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divendres, de desembre 18, 2009

18 de diciembre de 2009

No ver, no hablar, no oír
Cuando ceno con amigos sordos veo mucho más de lo que escucho, por solidaridad. Y cuando lo hago con gente que habla demasiado me pasa exactamente lo mismo, pero muy a mi pesar, me doy cuenta mucho más tarde. Así que salgo a cenar con mis iguales para encontrarme, pasada la media moche, con sordos y charlatanes. Y éso es porque las diferencias me gustan, y si son insalvables, me fascinan.

Así que el otro día, en mitad de la noche (para la cenicienta las 00:00 pero para mí una o dos horas más tarde) aparecieron dos amigos sordos que me enseñaron a leer los labios, los ojos y las cartas de los restaurantes baratos. Como no hay nada mejor que sentirse alumno para ser un buen profesor, aprendí, dejé de oír e incluso conté chistes en el idioma de los signos.

Y en ese momento me acordé de que, una vez, vi que había un puzle de mil piezas de Jimi Hendrix: un tipo al que alguien tuvo la infeliz idea de reducirlo a un rompecabezas... ¡de sólo mil piezas! Así que me pareció una temeridad y seguí disfrutando del momento sin paciencia para montarlo.

Ser sordo es lo más sensato que me ha pasado en los últimos cuatro excesos porque mis gestos, ahora, son más de lo que soy sin ellos. Cuando quiera un poco de cordura en mi vida llamaré a los bomberos del infierno.

Durante toda la noche (y parte de la madrugada) fui capaz de comunicarme con las manos. A mí siempre me pareció que las palabras valían más que los cayos de las extremidades, pero aquella noche, cerveza en mano, me di cuenta de todo lo contrario; y de que lo contrario lo explicaba todo.

Por éso empecé a fijarme en mis manos, pequeñas y rajadas por la vida. Cuando tocaba, oía; y mientras lo hacía dejaba de oír. Sentirse comprendido cuando se habla no tiene ningún mérito si se compara con comprender una caricia. Lo primero y lo segundo lo inventaron los romanos (o antes) pero lo que hay en medio es cosa del siglo XXI.

Y en esas me encontré, cenando con dos sordos, en medio de un pub, oyéndolo todo. Y la gente se preguntaba por qué nos decíamos las cosas sin hablar, como la vida en pareja. A mí me dieron ganas de casarme pero que no me oigan mis amigos sordos.

Anoche lo vi lo suficientemente claro: sin lo suficiente, lo bastante me viene, a veces, un poco demasiado grande.

Y entre que uno oía poco por la oreja derecha y que el otro medía demasiado, entendí que los dos amigos que vinieron de Andalucía se sacaron el carné de sordos para no oír lo que se publicaba en los diarios. Sobre todo si se titula, en la más absoluta oscuridad auditiva, Calle Melancolía.

divendres, de novembre 20, 2009

20 de noviembre de 2009

Te quieres, no te quieres


No nos gustamos, definitivamente. Y no lo hacemos porque nos movemos entre las flores por una primavera demasiado invernal. Y así de intransigente me encuentro porque leo en un titular de prensa que a un famoso cantante de rock (bueno, más bien de pop) le hubiera gustado ser jugador de balonmano. Y así sucesivamente. Ahora me apetece ser pescadilla y prefiero morderme la cola y no la lengua (porque la cola es el final y los finales son para disfrutarlos a duras dentelladas)

Ciertamente, sigo pensando que no nos gusta lo que vemos por las mañanas reflejado en los escaparates de ropa de saldo y que la razón de todo ello es que no encontramos nunca a nadie al que querer lo suficiente dado que nunca supimos calcularlo demasiado. Y en ese desconcertante estado de las cosas solemos tumbarnos bien erguidos, y solemos olvidar que alguna vez le dijimos a alguien que la razón por la que nos levantábamos todas las mañanas de la cama era verla sonreír.

Yo, cuando me alzo de la cama, suelo sorprenderme porque me sobreviene, sin esperarlo otra mañana. Así que hace tiempo que me conformo maravillosamente con lo que suelo ser: a veces un estudiante de botánica humana, a veces un profesor de capa y espada. Otras (las menos) un hombre perdido entre el bosque que florece entre esos dos oficios.

Efectivamente, me siento a veces como el viejo que piensa que las personas han ido solucionando todos los problemas que ha tenido en la vida. Otras veces como el viejo al que, teniendo ya las respuestas, nadie le pregunta, porque las contestaciones son muy duras y el alma muy blanda.

Taxativamente: no nos gustamos e invadimos personalidades ajenas, nos disfrazamos, en los carnavales de la vida, de prostitutas sin tacón en las suelas. El cantante de pop caracterizado de jugador de balonmano y el político de aprendiz de colchonero. Aunque lo cierto es que ambos serían perfectos profesores de dibujo técnico, porque la libertad y la ciencia se besan poco por los portales.

Sencillamente, deberíamos bajar, al fondo a la derecha, hacia las estrellas. Con los besos, mojados e inquietos de los que nos rodean, teniendo lo suficiente.

No nos gustamos, definitivamente. Y la culpa de todo es esa eterna corona funeraria de flores desgastadas que no nos deja querernos por los rincones. Yo creo que a veces, las noches cerradas se abren como oxidadas ventanas y que las personas que nos rodean son ese cielo hasta donde nos apetece ver. Mañana volveré a ser inconsecuente, pero hoy me apetece gustarme, por si acaso se le ocurre regresar al descerebrado adolescente que fui.

dimarts, d’octubre 20, 2009

20 de octubre de 2009

Bares de carretera


A veces a uno le da la sensación de que está pasando el tiempo como un huracán por su lado, arrasándolo todo a su paso. Y a veces uno no se da cuenta de ello hasta que no observa el devastador páramo que ha dejado el vendaval a su paso. Sólo unos cuantos ven en ese dolor indescriptible un perpetuo analgésico contra el desamor. En cambio otros nunca más volverán a entender qué les está pasando en sus vidas.

Esta sensación la asocio a las paradas que realizo en los viajes, en los fascinantes bares de carretera. Me parecen lugares formidables donde morir un poco por su anonimato, su cadencia triste, sus papeles en el suelo y esa sensación de que allí dentro ha estado lloviendo durante toda la noche. Incluso el tiempo suele acomodarse en estos sitios en los que nadie se mira, nadie se toca.

Algunos de ellos, como el de La Font de la Figuera, son completamente ineludibles. No puedes hacer nada, sólo paras a la salida del pueblo, haciendo la curva a la derecha, dejándote el orgullo al otro lado.

