y a punto de empezar a trabajar en la fábrica de peluches. Fue a almorzar y se sentó en medio de las vigas de acero, a tomar algo caliente. A los diez minutos del mismo café matutino de todas las semanas, su compañero de mesa, de puesto de trabajo y del alma le propuso apuntarse a una academia de corte y confección.
Al llegar al casa se abrochó las zapatillas, se abotonó la chaqueta y se metió en el bolsillo el metro amarillo que le había regalado su abuela.
Una vez en la academia, el profesor le propuso ponerse a prueba reparando un agujero en medio de una chaqueta de carpintero.
Primero, no veía el agujero (ni el problema) Segundo, no conseguía introducir el hilo por el ojo de la aguja (ni lograba demostrarse que podía hacerlo) Tercero, le temblaba el pulso (que es sinónimo perfecto de no creer que lo haría) Por último, colocó el trozo de tela, tapó el agujero y lo remendó.
Y entendió que, si alguien es capaz de remendar algo, seguramente es porque se había dado cuenta de que alguna vez se equivocó, y de que el lugar donde lo hizo fue ese mismo sitio donde había un agujero. A cada puntada que daba le iba correspondiendo su correspondiente lágrima fecal. Hasta que llegó un punto en el que había desechado tanta basura de su cuerpo que todo terminó creciendo alrededor suyo.
A la segunda clase ya sabía asegurar los botones de las chaquetas, y pensó, al mismo tiempo que cosía sin parar, que Alfred Hitchcock también tuvo que haber padecido, alguna vez, un tremendo dolor de huevos.

dijous, de gener 20, 2011

20 de enero de 2011

Historias de espejos

Tomó la determinación de salir de casa sólo para fijarse en lo que hacían los demás. Lo decidió libremente, ya que no había sido capaz nunca de ser una persona respetable por sí mismo, ordenada, seria, normal...
Lo primero que decidió fue tratar de ordenar su armario imaginando cómo lo tendría organizado la vecina de la puerta siete. Y lo decidió así pues ella era la que mejor y más rápidamente distribuía en bolsas los alimentos en la caja del supermercado. Esta cualidad le pareció extensible también a la ropa interior de sus cajones y, por ende, a su armario.
Le costó dos años y un día imaginarlo todo: dónde, cómo y por qué dejaría su vecina los pantalones, las faldas y los jerseys de cuello alto. Como veía que fumaba siempre mientras conducía, creyó que la chica en cuestión ordenaría por colores las prendas. También se fijó en cómo movía las caderas y, así, dedujo que seguramente tendría un apartado para las camisetas de manga corta durante todo el año. Además la chica respiraba hondo al pasar por la tienda de verduras, y por ello vio claramente que cuando viniera el buen tiempo la chica pasaría días oliendo la ropa y decidiendo cómo configurar los estantes para la época de calor.
El chico ordenó sus horas de trabajo de tal manera que ya no hizo falta calcular a qué hora salía o entraba ella de casa, cuándo iba a comprar, cuándo pasaba frente a la tienda de verduras o a qué hora paseaba su sombra por la acera: él, inherentemente ya se encontraba allí para verlo todo y, así, acabar de organizar el armario de su casa.
Pasados los dos años y el día, cuando tuvo completamente instaurado un nuevo orden en el armario, decidió continuar con su actividad de salir sólo para fijarse en lo que hacían los demás; y continuó modificando su percepción del mundo a través de la chica de la puerta siete.
Esta vez trató de olvidar su vida anterior de golpe imaginando cómo la hubiera olvidado ella. Frecuentemente la veía llorar por las noches, a través de la ventanita que comunicaba ambas cocinas. Determinó que él también debería de llorar, al menos, dos veces por semana cada ocho horas, justo después de las comidas. En cambio, durante mucho tiempo de aquel verano en que se suicidó, no pudo ver con claridad qué actitudes de la chica le podían hacer olvidar a él su lamentable paso por la vida. Por último, decidió pararla, en medio de la calle, mientras el camión de la tienda de repuestos pasaba con su olor a gasolina y polipropileno. Al preguntarle cómo podría olvidar su anterior vida ella le contestó, «he gastado tanto el olvido que en sus restos ha acabado leyéndose mi destino»