Al entrar por la puerta de estos lugares suele producirse una extraña sensación de vergüenza difícilmente explicable si no se es viajero o si nunca se ha tenido una tremenda frustración en la vida. Si los bares de la gran ciudad se llenan al abrigo de las decepciones amorosas, los de carretera se vacían en proyección aritmética.

Y a mí los huracanes me fascinan, hasta el punto de que solía quedarme de pequeño en medio de los descampados, cuando más aire hacía, y cerraba los ojos. Creo que lo hacía porque la sensación de que eres una hoja de árbol no se tiene todo los días, y es difícil de conseguir. Y llegaba a casa lleno de polvo y de vida. Ahora esta sensación sólo la encuentro en los bares de carretera, porque ya no quedan descampados en las grandes ciudades, ni se mueve el polvo de manera circular, ni llego a casa lleno de polvo.

Y si alguna vez tengo la sensación de que un huracán está arrasándome, salgo de viaje y paro en los bares de carretera abandonados, ésos por los que alguna vez pasó la nacional. Y una vez allí, con mucha vergüenza entro por la puerta. Y veo que nadie se mira ni se toca. Y me siento en frente de la vitrina de las navajas, siempre en la barra, que es el alma de los bares. Sé que me juego la vida en esos momentos, pero ustedes saben que lo que duele es infinitamente más curativo que lo que no. En cierto modo creerán que no es tan admirable entrar en un bar de carretera, pero les aseguro que no hay un lugar más alejado de la tierra que una banqueta al fondo a la derecha, frente la vitrina de navajas, en la barra de un bar de carretera.

divendres, de setembre 18, 2009

18 de septiembre de 2009

Los zapatos de sus madres

Fascinante, paranormal y común, tremendamente común. Quien haya pasado más de media hora con una niña de cuatro o cinco años puede comprobar que le bastan cuatro o cinco minutos para despojar a cualquier mujer que tenga a su alcance de sus zapatos de tacón. Algunas de las condiciones que validan esta teoría es que el calzado sea bien estratosférico, no importa ni el color, ni la forma, ni el material del que estén realizados: sólo importa su altura.

La intención es una especie de incógnita maravillosa, impermeable y sensata. Yo casi siempre intuí que la falta de temeridad les hacía pensar que desde allí podrían pasearse por el mundo a grandes zancadas. Incluso que de sus referentes, esas personas de allá arriba, lo único que les interesaba son los pies y, por extensión, lo que les comunica con el mundo terrenal, que son sus zapatos.

Entiendo que la podología está intentando explicar muchos fenómenos médicos, pero éste está mucho más relacionado con el corazón. Yo creo que las niñas se sienten allá arriba más personas porque sólo necesitan poner dos o tres centímetros en su vida para ser completamente felices. Ya lo ven todo claro y tienen la tranquilidad de un número primo.

En cambio los niños de esa misma edad buscan objetos contundentes con los que subir esos dos o tres centímetros, mucho más deprisa, mucho más físicamente, con la prisa del cartero comercial. Les puede la pasión física por las cosas, su estado netamente material.

Es evidente que de entre los dos casos, el más paranormal es el del mundo femenino, y sus consecuencias en nuestras vidas me resultan altamente vitales.

La reflexión no tendría ningún sentido mucho más allá de sí misma si no fuera porque es septiembre, y cuando llega este mes es demasiado tarde para suicidarse. Y en este período del año todo vuelve. Vuelve la sensación de que la ciudad se sale por la nariz, como cuando tragas un vaso de agua y acabas expulsándola erróneamente por las fosas nasales. Vuelven también los amantes a los parques con más ropa y más ganas de quererse sin necesidad imperiosa de mirarse. Vuelven las nubes a llorar por los portales. También vuelven las heridas a cicatrizarse sin pedir nada a cambio, porque septiembre cose las almas descosidas.
Y vuelvo a mirar la ropa tendida de los vecinos, y a escuchar conversaciones ajenas en las mesas de los bares. Y vuelvo a las plazas circulares, porque mañana volverán las palomas y quisiera estar allí. También vuelven la nicotina y el trabajo a calcular cómo matarme un poco más despacio. Y vuelven, desde la cordura más absoluta, las niñas a subirse a los zapatos de sus madres.

dimecres, d’agost 05, 2009

17 de junio de 2009

Tren hacia el Río de la Plata


El ser humano es un individuo fascinante porque fabrica, entre él y el futuro que lo ha parido, una distancia tan grande como la que se produce entre tu espalda y mi espalda, a veces, en la cama, en una noche fría de invierno. Suelen ser personas que se sienten como dentro de un tren de alta velocidad y que no diferencian el puedo del quiero, de madrugada.

En todas las demás culturas, donde no se sienten tan avanzados, todavía florecen los pueblos al abrigo del ferrocarril: las tiendas, los barrios, las casas revientan como cárdenos capullos, latiendo con el ruido de los raíles. Para ello el tren tiene que ir despacio, acústica, social y económicamente hablando. Y sus usuarios, sentados, expectantes, intranquilos en sus asientos pero cómodos con el precio del trayecto, porque van a trabajar, a venderse, y a nadie le gusta que ese negocio les cueste más dinero de lo habitual.

Y es en esos países cuando en los vagones la gente vende chocolatinas, termómetros o infecciones de sida: todo tiene un precio relativo al ladito del río de la plata. Y darle la espalda al futuro, cuando supuestamente te lo tiene que ir dando todo, es de países demasiado civilizados.

Mientras el gusano de hierro recoge pasajeros y vendedores ambulantes a partes iguales, yo miro por la ventana a los niños descalzos con pasados remotos, disfrutando con los caramelos, sumidos en un fuerte olor a mate. Justo enfrente de mí, una peruana le da de merendar a su hijo una chocolatina mientras el tren de la costa sigue su tortuoso camino de Retiro a Tigre.

El camino, como la ciudad, tiene el suelo picado de viruela, es el adolescente de la cara reventada por el taconeo del argentino desesperado. Yo creo que fue en este tren donde debió comenzar la conquista del espacio porque nunca encontré un lugar más lunático y más alejado de nuestro planeta que este vagón.

A la vuelta me cercioro de que su futuro está en buenas manos y me acerco al cementerio de Recoleta. Definitivamente las ciudades las fotografían sus muertos y creo que los cementerios deberían sustituir a los Centros de Información Turística. Basta con perseguir a tu sombra por los panteones para entender lo que les pasará en unos años. Es hermosa la muerte custodiada por estatuas, cuervos y rugir de colectivos.

Por éso, en esta ciudad, nadie quiere dormir y lo mejor es perderse en Corrientes, dentro de algún libro de Roberto Arlt, « ¿En qué se diferencia la relación del dueño del prostíbulo y sus trabajadoras con el empresario y sus asalariados? El capitalismo se mece en la cuna de la vergüenza más absoluta» El futuro se escribió a principios del siglo veinte: por éso el ser humano es un individuo fascinante. Efectivamente, Buenos Aires es como contabas.