dilluns, de desembre 20, 2010

17 de diciembre de 2010

El hombre que quería enamorarse

Mucho temió el aterrizaje de los primeros copos de nieve en su tejado alejado del suelo: se había hecho la promesa de enamorarse a las segundas de cambio, en cuanto desaparecieran las estrellas y bajaran más de diez grados las temperaturas.
Como siempre salió de su casa pasando por en medio de la indiferencia de su vecino de arriba y la ropa interior tendida de su vecina de abajo. Los vecinos que no eran ni de arriba ni de abajo lo recorrían con la mirada, preguntándose si una persona que nunca estuvo enamorada tenía derecho a una subvención del Estado. De hecho, alguna vez tuvieron la sana intención de poner un poco de cordura en su vida, regalándole un viaje a Alaska y dejando que muriera de amor en menos de dos semanas.
Nunca se daba cuenta de que le resultaría imposible enamorarse en primavera porque todo va mucho más deprisa. Y a él, lo pausado le generaba una cierta inquietud, magnífica, que le llevaba a amar sin condición, sobre todo cuanto más frío se encontraba el ambiente.
Por este motivo decidió, aquel día gélido, esbozar los primeros bocetos de lo que sería su gran proyecto amoroso. Se alicató las heridas con azulejos de colores contra las mentiras. Tanto fue así que decidió no pasar por el lavadero de coches de la esquina; ése que le rallaba el coche pero que hacía que a la vista de los demás pareciera, al menos, limpio. Y no lavó allí el vehículo por razones obvias: esta vez pretendía enamorarse de verdad. Incluso se peinó deprisa los remiendos de las puntas de los dedos...
En todas aquellas cosas estaba, más largo que ancho, cuando pasó por entre los labios de la mujer de sus sueños. Tristemente la paró, con la excusa de quererla para toda la vida. Yo no sé si a ustedes les han parado, alguna vez, con la sana intención de ser amados para siempre; pero a ella le pareció bien, sobre todo porque llevaba toda la vida (y parte de la muerte) andando y nadie la había invitado a alquilar a medias un adosado en el polígono industrial que se encuentra entre el cielo y el infierno.
Él, con ese aire de inferioridad que le caracterizaba, supo que estaba a punto de ser la persona más inocua del planeta, porque programar el día del enamoramiento de uno es como comer turrón en Navidad.
En todo caso, y con los dientes en cruz, el hombre alcanzó a mirar el corazón de la chica pues llevaba un escote por el que se le veía lo triste que había sido durante toda la vida. Y por ello, el hombre separó el quiero del puedo para decirle al oído: «anochece más cerca del cielo que de tu boca amanece»
Nunca más dejaron de ser, el uno del otro, carceleros de sus sueños,... si soñar significa dejar de estar despierto.

divendres, de novembre 19, 2010

19 de noviembre de 2010

Cuento de navidad


Había crecido amontonando libros y colecciones de periódico caducadas, que volvían a la actualidad casi todos los otoños. Por éso planificaba su vida en función del horario comercial: nunca descansaba en navidades, se fijaba en las tiendas de los vecinos para abrir la suya y limpiaba la acera con una escoba que tenía más de veinte años y medio.
Desde que su padre le cavó una tumba al lado de la suya al traspasarle la papelería, tenía la extraña costumbre de comparar las secciones de la tienda con las estaciones meteorológicas. Así descubrió la primavera, una mañana de agosto, dentro de una caja de lápices de colores.
El verano fue por casualidad: estaba debajo de las carpetas estampadas, entre los libros de viajes y la sección de literatura erótica.
El caso del otoño fue un tanto especial, ya que no fue él quien lo encontró, sino que fue la propia estación meteorológica la que lo descubrió. Meses más tarde, cuando se conocieron mejor, la estación reconoció que andaba años buscándole en medio de las dos rayas de las libretas de dos rayas, y que no supo nunca por qué no había salido de ese sitio para buscarlo en otra parte.
Pero llevaba más de diez años en la tienda y todavía no lograba avistar al invierno. Tuvo la valentía de contarle lo sucedido al único amigo que tenía y éste le sugirió que no se obsesionara. Por lo tanto dejó de buscarlo; así que, al no poder asimilarlo a ninguna de las secciones de la tienda, pasaba la época de frío con ropa de entretiempo, olvidaba dónde había escondido sus abrigos y nunca sacaba el agua de la nevera.
Un mal día, justo antes de que todos abrieran las tiendas de la calle excepto él, una mujer de largos tacones y besos cortos lo paró antes de entrar a trabajar, a menos de cinco metros de la puerta. Le preguntó suavemente si, además de vender lápices de colores y carpetas de dos rayas, también realizaba encuadernaciones de tapa dura. El hombre se estremeció de tal manera que tuvo que recordar que respiraba para no morir fulminantemente. «efectivamente, el invierno encuaderna las calles con gusanillo y tapa dura» - pensó - «dan ganas de ordenarte al abrigo del frío, de agujerearte por el costado y dejar que te atraviese su espiral de metal helado» - reconocía- «todo lo demás se queda vacío,... el orden, en invierno, es como la lluvia en primavera, porque todo lo hace nacer, pero dentro de ti...» La mujer menguó de tacón y alargó el tamaño de sus besos hasta tal punto que acabó estampándole en la mejilla un pedacito de maravilloso invierno, ése que convirtió al tendero en la persona más feliz de todas las que se encontraban en las quince manzanas que rodeaban su tienda.

dijous, d’octubre 21, 2010

20 de octubre de 2010

Cuento de entretiempo

Lo atribuía a la bajada de las temperaturas y a la inminente llegada de las lluvias a la ciudad. Las precipitaciones siempre se colaban entre estación y estación, por la puerta de atrás. No se quedaba tranquilo hasta que veía caer la primera gota y volvía a conciliar el sueño a los dos o tres días de lluvia persistente.
Padecía esa extraña dolencia desde siempre, y las bajadas de las temperaturas y las subidas de fiebre en época seca no hacían más que cerciorar lo que ningún médico pudo suscribir públicamente.
Cuando le preguntaban por el inicio de las convulsiones, él siempre decía lo mismo, «yo me encuentro mal si no concreto» Y le pasaba que era incapaz de considerar las definiciones si antes no tenía un ejemplo claro de ellas. Por éso, una de sus primeras recaídas fue cuando leyó en un diccionario la definición de pescado, sin encontrar ningún ejemplo real de qué era un pez. Las fiebres comenzaron fuertemente hasta que acabó en la panadería y entendió dentro de una torta salada que los peces en general son
sardinas en particular.
Durante años fue cultivando esa percepción por lo concreto, hasta que fue incapaz de entender conceptos abstractos. En esos años tuvo que renunciar a enamorarse porque no entendía las cosas que demandaban las mujeres que le quisieron. También tuvo que privarse de mantener cualquier tipo de contacto con sus vecinos y familiares, ya que nadie podía explicarle con colores o texturas que el mundo en el que vivía se posaba en una peana de cultura de televisión de cable.
Su segunda crisis fue entender el concepto de mar, ya que vivía lejos de él y no podía olfatear, por ejemplo, la arena. Aunque no sabía lo que era un delta, sí que había conseguido un montón de olores y colores que, juntos, tenían forma de mar: localizó el olor a salitre en un tarro de la cocina, la textura de la tierra fina de un jarrón decorativo de su abuela y pasó toda una tarde con la vista perdida en el infinito. Con la intención de enfrentarse a su enfermedad, metió un papelito dentro de una botella de cristal para conducirlo, con un palo, desde el río hasta el océano. Efectivamente, iba enfermando cada vez más porque las lluvias iban haciendo subir el caudal del río y era más difícil conducir la botella con el palo. Cuanto más mayor se hacía, más llovía por aquella parte del valle, y se daba cuenta de que dejaba de tener el poder de mover, de conducir, de llevar la botella de cristal por donde él quería.
Y aunque durante años intentó que la botella llegara a su destino, lo único que consiguió fue darse cuenta de que, en busca de todo lo concreto, al único lugar al que había conseguido llegar era a un magnífico y azul mar de dudas.