20 de mayo de 2009

Palabra en servilleta de bar

En algún momento de no sé qué noche escribí en un trozo de servilleta de bar de carretera que los seres humanos que no deshojan las margaritas no recibirán coronas de flores el día de su sepelio. A veces me asusta lo que escribo y no hay semana que no vacíe el morral que llevo perpetuamente de papeles, por si acaso se le ocurre regresar a esa persona que soy con un bolígrafo en la mano.

Lo mejor de todo es que si juntas las cosas que apunto día sí, día no, sale la mayoría de las veces un texto completo (sin sentido pero con una extraña forma de texto que resulta altamente paranormal) A mí ya me parece algo más o menos normal porque no lo pienso. Mi normalidad suele ser directamente proporcional a mi ignorancia.

Quizá por eso algunos amigos dicen que no entienden lo que escribo, que les parece deslavazado, sin atar, menguante, despreocupado y con un cierto aire de texto inservible que no pueden dejar de leer. Yo lo he atribuido siempre a que me intereso, como un perro, por lo que puedo oler a ras de suelo. Y miro desde abajo, moviendo la cola de lado a lado de la calzada.

Es cierto que escribir sobre lo que se escribe no está de moda, es un color del arco iris que ya no se lleva ni en el mango de los paraguas, pero hace pensar en aquello de que sabe más el tonto en su casa que el sabio en casa del tonto. Y en ese sentido creo saber más que los demás del origen de los textos que escribo: todos salen del fondo del morral.

Y en ese fondo es donde aparecieron hace unos días unas palabras arrolladoras. Sabía que no eran mías porque tenían sentido por sí solas y no dependían de otros trozos de servilleta de bar de carretera que las convirtiera en texto completo: “te dejo frente al mar/ descifrándote sola/ sin mi pregunta/ sin mi respuesta rota”

Ayer, ese trozo de servilleta que creía completo se apuntó a la moda de las servilletas de bar de carretera de mi morral. En página impar se veía en el periódico la cara que algún día tendrá la poesía si se somete a una operación quirúrgica: nos había dejado solos Benedetti, el poeta de los sueños locos.

Quiero que nunca más me de miedo a meter la mano en el morral, sacar un papel y leer lo que alguna noche en algún lugar escribí. Sueño deshojar una y mil margaritas para no tener que recibir coronas de flores en mi funeral. Y quiero, alguna vez, llegar a vender palomitas de maíz en los cines en busca de aquello de que la felicidad es la antesala de lo que uno debería considerar que es su propia felicidad. Mientras tanto, me quedo por aquí, “estaré donde menos/ lo esperes/ por ejemplo/ en un árbol añoso/ de oscuros cabeceos”

diumenge, d’abril 19, 2009

17 de abril de 2009

Con nocturnidad y alevosía

Me fascinan los tiempos que corren porque en su carrera se olvidan de mí por las mañanas. Las tardes es otra cosa y las noches vuelven a convertirse en el sístole y el diástole de mi existencia. Ir a turnos en la fábrica que es la vida es indispensable para tener perspectiva: yo ahora voy de 22 a 6.

En éste mi nuevo turno me he dado cuenta de la atemporalidad de los periódicos diarios, extraña contradicción. Si lees por la noche el que sale a primera hora de la mañana acaba teniendo sentido todo lo que allí se dice, como cuando creces y empiezas a entender todas y cada una de las frases que paulatinamente te iban repitiendo tus padres.

Creo que es porque las personas que se dedican a hablar por las mañanas piensan lo que han dicho a mediodía y luego actúan en consecuencia por la noche, así que todo vuelve a la anormalidad.

En todo caso, me preocupan sociológicamente los temas tratados: en mi última inspección nocturna me llamó la atención un artículo en el que se informaba de que el dolor estaba muy estudiado pero que el placer es el gran desconocido en la historia de la humanidad. Así el periodista comentaba que los avances médicos se habían basado en el concepto de sufrimiento y había olvidado el placer casi por completo. Bueno, éso es lo que pensé yo al finalizar la lectura del artículo.

Es parecido a lo que me ha pasado muchas veces con Andrés Calamaro, que me quita la razón y me la da al mismo tiempo porque sus letras insensibilizaron mis sentimientos durante mucho tiempo a modo de anestesia musical. Yo siempre lo consideré como un ataque a mi sufrimiento pero ahora me doy cuenta de que es un puente tendido hacia mi reconvertido concepto de placer.

En todo caso y después de leer con detenimiento el resto de los periódicos, deberíamos pensar que la sabiduría nos puede llevar a otros sitios, pero no tendrían que estar tan lejos.

Con nocturnidad y alevosía voy a seguir en este maravilloso turno de fábrica de la vida porque, en cierto modo, soy hijo de obrero del metal. Y necesito de la atemporalidad de los periódicos porque me educa en la temporalidad de lo que me pasa cuando me levanto. Ir de 22 a 6 te permite disfrutar del día cuando es de noche y, aunque parezca una contradicción, es cuando más iluminadas se encuentran las ideas. Ustedes pensarán que lo más bonito del mundo es ver amanecer pero seguro que no se han parado a pensar lo maravillosa que es la oscuridad de la noche en la gran ciudad. Y sobre todo, el grado de atemporalidad, que lo explica todo, porque abres el periódico y te das cuenta de que sus protagonistas ya se han arrepentido de sus pecados matutinos.

dilluns, de març 23, 2009

17 de marzo de 2009

La sirena y el inmigrante errante
Hay personas a las que conoces por los bares pero que nadie sabe realmente quiénes son. Y no suele haber término medio en su identidad: o son del barrio o son inmigrantes. Y yo que soy hombre de bar e inmigrante al mismo tiempo, suelo reconocerlos al instante y difícilmente los olvido.
De entre los inmigrantes unos venían de dedicarse a recolectar ovejas por los Montes Universales y otros de subirse a los camiones para ganarse la vida por Europa, llevando cosas de un lado para otro. Todos se cobijaron del chaparrón y se fueron al País Vasco, donde más llovía. Se invitaban a Txakoli a la salida del trabajo cuando las sirenas de las fábricas y de las ambulancias del Hospital de Cruces cantaban hirientes melodías de desamor. Tampoco eran de allí, pero nacieron sus hijos y eso les vinculó a aquella impagable tierra para toda la vida.
Olían a hierro, que es lo más parecido al olor del infierno y acabaron por olvidarse de dónde venían para disfrutar de hacia dónde ir. Viajaron más y peor, montando las muchas cosas que cabían en poco sitio dentro de camiones de mudanza, e iban hasta donde las fábricas les llevaban. Una vez allí intentaron que sus hijos fueran mejores personas que ellos, y en la gran mayoría de los casos lo consiguieron porque es lo que habían visto en sus casas: no podía ser de otra manera.
Siguieron oliendo a hierro aunque por momentos se atisbaba un precioso olor a lavanda. Siguieron el canto de las sirenas, más cerquita del mar, porque daban las dos y era la hora de volver a casa: en el fondo habían venido a comer.
Y aunque las bocas de los hornos se mudaron de ropa, y aunque por las noches la humedad se pegaba a sus chaquetas, cada nochevieja se juntaban a recordar nuevos tiempos, y mejores, al abrigo del olor de las gambas y los palitos de mar con salsa rosa.
El destino les llevó a subirse a los camiones que habían abandonado hacía tiempo o a jubilarse tras la Reconversión, pero sus hijos les prometimos fidelidad eterna ante el tremendo hito que habían realizado.
Uno de ellos era El Socio y, como venía diciendo al comienzo del artículo, era una de esas personas a las que se conocen en los bares aunque no sabes exactamente quién es. Se ha ido sin hacer mucho ruido, aunque seguro que lo que se escucha por donde esté serán las canciones de aquellas sirenas de fábrica y ambulancia. Tanto él como los que se quedan por aquí son auténticos Ulises del metal, dispuestos a dejarse seducir por las sirenas para convertirse en inmigrantes errantes si con ello salen adelante en la vida.
Si no hubiera final no tendría ningún sentido empezar las cosas. Por eso, la muerte lo explica todo y de golpe. Un abrazo, Socio.

dilluns, de febrer 23, 2009

20 de febrero de 2009

El increíble febrero menguante
Definitivamente nos ha entrado la cordura porque estamos aprendiendo a meter todo lo importante en poco espacio. Porque no se equivoquen, lo vital es pequeño y cabe, por analogía, en sitios minúsculos.
Los bares reducen los clientes y las consumiciones, las casas se disfrazan de ikeas, los televisores menguan sus perfiles, los besos se pegan a los vasos de chupito.
Todo ésto se lo debemos a la recesión, porque nos ha permitido vernos más pequeños de lo que éramos en un primer estadio, de lo que seremos en última instancia. Todos esperaban una bofetada de realidad que para muchos se ha convertido en un tremendo cardenal de cordura,...y les está gustando.
Hasta el amor ha adelgazado y El Corte Inglés se quedó sin clientes enamorados un día cualquiera de febrero. Se fueron a sus casas a demostrarse que se querían y que a nadie le importaba cuánto valía lo que se profesaban. Alquilaron una película en el videoclub de la esquina y la lluvia, los labios y la nevera llena no les dejaron salir en todo el fin de semana.
Incluso cenando un día me di cuenta de que casi gana Gran Hermano la persona más pequeña: lo entendí todo y lo intenté meter en mi pendrive: cabía.
He cambiado la agenda que arrastraba por los bares por un móvil de ésos en los que cabe todo y del que por ahora no entiendo nada. Aunque sé que volveré dentro de poco a ella, cuando la nostalgia me despierte de este minúsculo sueño. Me sigue fascinando el almacenamiento de miniaturas vitales, que son las cuatro palabras que junto con los amigos por las noches, por lo bares. Ya echo de menos la agenda, aunque ocupe.
Por las noches duermo poco y los motivos son muchos y diferentes así que cuando agoniza la tarde suelo frotarme las manos porque me queda tanto por vivir hasta el día siguiente que a menudo me asusto un poco. Mañana creo que será también un día pequeño, lleno de buenos días matutinos y de raciones insignificantes de chipirones en su tinta, supongo que para ahorrar.
Han vuelto las ferreterías a las manzanas de las calles, las tiendas de reparaciones y las reducciones en las grandes cocinas internacionales. Los filetes han ganado la partida a los entrecots y el amor, en progresión aritmética, vuelve a hacerse enorme cuando asoma la primavera. Porque se viene demostrando con besos diarios y regalos de cenas de enamorados.
En tiempos de paz relativa yo no soy quien para juzgar y aunque volverá el Street figther intelectual, espero que dentro de mucho, le doy las gracias a la crisis por reducir los caminos a sendas, a ésas que suelen llevar sin remedio hacia uno mismo.

divendres, de gener 23, 2009

20 de enero de 2009

Los comensales se van desnudando
Mientras la mesa se iba desnudando con la ayuda de los camareros, los comensales iban vistiéndola al abrigo de los licores. Ya me siento completamente incapaz de pasar por alto una conversación a la que no he sido invitado pero a la que por obligación filológica me siento en el compromiso de participar.
Lo primero es intentar contextualizar a los participantes: se trataba de un grupo relativamente heterogéneo comandado por dos cabecillas estratégicamente sentados. Lo segundo, el tema: la persona que estaba más alejada de mí fue la que me dio la pista más cercana, «aquí de caballos no se habla pero nos entendemos con el lenguaje de los caballos» - comentaba la persona en cuestión. Esperé pacientemente que se pusieran a relinchar y que se fueran cagando por el restaurante hasta dejarlo como las calles en Semana Santa, pero de haber sido así no hubiera tenido material para el artículo.
Cuanto más se reían ellos menos lo hacía yo y viceversa, puesto que ni yo entendía las gracias que se iban realizando sobre el mundo ecuestre ni ellos se daban cuenta de lo divertidas que resultaban algunas de sus estructuras sintácticas.
Algunos ya estaban con el faria en la boca, con la droga de la soledad, ésa que te abraza la tráquea. Otros volvieron al champán. Yo seguía escuchando pacientemente. Se deduce que alguno de ellos eran profesores de equitación porque apunté en la retina la siguiente afirmación, «tú eres muy diplomático porque sólo le das clases a tu novia». Y ya saben que cuando sale el tema de los sexos, las conversaciones se tornan surrealistas, «Tengo sueños ansiosos en los que aparece un picadero hinchable» (léase el vocablo picadero con su acepción coloquial) -asintió otro comensal.
Y un frente nuboso, formado por el humo del tabaco y el alcohol, comenzaba a sobrevolar la mesa en la que el tema principal se retomó con absoluta tranquilidad, «Éste deporte sólo tiene dos secretos: llegar bien y tener un avión entre las piernas» Entiendo que hablaban de ganar algún campeonato de saltos,...o no. Lo cierto es que me pedí otra cerveza, aunque hacía mucho tiempo que había pagado la cuenta; ustedes comprenderán que la ocasión lo merecía.
Me harían falta diez columnas como ésta para describir el cinco por ciento de lo que allí se dijo. Y otras diez para intentar explicar lo siguiente que escuché, «hacer el amor con una arquitecta es derrumbarse ante el polígrafo con patas que es tu futura mujer»
Mientras la mesa se iba vistiendo para la próxima gala, los comensales iban desnudándose cada vez más, y todo el mundo acabó, para mí, en calzoncillos en medio del bar.