divendres, de setembre 17, 2010

17 de septiembre de 2010

Cuento de otoño


En medio del jardín recibía los besos de las hojas caídas como hace el sargento con las condecoraciones: el pecho abierto, los ojos vivos como estrellas y el alma llena.
Reconstruía el trayecto de los pájaros sobre las copas por puro empirismo, ya que llevaba años veraneando en el mismo pedacito de banco todos los otoños. También se permitía el lujo de adivinar la tonadilla que sonaba sobre las ramas, e increpaba a los que paseaban por allí, puesto que no entendían de violines ni de vientos del sur.
Cuando le pedía a su jefe el mes libre para meterse en esa maravillosa jaula otoñal, los compañeros de la oficina le regalaban una bufanda, una gorra y le compraban el periódico de la mañana. Él se limpiaba las gafas y se despedía de los vecinos de la escalera, insinuándoles que le fueran a ver al parque, algún día, tal vez.
Recostado en su pasado, seguía viviendo su presente como si nunca fuera a vivir nadie después de él. Por eso cuando escupía, encima de las hojas de los árboles, recordaba a su madre y odiaba a su nieto.
Cuando los viandantes pasaban por su lado, sin saber dónde empezaba el banco y dónde acababa el hombre, giraban la cabeza con ganas de vomitar, y se quedaban con un nudo en el estómago hasta que conseguían darse un beso. Tanto se extrañaban unos de otros (el anciano empírico sentado y los que pasaban por delante de sus escupitajos) que pronto hubo en aquella parte del parque una tensión otoñal, llena de cosas que se caen de los bolsillos y de cosas que caben en los árboles...
Lo peor de todo es que el hombre hacía tiempo que dejó de preguntarse si aquel era el mejor sitio del parque para sentarse y de si aquello que hacía era la mejor manera de llevarse bien con los demás.
Pronto se necesitaron más de cien personas para entender por qué aquel tipo se dejaba morir, calculando el trayecto de los pájaros, sobre las copas. Se llegó a la conclusión de que alguien debería hacerle un mapa, ya que el ser humano no ha entendido su esencia hasta que no le ha dado forma con meridianos y paralelos.
Muchos fueron los que intentaron entender su otoño, dibujarlo, hacer cartografía de aquel momento. Llegaron de casi todos los rincones y lo midieron con precisión hasta tenerlo completamente delimitado Tenían en ese momento tan claro dónde empezaba el banco y dónde el hombre que pensaron en inaugurar una religión al respecto. De hecho hasta ese momento nunca se supo con tanta certeza que una persona se había tragado el otoño en un banco del parque de la ciudad.
Al tipo no le quedó más remedio que irse a trabajar y pedir las vacaciones para el próximo invierno.

dimarts, de juliol 20, 2010

20 de julio de 2010

Cuento de verano
Tuvo tiempo de reconocer el olor a garrapiñadas antes de ser golpeado por el color de la venta de banderas nacionales por las calles. Mientras salía de la boca del metro, vio cómo le robaban la cartera a un señor de unos cuarenta años. Como empezó a oscurecer los hombres de traje y corbata fueron desapareciendo de las calles y los barrios se llenaron de todo tipo de seres informes: a veces, entre cuadra y cuadra, se le clavaba medio nudo en la garganta de su mundo.
Éso sí, nunca faltan los ladrones de flores a su paso, al mismo tiempo que se abrocha la bufanda y esconde su vergüenza. Todo el mundo seguía vendiendo banderas nacionales, gorros con los colores de la selección de fútbol, a la otra orilla del océano.
Decidió que, para que no le robaran los pocos pesos que llevaba, pasaría dos días y medio en el taburete más sucio de «La Piojera» Le pareció un sitio completamente lunático y no le recordaba a nada ni a nadie. Los hombres bebían terremotos y las mujeres cerveza,...los muchachos se peleaban por enviar miradas llenas de besos a las mujeres y acababan pasándose los puños por la cara al fondo del pasillo. A cada media hora que pasaba, el bar se llenaba de almas de hijos de la dictadura: los chilenos se beben la vida así.
Decidió salir de la cantina, a que el frío le cortara los labios, a intentar rebajar la temperatura de su cuerpo imperfecto. Se dio cuenta de la verticalidad de la ciudad, insultante, en el centro. A unos quilómetros de allí, Santiago se echa a dormir en el extrarradio y los barrios se llenan de escombro de terremoto. Pero en Providencia se sentía a gusto. Revivió una conversación con un obrero que había bajado de un rascacielos en construcción. Recordó haberla mantenido porque se paró a ver la versión del siglo XXI de «Obreros saliendo de la fábrica». Aquel hombre de ojos pequeños le dijo que en Chile no había clase media y que todo el mundo trata de ocupar ese nuevo espacio, apetitoso, independientemente de si puede o no puede permitírselo.
Hoy sólo recuerda la sensación de fiereza que le provocaba el esqueleto del rascacielos diáfano. Decidió no fotografiar el momento pero lo retuvo en la mente. Es lo que solía hacer en esos casos: se guardaba la foto para una ocasión más apropiada; nunca olvida una composición, si le gusta, y a las semanas la puede reproducir exactamente igual, pero con otros actores.
Se percató de que cuanto más fuerte se hacía a nivel intelectual, más le molestaba que le pisaran por la calle; y reconoció que todo aquello había sido como un cuento de Dickens y que Santiago le firmó un autógrafo en el pecho para el resto de su vida.