divendres, de desembre 19, 2008

19 de diciembre de 2008

Sólo un cuento sobre la soledad
Casi todas las cosas que paseamos a diario nos merecen poco respeto: no tratamos con cariño el cepillo de dientes, ni mimamos las llaves del coche, ni rendimos pleitesía al sonido polifónico de nuestro móvil,...En cambio en lo extraordinario, lo puntual, volcamos nuestros sentimientos, lo halagamos y nos rendimos ante su permanente y extrema fuerza.
En este mismo sentido valoramos el momento húmedo del beso, del labio que se mece en la comisura contraria, y no los procesos que nos han llevado a realizar este acto. Tampoco buscamos, al escalar una montaña, el arqueo de las piernas durante el camino sino la fotografía en la cima. También hemos dejado de parar con el coche a observar el milagro de los granos de trigo de Castilla, cuando emprendemos un viaje a Madrid.
Estoy perdiendo mi precisión suiza y ahora me paro constantemente. Ya me atacó un virus parecido (ahora las enfermedades se llaman de esta manera) cuando me interesé por la fotografía porque me dio la posibilidad de verlo todo otra vez más despacio y entenderlo más deprisa. Mi prisa, definitivamente, se ha alquilado un piso a medias en el centro de la ciudad con mi pausa.
Por extraño que les parezca ha sido precisamente por éso que me he dado cuenta de que la ciudad no está tan iluminada como en años anteriores. Y por esa misma razón he vuelto a darme cuenta de que me gusta más así. Desde las ventanas del trabajo ya no rebotan las luces de El Corte Inglés, que años anteriores se morían de ganas por entrar a esa habitación sin ventanas en la que nos convertimos, algunas veces, en navidad.
Yo lo achaco todo a mi alrededor, ese espacio que nos enseña a querernos y nos abofetea en la mejilla del desconsuelo de vez en cuando porque lo necesitamos. Aunque a veces cuente las baldosas que beso con los pies y lea los horóscopos para saber que la gente que está lejos de mí se encuentra bien, lo que está a mi alrededor es lo que realmente me explica. Y éso, no lo olviden, sólo se descubre desde la soledad. Supongo que uno entiende que la necesita cuando se da cuenta de que es capaz de doblar las sábanas de la cama por sí mismo. Y como los límites de mi mundo son primos hermanos de los límites de mi lenguaje, si no lo escribo no soy capaz de doblar las sábanas de una cama solo.
Tal vez y sólo en ése caso, un ataque de soledad, de ésos que te sobrevienen por puras ganas de sentirte acompañado, explica la razón por la que sentirnos tan vivos en ciertos momentos. Y es la misma sensación de curiosidad que me produce el saber si fue sólo una persona la que inventó, en definitiva, la palabra soledad.

dimarts, de novembre 25, 2008

17 de noviembre de 2008

Las hojas caen sobre los bares

Sin duda ya decía el poeta que las heridas empiezan a cicatrizar a la hora en que la vida te acuchilla las entrañas. Que los sueños encuentran pasos de peatones en las autopistas que te construye el destino. Que los bares se deben abrir para cerrar las heridas.
Y con duda, afirmaba también que deberíamos construir nuestro discurso con la inestimable ayuda de los demás, con el dictado de colegio de las personas que nos rodean.
Yo pensaba que debía hacerle caso a García Márquez y pasar cien años en soledad, para ser centenario al menos en algo. Pero lo cierto es que me parece más apropiado en estos momentos leerme a los camareros que me atienden en los bares de la ciudad.
Como sociológicamente nunca he sido un tipo normal y siempre entendí el móvil del crimen si era pasional, también considero heroico que una persona te sirva con cierta dignidad cuando entre tú y ella hay una tapa de calamares como muro de Berlín.
Si los analizamos por especies, sin duda el más común de todos ellos es el que se apasiona por los azulejos con frases «ocurrentes» que, a modo de advertencia, te sugieren que pagues o te largues. Y los cuelga por las paredes y les fascinan los boletos de lotería con la foto de algún equipo de fútbol o, lo que es mejor, de la Legión y de Franco.
Como ecosistema el bar no está mal, pero sus especies lo superan en número y espectacularidad. Y si sustituimos el suave palpitar del piano sobre una tarima por la música electrónica de las máquinas, el espacio se convierte deprisa en un submundo en el que el tiempo pasa despacio. Y el cliente que ya estaba allí cuando tú llegaste y que lo seguirá estando cuando tú te vayas te asesina visualmente porque estás invadiendo su espacio vital.
Y las estaciones pasan sobre los locales y las hojas caen. También es otoño en los bares y los sobres de los azucarillos inundan el suelo, con un manto de frases de Platón y Séneca. Y hace frío por las mañanas. Y todo el mundo parece estar en un estado letárgico del que despertará en la siguiente estación.
Y aunque algunos sustituyeron la barra de ‘escay’ por la de madera y el taburete hidráulico, los camareros siguen haciendo literatura por allí, porque viven de nuestras fobias a la hora de pedir los cortados.
A veces me da miedo volver a casa sin haber entrado antes en el bar de la esquina porque pienso que me estoy perdiendo algún capítulo interesante en esta novela que me ha tocado protagonizar. Para los camareros sólo soy un cliente más, de ésos que se sientan siempre en el mismo sitio y que se despiden con un buenos días, aunque sean las tres de la mañana.

dimarts, d’octubre 21, 2008

18 de octubre de 2008

El concepto de propiedad
Me asusta el concepto de propiedad, lo reconozco. Cuando pienso en él me vienen a la mente, por deformación profesional, las palabras de Rousseau. En su Discurso sobre el origen de la desigualdad entre los hombres planteaba que el concepto de propiedad nació, no cuando alguien cercó un terreno e intentó convencer a los demás que era un espacio propio, sino cuando las demás personas que lo rodeaban lo asumieron como suyo, particular.
Ahora veo los pisos por las ciudades llenos de carteles con teléfonos y sin sueños. Y éso me produce una sensación fantasmagórica. Creo que ya no vive nadie en las ciudades porque todos quisieron construir en cinco años lo que sus padres todavía no han conseguido tener a las puertas de la jubilación.
Invirtieron en paredes y se olvidaron de no tapiar la puerta de salida de sus vidas; se olvidaron de respirar, de sacar préstamos para verse cada vez más guapos por las mañanas frente al espejo. Olvidaron, definitivamente, de dónde venían en realidad.
Eran obreros, pintores, electricistas, pontoneros, fresadores,...y les preocupaban las fábricas, el precio de la pintura de colores, los enchufes y el metal. Ahora hablan, en la hora del almuerzo, del Euribor sin saber exactamente lo que es, pero finiquitando sus cervezas por la tarde y las cenas con los amigos.
Soy y seré un cobarde del ladrillo (me viene de familia) pero me envalentono cuando se trata de hipotecarme para dormir mucho mejor por las mañanas, cuando utilizo los fondos del banco para invertir en mi propia felicidad.
A algunos los conozco desde que me salieron las muelas del juicio, a otros desde que lo finiquitaron. Y aunque parezca todo lo contrario, a todos les deseo que sus vidas fueran como antes,...aunque considero esta afirmación un defecto, ya que nadie debería de hipotetizar sobre la vida de los demás. Y lo hago porque me importan, igual que me importa la lluvia sobre los tejados, el sol escondiéndose por la noche, agazapándose despacio, esperando su hora.
Yo también sueño, pero despierto, como el poeta. Me da pena la gente que no ha podido comprar un lugar donde ser felices tal y como lo hicieron ellos en su día, porque éso no se lo merece nadie. En la guerra de la vida también hay daños colaterales; lo importante es no sentirse del bando que generó esa batalla.
Y lo peor de todo, por las ciudades hay carteles de colores, con números de teléfono pegados sobre las ventanas sucias. Y, como he dicho antes, me da mucho miedo encontrarme paseando por una urbe vacía de almas. A todos ellos les deseo lo mejor, sin duda.

dilluns, de setembre 22, 2008

19 de septiembre de 2008

La vida es un plumero
El acto de partir algo por la mitad es, desde hace tiempo, un acto de cobardía de límites catastróficos. Parece evidente que los ecologistas parten el ambiente porque no se atreven a defenderlo en toda su extensión. Resulta que el Medio Ambiente es más fácil preservarlo por mitades: entero da miedo hacerlo.
Hace tiempo tuve un maravilloso despiste en mi primer año de carrera, cuando en medio de la clase de literatura medieval le pregunté a mi compañero qué era Medio evo (que no un evo entero)Yo se lo había oído al profesor en un momento en el que bajé de mi nube (a mi manera, estaba haciendo literatura medieval) y acabamos los dos fuera de clase y las carcajadas de mi compañero se oían desde todos los rincones del aulario y nunca supe por qué alguien había partido un evo por la mitad,...ahora lo sé.
El miedo al tiempo es como un fantasma alquilado en un castillo alquilado: nadie sabe por qué pero asusta. Así, nos atrevemos a decir que comemos a mediodía, pero nos aterra hacerlo a las 12 de la mañana, así que nos damos dos horas de respiro y con ello fabricamos, sin querer, días de 28 horas.
Pero si hay algo que me perturba es el mundo de las frases hechas por personas que llevan media vida intentando comunicarse con ellas. Cuando alguien te pregunta dónde está tu media naranja me viene a la cabeza un cítrico rebanado en multipropiedad sobre un plato de esos de fondo de frutas con colores. Como también nos asusta el concepto de hombre entero, pues éso, la sabia literatura popular se encarga de recordarte que eres una rica naranja incompleta. A ustedes les parecerá una tontería, pero a mí me intimida.
Entre las cosas partidas que me han pasado últimamente, me ha fascinado la de una persona subtitulada que se dedicaba a partir cerdos de pata negra con la precisión de un cirujano de serie televisiva. El matarife no tenía desperdicio y su objetivo era la simetría. Todos los golpes estaban pensados para apoderarse del cuerpo del cerdo a partes iguales, en busca de la mitad. Además decía que había pasado media vida haciendo lo mismo y que la otra media no la recordaba. Entre golpe y golpe de cazalla el hombre subtitulado iba recorriendo con el catálogo de cuchillos los diferentes órganos del animal. En un momento determinado me quedé medio dormido y cuando desperté ya estaba La tienda en casa. Pensé: Por fin, un espacio televisivo donde la realidad es entera, completa y maravillosa. Nadie se plantea venderte medio plumero de esos que aterran al polvo y lo engullen. No compré el plumero porque el polvo no me molesta lo suficiente pero acabé durmiendo plácidamente, hasta el día siguiente, en el que fui completamente feliz.

divendres, de juliol 18, 2008

18 de julio de 2008

Superhéroes de entretiempo

Hasta ir a la cafetería Madonna se convierte en un placer en verano, porque la biblioteca cierra, el peregrinaje estudiantil se diluye y ya no se ven casi colillas de tabaco barato por las aceras.
El lugar es lo de menos, porque mi querencia natural en verano es evitar los sitios que me apasionan durante el invierno. Tratar el periodo estival como un fármaco es lo que tiene: se vuelven contra las personas sus efectos secundarios. Si leen cualquier prospecto podrán comprobar que solemos preocuparnos más por lo que nos pueda perjudicar que por lo que nos vaya a curar.
Como poco a poco vuelvo a visitar los bares, retomo con prudencia mi afición por escuchar palabras siempre sin ponerle cara a las mismas. Supongo que lo hago porque me interesa el fondo, no la forma. Llega a tal punto mi pequeño entretenimiento que a veces se me olvida la cara de la persona con la que estoy conversando y la llamo por otro nombre. Como iba diciendo, el otro día escuché una conversación entre tres personas que decían no haber visitado la playa desde el año pasado. Ésto no nos resultaría extraño si no fuera porque, al parecer, vivían a escasos metros de la orilla. Estuve a punto de entrar en la conversación pero últimamente padezco brotes minúsculos de prudencia que tendría que ir haciéndomelos mirar.
A pesar de lo aburrido de la charla me llegó al alma descubrir que en verano me convierto en el fugitivo de los espacios invernales, y no suelo frecuentar la playa y paseo a altas horas de la madrugada por la ciudad, porque es más luminosa que por el día.
Y creo que me pasa lo mismo con las personas: las hay de verano y de invierno, y no lo puedo remediar. Es una sensación triste cuando llega una estación intermedia, porque las abandonas y las paseas por la guillotina del olvido, como si calculases su periodo de floración, para los próximos encuentros.
En cambio yo soy un hombre de entretiempo. Casi nunca llevo chaqueta, ni jerseys de lana de esos que le pegan a uno la vuelta al cuello; y compré hace 15 años un plumífero que a este paso pasará de generación en generación. Y reconozco que a parte de las personas de temporada, las hay de entretiempo y son las que te invitan a un cortado el lunes por la tarde, las que te rodean con un abrazo al cruzar la calle, las que se portan como superheroínas de la Marvel en tu vida, sin más superpoder que ser para ti una persona de entretiempo.
Creo que es por eso que merodeo en sentido inverso ciertos lugares en función de la época del año en la que me encuentro,...en busca de personas que me acompañen en el camino y que se conviertan en mis superhéroes de entretiempo, sin Marvel ni medias tintas