divendres, de juny 18, 2010

18 de junio de 2010

Ya no me veo en el espejo

Cada vez me parece más interesante reconstruirme pensando en las noticias que voy escuchando a lo largo del día. Aunque hoy me apetece destruirme porque me voy muy lejos, de viaje, y éso es destruir un poco el mundo cotidiano que a algunos les encanta defender por encima de todas las cosas.
Y entre la reconstrucción y la destrucción, un descubrimiento: un asiático ha inventado, por lo que se ve (nunca mejor dicho) el «espejo perfecto». Estas noticias casi siempre me sobrevienen por la mañana, cuando sólo tengo dos sorbos de cortado para reaccionar. De hecho creo que hubiera sido mucho más radical si no fuera porque me he acostumbrado a masticar la vida despacio, para que no me engorde.
Que un oriental construya un espejo «perfecto» me parece un hecho puntal. Que ese espejo tenga la virtud de reflejar las imágenes tal y como las ven realmente los demás, es un acontecimiento general, casi esotérico aunque nos lo vendan como científico. Y ésto lo digo porque para mi, la felicidad es puntual, como viajar, y que es el proceso en la búsqueda de esa felicidad lo que me llama a atención, al igual que disfruto más del trayecto que del destino. Por eso navego casi diariamente y, de vez en cuando (y cuanto más de vez en cuando, mejor) me alejo en busca de mis propios espejos.
El dato definitivo del producto creado por el avispado inventor es el precio: será caro y, por lo tanto, exclusivo, ¿saben lo que quiere decir éso?
La idea de buscar un espejo perfecto me sugiere ahora mismo tres cosas: La primera es que nos importa poco lo que somos, y tenemos curiosidad por lo que proyectamos hacia los demás; y éso nos convierte en sensaciones, que rima con frustraciones.
La segunda tiene que ver con el concepto económico: se ha constatado que el espejo será muy caro (es decir, que se venderá muy caro) Por lo tanto serán los ricos los que sepan cómo son en realidad las cosas cotidianas: las orejas, los ojos y los trozos de pipas que se te quedan entre los dientes. Y todo ésto es un hecho curioso y, además, desconcertante.
Y la tercera es, ¿qué van a hacer esas personas que desnutrieron sus cuentas corrientes de ceros a la derecha cuando se vean realmente reflejados en un espejo de esta calaña?
Lo lógico es que se reconstruyan, como lo hago yo con las noticias que voy escuchando por el día. Pero seguro que optarán por destruirse a golpe de cirugía estética, hasta que se parezcan, mucho, a la persona que deberían ser para los demás según un trozo de cristal oriental.
Cada vez estoy más convencido de que el futuro corre más que nosotros y de que jamás se le debieron tantos besos a la luna.

dijous, de maig 20, 2010

20 de mayo de 2010

La mujer del tiempo

¡Cuánto me parezco al hombre del tiempo y cuánto tiempo me está costando convertirme en algo a lo que se le pueda llamar hombre!
Si es primavera, todo lo demás también es primavera. Me apetece subir a los tejados y comprarme un abrigo de hojas de parra. Es un concepto un tanto floral, sobre todo porque la transformación nos convierte en unos incuestionables capullos. Vuelvo a reconocerme en los espejos y saludo a los vecinos por los rellanos. Climatológicamente hablando es como si Mr Hyde no tuviera doctor que lo curara, ¡ y eso me parece maravilloso!
Si es verano, y si es de noche, y si el cielo se queda preñado de estrellas, me gusta quedarme un ratito a tu lado, a buscar maragatos por tu escote de perro demasiado faldero. Desarrollo una extraña alergia primaveral a esta estación, supongo que porque en la contradicción me encuentro como sentado desnudo en un sofá de escay: fresco, pegado y con un aire «retro» difícilmente justificable en los tiempo que corren. Si es verano me gusta ser Frank Sinatra, aunque sólo conozco a una persona que lo haya logrado y en cuanto lo consiguió la voz se le hizo añicos: empezó a ser persona a la vez que dejó de hablar.
Si es otoño, nunca lo reconozco, como lo haría un buen hombre del tiempo. Sigo en manga corta por la ciudad, hasta que me constipo y ni aun así admito la identidad del mes. Otoño es el cálido beso en la frente que le da el novio de la vida a su novia en el lecho de muerte. Otoño es una pasarela hacia el peor de los destinos que puede tener una máquina expendedora de besos robados.
Si es invierno, mejor que sea en medio de una tormenta, y que decidas tú dónde deben caer cada una de las gotas. A mí, en invierno, todo me da exactamente igual.
Pero si es primavera, otra vez, climatológicamente hablando, enciendo la televisión y me encuentro entre anticiclones sin fisuras y borrascas necesarias para comprarme un gramo de tu ternura. Lo que es cíclico nos molesta porque nos recuerda a la muerte, y por éso cuando dan más de las nueve de la noche y el hombre del tiempo acecha tras los deportes, nos ponemos nerviosos. Aunque sabemos que vuelve a ser primavera, observamos a ese individuo y nos reconocemos en cada una de las precipitaciones que predice, en cada rayo de sol que decide quitarle a la luna. Detrás está el mundo, dibujado en sus límites, como nos gusta muchas veces que permanezcan las cosas. Decide presiones atmosféricas y eclipses lunares en nuestra piel...
Y por éso, todo el tiempo que tarde en convertirme en hombre, quiero debérselo y dedicárselo a la mujer del tiempo.

dilluns, d’abril 19, 2010

20 de abril de 2010

Samir y Amira

Recorrer los últimos cuatro kilómetros de «casa» al trabajo en el colegio es lo mejor que me pasa muchos días y lo peor es que se me olvida muchas noches: conduzco por intrincados huertos de naranjos en flor adornados con pedestales de vinagreta en primavera. Reduzco para ver los árboles desnudos con peanas de barro en invierno. Unas veces veo cómo revientan los almendros; otras observo los callos de los jornaleros mientras me encajo la corbata, obligando al nudo a recogerme la garganta, que es lo mismo que decirle a un sordo que su penitencia en esta vida es no hablar. Y veo, todos los días de la semana, desde que trabajo allí, a dos personas fascinantes.
Siempre caminan de su casa al colegio y, lo primero que hice al verles, es proporcionarles una nacionalidad (por ejemplo, marroquí) Ella lo acompañaba porque él era más pequeño. En mi segundo viaje les puse nombre, como si fueran dos gatos abandonados: a él Samir, a ella Amira. Sus palíndromos me acercaron a la poesía, que se encuentra en las carreteras de los huertos en flor. Imaginé, por el itinerario, dónde vivían. También reconstruí, con los detalles que observaba cuando los adelantaba, sus edades, el color de los ojos, el olor de sus pestañas. En cada otoño calculaba el paso de las primaveras sobre su piel.
En uno de los viajes le concedí la mayoría de edad al chaval, porque lo adelanté sólo a él. Estuve a punto de parar para felicitarlo por emprender titánicamente el camino de casa al colegio.
Un día, después de vacaciones de navidad, vi que había cambiado la compañía de la chica por la de una bicicleta, por lo que en lo sucesivo tuve que levantarme más pronto para poder seguir encontrándomelo en el mismo lugar. A veces paraba el coche, preocupado por su salud, ya que no lo veía atravesar la vereda que pasa por debajo del puente.
Parece que se ha convertido en un adolescente porque ya no va con cuidado por el arcén y se acelera porque el corazón le pide fuerza y desespero. Sólo me arrepiento de ser un cobarde el primer día que los vi, hace años, debajo de un paraguas, por no haber parado a recogerlos para llevarlos al colegio. Ése día le di un poco más de fuerza a la calefacción porque me entró un escalofrío terrible verlos mojándose el alma. Ya no sé nada de ella. De él conozco todo lo que he sido capaz de inventarme estos años.
Hace poco llegué, lloviendo, al colegio. Cuando entré en clase, escuché el reproche de uno de mis alumnos: «Oiga, esto es injusto. No va la calefacción de clase ni tampoco iba la del autobús» Iba a contestarle pero me pareció hipócrita, y comencé la clase hablando del Mayo de París.

dimecres, de març 17, 2010

17 de marzo de 2010

Paradas de autobús

Como no entiendo las líneas de los autobuses casi siempre decido no subir en ellos. A veces me da por pensar que si todo el mundo actuara como yo, nunca hubiéramos llegado a la luna. Y como casi todo lo que pienso termino aplicándolo a mí mismo, deduzco que no soy una persona que haya llegado a la luna en autobús: porque sumergirte en un libro, en medio de la ciudad, es llegar a la luna, y allí me suelo quedar durante mucho tiempo, esperando que suban las mareas y se columpien los gatos en la punta.
Llevo años intentando convencerme de que esas líneas de autocares que no logro descifrar me podrían llevar bien lejos, pero cuando paso por una parada y observo los números, los colores y los paneles, doy media vuelta y sigo caminando.
Lo curioso es que, de un tiempo a esta parte, suelo dar media vuelta en bastantes cosas pero no consigo dar la espalda a éso que dejo detrás. Creo que me gusta alejarme y, en cierta medida, quedarme al lado de los demás: no sé si habrá alguna línea de autobús en la ciudad que me lleve cerca de este curioso estado anímico.
A lo que íbamos, que no entender las líneas del autobús me hace huir caminando, que es lo que más me gusta para estar cerca de mí mismo. Además, esta afición me ha dado momentos de extremada incomprensión. Huyendo de una de las paradas me encontré, el otro día, con Chimo Bayo en el Guirigall: creo que es de las pocas veces que llego a la luna sin subirme a un libro. En cierto modo era como asistir a un alunizaje de cafetería. Iba acompañado de todo un séquito de amigos que normalizaban su situación en este mundo. En ese momento no recordaba si lo que veía se debía a que perdí la cuenta de las consumiciones o a que no me había alejado lo suficiente de la parada del autobús. Estuve un rato departiendo con él y repartiendo mi asombro por los diferentes hemisferios de mi cerebro. Por un momento pensé en lo inverosímil de la situación, pero lo que más me fascinó fue ver como, a los quince minutos de conversación, se dio media vuelta y se marchó. Al alejarse pude detectar, claramente, que no me estaba dando la espalda y que se alejaba quedándose, al menos, hasta que me acabara la penúltima consumición.
No hacía sol, pero me puse las gafas en su honor. No tenía linternas que ponerme en las orejas y, como no me gusta la música electrónica no tuve más remedio que homenajearlo de otra manera. Así que cuando la camarera me dijo numéricamente que llevaba un buen rato metido en la cafetería, yo le contesté: ¡JU JA!
Ese día cogí mi primer autobús por la ciudad y me puse a dar vueltas hasta que entendí, al menos, el recorrido de esa línea.