dijous, de juny 19, 2008

20 de junio de 2008

¿Qué es lo cotidiano?
Por la noche, los hospitales se llenan de enormes silencios documentados en las agujas de los relojes de los enfermos terminales. Pasar una noche allí es cerrarle las puertas en las narices a la ilusión.
Lo que más llama la atención al cliente de hospital es precisamente éso: que se siente un consumidor. Lo que menos, la necesaria pérdida de privacidad. Desde la cama aprendí a generar otro mundo que no fuera el que perfumaba mi habitación. Tuve mala suerte con las lecturas escogidas, así que me dediqué a Frank Miller, convencido de que lo que me estaba pasando estaba más cerca del cómic que de la narrativa. Cierto es que los tres compañeros de habitáculo parecían más perjudicados que yo, por eso los imaginaba protagonizando las viñetas que iba leyendo.
Poco a poco fui alejándome de la realidad. Las personas tenemos un extraño talento para rechazar lo cotidiano y echarlo de menos a la vez. A mí lo cotidiano ya no me importaba porque lo había inundado todo. Me pareció curioso darme cuenta de que llevaba años utilizando los periódicos para evadirme del trasiego diario y que ahora los utilizaba para construir mi propia cotidianidad (de hecho no hay más que reflexionar sobre la semántica del término periódico). Ya he conducido un camión con miedo a ser parado por los piquetes, he marcado un gol de cabeza a Rusia y he sido expulsado por Berlusconi del poblado donde vivía. Con tremendo pavor me he sorprendido leyendo la sección de Internacional, a la que nunca llegaba con las suficientes fuerzas, hecho que siempre he considerado como signo de una maravillosa inmadurez intelectual.
Salir de un Centro de Salud (curioso nombre para un lugar donde el noventa por ciento de sus integrantes andan escasos de ella) es como devorar una novela: te queda un extraño vacío que se llena con el recuerdo de las palabras leídas. Es fascinante pensar que nuestra rutina forma parte de un orden hermoso e inestable y sólo hay que pasar semanas encerrado en un sitio para darse cuenta de ello.
Luego ha venido el cine, para dejarlo todo peor de lo que estaba. Reconocerte en pantalla y apagar tus sueños desde un mando a distancia, después de los títulos de crédito, es una tremenda crueldad. Las noches ya no son el plató de los telefilmes de los sueños.
Pero por las mañanas suele salir el sol y una mujer cruza con su perro la calle a eso de las ocho y media, buscando por el suelo algo que se le ha perdido. El animal también parece involucrado en el proyecto, aunque en todas estas semanas ninguno de los dos lo ha encontrado todavía. Me tienen con el corazón encogido cuando los veo agachados, mirando por debajo de los coches, esperando hallar la porción de sensatez que a todos nos ha faltado alguna vez en la vida.

dimarts, de maig 20, 2008

20 de mayo de 2008

El próximo éxito editorial

Creo que acepté aquel trabajo de montador de electrodomésticos a domicilio porque no podía deshacerme de mi condición de «Voyeur Social». Subía las lavadoras y los frigoríficos con la curiosidad del comedor de Frigodedo de antaño, la del niño que quería encontrar en el palo del helado en forma de indecente dedo la oportunidad de comerse otro polo. Aquel trabajo de instalador daba para una tesis pero luego vino Calderón de la Barca y lo estropeó todo.
Aún así, yo me ilusionaba con aquel ritual de instalar aparatos eléctricos porque luego observaba hasta generar mi propia teoría sobre la familia en cuestión. Llegué a escribir algo al respecto en alguna agenda. Era un estrambótico planteamiento en el cual, a modo de psicólogo urbanita, hacía una correlación entre el tipo de electrodomésticos que tenían los inquilinos y su personalidad real o imaginaria.
El texto en cuestión será un bombazo editorial en su día – ustedes son testigos– pero por ahora me lo guardo, igual que se guarda en el cajón de los calcetines el pétalo de rosa que alguna vez te regaló el que pensaste era el amor de tu vida (lo que uno acaba guardándose en el cajón de los calcetines lo dejo para otro artículo. Un anticipo: ¿ustedes también siguen el orden lógico en los cajones de la cómoda: calcetines blancos - calcetines de color - ropa interior?)
A lo que íbamos. Que hace poco descubrí en un amigo que mi condición de «Voyeur Social» la compartía con alguien. La persona en cuestión decía que cuando visitaba la casa de una persona del sexo opuesto para unos fines muy concretos se fijaba en la estructura (si le gustaba para tener hijos) o en la decoración (si sólo quería un sitio para pasar la noche). Es más, esta persona llegó a plantearme que no compraba revistas de interiorismo porque prefería visitar las casas, a hurtadillas, para fijarse después en la decoración y reconstruir su lugar ideal en el mundo sin gastarse un sólo euro.
A mí las declaraciones me parecieron curiosas, preciosas y sinceras a partes iguales y me recordó mi curiosa, preciosa y sincera curiosidad de hace no mucho en la que creía que podía montar toda una teoría psicológica familiar sólo por el mero hecho de haber comprado según qué tipo de electrodomésticos (ustedes, ya se lo comentaba antes, serán testigos de mi futuro éxito editorial)
Y lo más espectacular es recordar aquel día en que un matrimonio que se quería compró un video. Y cómo se miraba, y cómo se comían a caricias, y cómo fui incapaz de teorizar sobre por qué dos personas que se amaban, compraban un electrodoméstico a medias