divendres, de febrer 19, 2010

19 de febrero de 2010

Descatalogando infancias

Me gustan las reconciliaciones,porque nunca las dejo para pasado mañana. Y entiendo que leer y ver, y nunca en este orden, es un proceso de reconciliación con uno mismo mucho más intenso que el olor del salitre a la verita del mar. Por eso homenajeo lo que pasó hace unas semanas, porque me permite hacer las paces con mi infancia.
El hecho es que el otro día la Guardia Civil descatalogó un triciclo llevándolo, por extensión, a la extinción. Porque descatalogar es vaciar de entidad social y económica a un producto y éso, señores, es matar en vida.
La cuestión era que un hombre adulto iba en un triciclo, cuesta abajo (porque es lo que tienen los triciclos)y por la noche (y sin luces, que es lo que siguen teniendo estas máquinas)El hombre se había subido a él, supongo que por nostalgia del pasado (aunque no sé si existe el concepto nostalgia del futuro) Y vio una cuesta, y acabaron denunciándolo no por este hecho sino porque el triciclo no estaba catalogado como vehículo.
Yo creo que lo acusaron porque la infancia no se puede catalogar y además siempre es cuesta abajo, sin frenos ni luces. Así que en el fondo aquello desclasificado no era el triciclo, sino la niñez; y que te detengan por éso, sólo puede pasar en Andalucía.
Además le acusaron de poner su vida en peligro además de la de los demás(él no lo sabía en ese momento y, cuando era un chaval, menos todavía). Supongo que le pasó porque ver a una persona de más de cincuenta años sobre un vehículo semejante, mata de nostalgia.
Adujeron que conducía temerariamente y supongo que es difícil concebir un triciclo como una máquina segura y fiable. Y como a veces nos compramos el traje que nos ponemos por las mañanas en las rebajas, no entendemos que no se puede detener a un tipo por ser feliz, en medio de la noche.
Yo siempre pensé que la persona en cuestión quería suicidarse, y que la mejor forma de hacerlo era volviendo al momento en el que nació. Entiendo que el hombre le debía dos besos al futuro. El primero de ellos lo apuntó a la cuenta del deseo y al segundo seguro que se acostumbró. Y en esas estaba cuando decidió subirse a la máquina infernal y descatalogada para descender al infierno, que es donde los besos se encuentran con los labios perdidos. Y la ley, que no entiende de infancias perdidas, no supo qué contestar al intercambio de saliva. Y el hombre siguió pensándose la niñez perdida.
Me pareció bonito ser detenido subido a lomos de un triciclo, pero que descatalogaran la infancia de ese señor fue como borrar la mía de golpe, aunque no recuerde haber subido nunca a un triciclo.

dimecres, de gener 20, 2010

20 de enero de 2010

Marnei la ladrona

Deshacer es siempre más fácil que hacer todo lo contrario. Así leí, entre tercio y tercio, que unos ladrones habían robado en una sola noche unas placas solares que habían sido colocadas en dos semanas. A mí el hecho me recordó el poco tiempo que tardé en desmontar el proyecto de persona que soy, comparado con el que habían dedicado mis padres a construir otra cosa que resultó ser curiosamente similar.

En la superficie me pareció que aquellos ladrones ponían en evidencia (que es su cometido) el trabajo de los montadores de placas, pero en el fondo creo que la reflexión pasa por pensar en lo efímeras que pueden llegar a ser las cosas, sobre todo las solares.

Al siguiente tercio del periódico (y de la cuenta del bar) salió a relucir el robo de diez jilgueros (creo que es la primera vez que escribo esta palabra, y me parece preciosa) y pensé que hay desfalcos que dejan en evidencia a los demás, y otros que nacen de las contradicciones ajenas: robar a seres a los que se les ha encarcelado la voz, me parece atroz.

A menudo nos arrebatan el alma para ponerla en otro sitio mucho más carcelario que el original. Pasa en la adolescencia, con la absorción de las penas ajenas y en el amor. Si miro al horizonte y veo rejas transparentes me pongo nervioso. La inmadurez no me deja vivir tranquilo porque nunca residí en ésto de la vida de forma ordenada, y ahora llego tarde a la cita con la pausa. Y nos acostumbramos tanto a que nos roben que necesitamos a esos ladrones de jilgueros para volar bien alto y cantar.

Parece evidente que la crónica de la humanidad la han escrito sus hurtos. A veces lo pienso y, como si hubiera decidido ser ladrón de profesión lo sería de guante blanco, me parece un poco ético.

Por éso me gusta Marnei la ladrona: roba desde el cariño y, al irse con todo, te deja absolutamente vacío de rabia. Me vino a la mente después de pensar en que, tal vez, los ladrones de placas solares deberían dedicarse a montarlas; pero en el orden de las cosas están los elementos que las destruyen, y ésto mismo me volvió a parecer, por segunda vez, un poco ético.

Ayer presencié un último saqueo semanal: el cielo le robó el azul al mar, y se vistió de añil celeste para bailar en la boda de los locos que se parecen a los cuerdos, pero sin atar. Ya era hora de que el firmamento me dedicara un beso, porque hace años que no hago otra cosa que mirarlo...

En todo caso yo prefiero que se queden en sus casas, robándole el alma a sus amigos, familia o pareja. Que mañana todos iremos a la cárcel acusados de padecer un extraño ataque de cordura que nos volverá los locos más cuerdos del mundo.

divendres, de desembre 18, 2009

18 de diciembre de 2009

No ver, no hablar, no oír
Cuando ceno con amigos sordos veo mucho más de lo que escucho, por solidaridad. Y cuando lo hago con gente que habla demasiado me pasa exactamente lo mismo, pero muy a mi pesar, me doy cuenta mucho más tarde. Así que salgo a cenar con mis iguales para encontrarme, pasada la media moche, con sordos y charlatanes. Y éso es porque las diferencias me gustan, y si son insalvables, me fascinan.

Así que el otro día, en mitad de la noche (para la cenicienta las 00:00 pero para mí una o dos horas más tarde) aparecieron dos amigos sordos que me enseñaron a leer los labios, los ojos y las cartas de los restaurantes baratos. Como no hay nada mejor que sentirse alumno para ser un buen profesor, aprendí, dejé de oír e incluso conté chistes en el idioma de los signos.

Y en ese momento me acordé de que, una vez, vi que había un puzle de mil piezas de Jimi Hendrix: un tipo al que alguien tuvo la infeliz idea de reducirlo a un rompecabezas... ¡de sólo mil piezas! Así que me pareció una temeridad y seguí disfrutando del momento sin paciencia para montarlo.

Ser sordo es lo más sensato que me ha pasado en los últimos cuatro excesos porque mis gestos, ahora, son más de lo que soy sin ellos. Cuando quiera un poco de cordura en mi vida llamaré a los bomberos del infierno.

Durante toda la noche (y parte de la madrugada) fui capaz de comunicarme con las manos. A mí siempre me pareció que las palabras valían más que los cayos de las extremidades, pero aquella noche, cerveza en mano, me di cuenta de todo lo contrario; y de que lo contrario lo explicaba todo.

Por éso empecé a fijarme en mis manos, pequeñas y rajadas por la vida. Cuando tocaba, oía; y mientras lo hacía dejaba de oír. Sentirse comprendido cuando se habla no tiene ningún mérito si se compara con comprender una caricia. Lo primero y lo segundo lo inventaron los romanos (o antes) pero lo que hay en medio es cosa del siglo XXI.

Y en esas me encontré, cenando con dos sordos, en medio de un pub, oyéndolo todo. Y la gente se preguntaba por qué nos decíamos las cosas sin hablar, como la vida en pareja. A mí me dieron ganas de casarme pero que no me oigan mis amigos sordos.

Anoche lo vi lo suficientemente claro: sin lo suficiente, lo bastante me viene, a veces, un poco demasiado grande.

Y entre que uno oía poco por la oreja derecha y que el otro medía demasiado, entendí que los dos amigos que vinieron de Andalucía se sacaron el carné de sordos para no oír lo que se publicaba en los diarios. Sobre todo si se titula, en la más absoluta oscuridad auditiva, Calle Melancolía.

divendres, de novembre 20, 2009

20 de noviembre de 2009

Te quieres, no te quieres


No nos gustamos, definitivamente. Y no lo hacemos porque nos movemos entre las flores por una primavera demasiado invernal. Y así de intransigente me encuentro porque leo en un titular de prensa que a un famoso cantante de rock (bueno, más bien de pop) le hubiera gustado ser jugador de balonmano. Y así sucesivamente. Ahora me apetece ser pescadilla y prefiero morderme la cola y no la lengua (porque la cola es el final y los finales son para disfrutarlos a duras dentelladas)

Ciertamente, sigo pensando que no nos gusta lo que vemos por las mañanas reflejado en los escaparates de ropa de saldo y que la razón de todo ello es que no encontramos nunca a nadie al que querer lo suficiente dado que nunca supimos calcularlo demasiado. Y en ese desconcertante estado de las cosas solemos tumbarnos bien erguidos, y solemos olvidar que alguna vez le dijimos a alguien que la razón por la que nos levantábamos todas las mañanas de la cama era verla sonreír.

Yo, cuando me alzo de la cama, suelo sorprenderme porque me sobreviene, sin esperarlo otra mañana. Así que hace tiempo que me conformo maravillosamente con lo que suelo ser: a veces un estudiante de botánica humana, a veces un profesor de capa y espada. Otras (las menos) un hombre perdido entre el bosque que florece entre esos dos oficios.

Efectivamente, me siento a veces como el viejo que piensa que las personas han ido solucionando todos los problemas que ha tenido en la vida. Otras veces como el viejo al que, teniendo ya las respuestas, nadie le pregunta, porque las contestaciones son muy duras y el alma muy blanda.

Taxativamente: no nos gustamos e invadimos personalidades ajenas, nos disfrazamos, en los carnavales de la vida, de prostitutas sin tacón en las suelas. El cantante de pop caracterizado de jugador de balonmano y el político de aprendiz de colchonero. Aunque lo cierto es que ambos serían perfectos profesores de dibujo técnico, porque la libertad y la ciencia se besan poco por los portales.

Sencillamente, deberíamos bajar, al fondo a la derecha, hacia las estrellas. Con los besos, mojados e inquietos de los que nos rodean, teniendo lo suficiente.