diumenge, d’abril 20, 2008

18 de abril de 2008

Viaje con nosotros si quiere gozar
Cuando la Orquesta Mondragón nació al abrigo de la película Freaks se impuso en el mundo de la música un rotundo toque de sensatez que me dilapidó el alma. El enano, la inmensa mujer, el dispensador de risas, el volumétrico cantante nos invitaban a viajar.
Con menos años que besos rechazados clarifiqué mi proyecto de vida, desdentando premolares y creciendo,...creciendo rápido subido en autobuses, coches, barcos y aviones por ese orden.
Acompañado a veces y solo otras, no se me ocurre otra manera más sensata de crecer que viajar, aunque los anuncios de yogures con bífidus (¿activos?) me intenten convencer de todo lo contrario.
Y cuando es solo, el viaje siempre se convierte en iniciático: ajusticia falsos prejuicios en juicios justos que te permiten permutarte por los pobladores paseados (¡joder, qué difícil es intentar crear una aliteración mínimamente decente!)
Lástima no considerar, a menudo, que el trayecto en sí mismo, es parte indispensable del propio acto de viajar. Desplazarse es descoser aquello que pretendíamos dejar atado por pura inseguridad en uno mismo. Por eso me angustian los viajes de las agencias: no dejan la puerta abierta al placer del momento incontrolado.
Creo que me hice filólogo para poder viajar al mismo tiempo que trabajaba, mientras las obligaciones propias de la edad no te dejan realizarlo de manera física; que es como me gusta hacer la mayoría de las cosas. Huir hacia otros lugares con el único propósito de disfrutar del trayecto.
Lo vi claro hace unas semanas en el aeropuerto de Chicago, mientras un hombre empujaba una sillita de ruedas en la que viajaba una anciana. Ella creía estar realizando otro viaje, un desplazamiento que se encontraba dentro del propio trayecto, montado por una empresa que se dedica a planear hasta los inconvenientes. Observaba los letreros desde su privilegiada posición y, asombrada, me preguntó si me resultaba sensato que los techos fueran tan altos. Le dije que los aeropuertos son los hogares de los viajeros del tiempo y que ellos necesitaban que las estrellas estuvieran dentro del aeropuerto,...de ahí la altura desde el suelo hasta arriba del todo.
Y justo en ese momento me acordé de la puesta en escena de La Mondragón: cuando finalizaba el concierto uno creía que el escenario iba a desaparecer entre escombros, al arrullo de una voz de blues de doscientos kilogramos, en una catarsis de piel y lágrimas que nos daba la oportunidad de besarnos tan fuerte como para entender el lugar en el mundo de los selladores de dos componentes.

dilluns, de març 17, 2008

17 de marzo de 2008

El escritor joven

Borges, medio ciego de ojos que no de pluma, dijo hace algunos años en televisión que el escritor joven, en su inmadurez, necesitaba utilizar palabras inusuales para sentirse más seguro de sí mismo. Por lo tanto defendía el uso directo, invasivo y necesario del vocabulario que utilizan las personas cuando van a comprar el pan. Además defendía a capa y espada la necesidad de querernos tanto como fuera necesario porque ésa era la única manera de empezar a amar a los demás. Yo necesitaba oír algo así porque dejé de apasionarme por los demás hace algún tiempo y, aunque se trate de una circunstancia pasajera, me preocupa desde la humildad.
Así que seguí escuchando la entrevista mas que para reconocer todo lo que nunca hasta ahora había oído para empezar a escuchar las cosas que me hacen reconocerme todas las mañanas frente al espejo. Y fue entonces cuando me di cuenta de que Borges estaba ciego y que hablaba desde la sabiduría. Y a mí me interesó quedarme ciego como él, durante un instante; lo justo como para escucharlo todo mejor sin necesidad de verlo tan claro.
Creo que ésa fue la razón por la que he escapado al sur de Francia (o al “muy norte” de España para algunos) y he dejado que las vacas y los crepes hagan el resto. Y el resto está dando cero, y yo me estoy quedado satisfecho de la división porque cuando eras pequeño, si el resto de una división daba cero, te subía un cosquilleo por la espalda que quiero recuperar.
Volviendo al uso correcto del lenguaje, a mí el vocablo Borges siempre me ha traído a la mente las palabras ciruela y navidad, y eso para un filólogo es muy grave. Pero como cada vez me interesa menos lo que la gente diga de mí, pues así se queda la cosa, que en mi subconsciente la palabra Borges seguirá asociada a los campos semánticos navidad, palitos de mar y gambas cocidas. De esta forma mato dos pájaros de un tiro: no me traumatizo y le hago caso al maestro, puesto que cotidianizo el lenguaje.
Ya he encontrado las razones por las que estoy al sur de Francia (léase la muletilla en las líneas de arriba) y luego creo que iré a México (no sé si al norte o al sur, me da pereza mirar los mapas), a ver si vuelvo a recuperar la vista y logro verlo todo más claro,…más o menos como cuando tenía 9 años y creía que el mundo era maravilloso porque mi edad coincidía con el número de la camiseta que llevaba en el equipo de fútbol. Gracias por no entender nada: yo no lo hubiera explicado peor, ¿o es que soy un escritor joven?

dimecres, de febrer 20, 2008

20 de febrero de 2008

Doctor, ¿será niño o niña?

No sé si estoy embarazado porque me he convertido en una persona hipersensibilizada a casi todo. A partir de mis últimas percepciones extrasensoriales he decidido que la situación en sí no está mal, pero que este estado suave, tenaz y perceptivo me puede llevar a la ruina. Y lo peor de todo es seguir leyendo el periódico como si fuera la persona que fui antes del cambio. Si alguien me coge de la mano, el gesto me llega al corazón de inmediato; si me besa la mejilla, en ese caso me pinta de carmín el alma.
Yo sigo pensando que se me pasará, pero hasta ese momento no tengo más remedio que convivir con ello. Y mientras eso ocurre, leo y leo sin parar. Entre el susurro que me envió la última página del diario que acaricié (la hipersensibilidad se está apoderando de mi estado natural) pude leer que un ayuntamiento había vendido la arena que «sobraba» de su playa. Ahora pienso que me hubiera perdido la reflexión si no estuviera embarazado y que mi vida no tendría ni tanto sentido ni lo hubiera sentido tanto.
Es un logro pasar de vender castillos de arena a vender sólo la materia prima. De ésto se deduce que la forma ha dejado de tener sentido porque cualquiera puede llegar disfrazado de ola y llevarse el castillo en el cual una vez te sentiste tremendamente refugiado. Así lo percibí cuando leí la noticia del periódico; y no quise pasar a internacional por si la cosa empeoraba.
Ya sólo me queda esperar, despacio, a que se me pase. Necesito que sea dentro de un tiempo porque estoy entendiendo últimamente las cosas que me parecían tremendamente complejas. Sólo necesitaba estar embarazado durante unos meses.
Supongo que me convertiré en un maravilloso trilero de mercadito ambulante, que esconde la bolita en cuenquitos hechos con patatas. Moveré de sitio todo aquello que me parezca nocivo y haré de ello un espectáculo público. Nunca antes había necesitado cremas contra las estrías que provocan las mentiras. Lo siento señores, es la hipersensibilidad: no sé si me dejará finalizar el artículo.
Todavía no le he dicho a nadie que no sé cuándo salgo de cuentas pero que espero que sea dentro de un año y medio. La verdad es que quiero seguir disfrutando de mi estado extremadamente sensible, reconocer el olor a tierra mojada días antes de que llegue la lluvia, que se me ericen el pelo del cuerpo al compás de una bambera a ritmo de jaleo.
Éste será, probablemente uno de los artículos menos leídos de la historia del periodismo porque sólo los embarazados podrán llegar a las últimas lineas.
Sólo tengo una duda: doctor, ¿será niño o niña?