No nos gustamos, definitivamente. Y la culpa de todo es esa eterna corona funeraria de flores desgastadas que no nos deja querernos por los rincones. Yo creo que a veces, las noches cerradas se abren como oxidadas ventanas y que las personas que nos rodean son ese cielo hasta donde nos apetece ver. Mañana volveré a ser inconsecuente, pero hoy me apetece gustarme, por si acaso se le ocurre regresar al descerebrado adolescente que fui.

dimarts, d’octubre 20, 2009

20 de octubre de 2009

Bares de carretera


A veces a uno le da la sensación de que está pasando el tiempo como un huracán por su lado, arrasándolo todo a su paso. Y a veces uno no se da cuenta de ello hasta que no observa el devastador páramo que ha dejado el vendaval a su paso. Sólo unos cuantos ven en ese dolor indescriptible un perpetuo analgésico contra el desamor. En cambio otros nunca más volverán a entender qué les está pasando en sus vidas.

Esta sensación la asocio a las paradas que realizo en los viajes, en los fascinantes bares de carretera. Me parecen lugares formidables donde morir un poco por su anonimato, su cadencia triste, sus papeles en el suelo y esa sensación de que allí dentro ha estado lloviendo durante toda la noche. Incluso el tiempo suele acomodarse en estos sitios en los que nadie se mira, nadie se toca.

Algunos de ellos, como el de La Font de la Figuera, son completamente ineludibles. No puedes hacer nada, sólo paras a la salida del pueblo, haciendo la curva a la derecha, dejándote el orgullo al otro lado.

Al entrar por la puerta de estos lugares suele producirse una extraña sensación de vergüenza difícilmente explicable si no se es viajero o si nunca se ha tenido una tremenda frustración en la vida. Si los bares de la gran ciudad se llenan al abrigo de las decepciones amorosas, los de carretera se vacían en proyección aritmética.

Y a mí los huracanes me fascinan, hasta el punto de que solía quedarme de pequeño en medio de los descampados, cuando más aire hacía, y cerraba los ojos. Creo que lo hacía porque la sensación de que eres una hoja de árbol no se tiene todo los días, y es difícil de conseguir. Y llegaba a casa lleno de polvo y de vida. Ahora esta sensación sólo la encuentro en los bares de carretera, porque ya no quedan descampados en las grandes ciudades, ni se mueve el polvo de manera circular, ni llego a casa lleno de polvo.

Y si alguna vez tengo la sensación de que un huracán está arrasándome, salgo de viaje y paro en los bares de carretera abandonados, ésos por los que alguna vez pasó la nacional. Y una vez allí, con mucha vergüenza entro por la puerta. Y veo que nadie se mira ni se toca. Y me siento en frente de la vitrina de las navajas, siempre en la barra, que es el alma de los bares. Sé que me juego la vida en esos momentos, pero ustedes saben que lo que duele es infinitamente más curativo que lo que no. En cierto modo creerán que no es tan admirable entrar en un bar de carretera, pero les aseguro que no hay un lugar más alejado de la tierra que una banqueta al fondo a la derecha, frente la vitrina de navajas, en la barra de un bar de carretera.

divendres, de setembre 18, 2009

18 de septiembre de 2009

Los zapatos de sus madres

Fascinante, paranormal y común, tremendamente común. Quien haya pasado más de media hora con una niña de cuatro o cinco años puede comprobar que le bastan cuatro o cinco minutos para despojar a cualquier mujer que tenga a su alcance de sus zapatos de tacón. Algunas de las condiciones que validan esta teoría es que el calzado sea bien estratosférico, no importa ni el color, ni la forma, ni el material del que estén realizados: sólo importa su altura.

La intención es una especie de incógnita maravillosa, impermeable y sensata. Yo casi siempre intuí que la falta de temeridad les hacía pensar que desde allí podrían pasearse por el mundo a grandes zancadas. Incluso que de sus referentes, esas personas de allá arriba, lo único que les interesaba son los pies y, por extensión, lo que les comunica con el mundo terrenal, que son sus zapatos.

Entiendo que la podología está intentando explicar muchos fenómenos médicos, pero éste está mucho más relacionado con el corazón. Yo creo que las niñas se sienten allá arriba más personas porque sólo necesitan poner dos o tres centímetros en su vida para ser completamente felices. Ya lo ven todo claro y tienen la tranquilidad de un número primo.

En cambio los niños de esa misma edad buscan objetos contundentes con los que subir esos dos o tres centímetros, mucho más deprisa, mucho más físicamente, con la prisa del cartero comercial. Les puede la pasión física por las cosas, su estado netamente material.

Es evidente que de entre los dos casos, el más paranormal es el del mundo femenino, y sus consecuencias en nuestras vidas me resultan altamente vitales.

La reflexión no tendría ningún sentido mucho más allá de sí misma si no fuera porque es septiembre, y cuando llega este mes es demasiado tarde para suicidarse. Y en este período del año todo vuelve. Vuelve la sensación de que la ciudad se sale por la nariz, como cuando tragas un vaso de agua y acabas expulsándola erróneamente por las fosas nasales. Vuelven también los amantes a los parques con más ropa y más ganas de quererse sin necesidad imperiosa de mirarse. Vuelven las nubes a llorar por los portales. También vuelven las heridas a cicatrizarse sin pedir nada a cambio, porque septiembre cose las almas descosidas.
Y vuelvo a mirar la ropa tendida de los vecinos, y a escuchar conversaciones ajenas en las mesas de los bares. Y vuelvo a las plazas circulares, porque mañana volverán las palomas y quisiera estar allí. También vuelven la nicotina y el trabajo a calcular cómo matarme un poco más despacio. Y vuelven, desde la cordura más absoluta, las niñas a subirse a los zapatos de sus madres.